Anteceden al rayo, ese que cae y aplasta al tirano. “Fuera porros de la UNAM” gritan al unísono y corren después del mambo. Junto con ellos van otras universidades hermanas y así suman más de quince mil estudiantes que marchan por la misma causa. No van solos, el Comité 68 y los familiares de los 43 normalista de Ayotzinapa ondean la misma bandera. Ahí también están los damnificados del terremoto del 19 de septiembre y varios movimientos sociales que decidieron compartir su indignación y buscaron ahí un espacio para lanzar su reclamo. La Marcha del silencio quiere llegar al zócalo para gritar su mensaje: están hartos de la violencia que se ejerce contra ellos. Esta es su manera de defenderse.

La marcha será en silencio, según se acordó en asamblea, pero en la glorieta del Ángel de la Independencia ya han comenzado a saltar y a gritar que son ceceacheros y que aquel que no salte, de seguro es porro. Entonces todos saltan. Los universitarios dicen otras cosas, quizá con más tono político: “somos los nietos y los hijos de los que no pudieron desaparecer hace cincuenta años”. Los niños relámpago, todos juntos, gritan otra vez: “el que no brinque es porro, el que no brinque es porro”.

Arriba hay dos helicópteros con su ruido conocido, interrumpen el silencio de aquí abajo. Se alejan y vuelven.  Sobran reporteros que en enlace directo narran lo que están viendo, los canales de televisión están interesados en esta acción colectiva que parece ser el inicio de algo importante. Su relámpago. A los costados de los que marchan van las mamás y los papás, vigilantes de sus hijos que lanzan un goya y después un huelum. Ellos no pueden traspasar la línea de seguridad, sólo sus hijos, los niños relámpago, pero desde donde les toca estar ondean la bandera del IPN, de la UNAM o de la UAM. El antimonumento ya está muy cerca, desde la retaguardia se puede escuchar ese un zumbido de panal que resulta familiar para los que están acostumbrados a marchar.

Ahí está el autobús de las marchas, el de siempre. Desde sus amplificadores sale una voz que está pasando lista a 43 estudiantes. Los niños relámpago responden por ellos, pero además demandan la presencia con vida de sus compañeros de lucha. Los camarógrafos quieren tener una buena toma y se mezclan con los contingentes. Les piden que se salgan, les dicen que no pueden estar ahí. Ellos no parecen comprender por qué, pero igual les toca salirse. El último de la lista ya dijo presente. La marcha está dejando atrás el antimonumento, anda sobre Juárez camino a la Plaza Mayor.

Por los altavoces salen las consignas. La pregunta es sencilla, y no por eso tiene una respuesta: “¿Por qué nos matan si somos la esperanza de América Latina?”. Una sospecha sí que la tienen: porque atrás hay cincuenta años –todas las generaciones– de donde han aprendido el arte de resistirse, desde 1968 hasta hoy.

Sobre 5 de mayo la gente ve pasar la nutrida marcha de los niños relámpago. Toman fotografías, sonríen y apoyan. Los menos muestra su negativa con la cabeza, pero la mayoría intuye que lo que está pasando por ahí es necesario. Y es que los porros –no se sabe si por inocencia o impunidad– soslayaron los tiempos que se viven, así que sus rostros y los detalles de sus perfiles comenzaron a aparecer por las redes. “Ellos son, hay que denunciarlos” escribieron y comenzó la persecución digital.

De pronto el Zócalo, la Plaza Mayor, esa madre que abraza en asamblea. En el templete un sobreviviente del 68 felicita a los niños relámpago: “le han demostrado al Estado su capacidad de organización” dice con el puño en to’lo alto, como en el 68, cuando ellos decidieron “protestar con un silencio que sonaba más fuerte que las bayonetas” que mataban a sus compañeros. Aparecen los aplausos, ese señor es un referente para ellos. Escuchan en silencio. Otras voces tomaron la palabra, ahí se han enterado los niños relámpago que varias alumnas han sido violadas, asesinadas, acosadas y las han obligado a guardar silencio dentro de las instalaciones de la UNAM. Una mamá, la hermana de un estudiante asesinado, una damnificada del terremoto, todos brillan en el relámpago de la lluvia indecisa.

El estruendo del rayo ya no tarda en pasar por aquí.

 

Foto: Animal Político