“Nosotros decimos no”, es el título de uno de los libros del periodista y escritor uruguayo Eduardo Galeano, en el que se reúnen un buen número de sus crónicas realizadas en una América Latina marcada por las dictaduras militares, la crisis social y el despojo de la humanidad entre tantos desaparecidos. La frase es hermosa: “Nosotros decimos no”, porque el trabajo de Galeano siempre fue darle voz a los que él llamaba “los sin voz”, los acallados, la gente de tan abajo que de pronto se vuelve invisible en un mundo de marcas y logos.

Hubo una consulta ciudadana, una sin precedentes que huelga decir, brillo por sus irregularidades y más bien fue la búsqueda de legitimar una decisión ya anunciada en campaña; huelga decir también que resultado de aquella campaña fue que el primero de julio, el 53% de los votantes del país, dijeron “no” a seguir con un modelo de democracia simulada, muy claro desde hace unos cuarentaidós años, cuando José López Portillo se presentó como candidato único a la presidencia.

Todos opinamos: empresarios, gente de izquierda, los de derecha, hay conatos hasta de organizar una marcha “fifí”, incluso los medios internacionales dieron su punto de vista, así como los medios nacionales fueron atacados por la neurastenia; el dólar fluctuó, la bolsa se movió, y muy pocos se preocuparon por lo que dijeron los pobladores de Texcoco, que llevan luchando desde el sexenio de Vicente Fox, ya casi veinte años, por mantener sus tierras, su estilo de vida.

Ya se ha dicho que uno de los proyectos que se tenía previsto para Texcoco era generar un nuevo Santa Fe en dicha zona de la metrópoli; el aeropuerto sería el agente gentrificador para impulsar su colindancia directo al primer mundo. Una iniciativa de esta magnitud requiere importante inversión en hoteles, plazas comerciales, bancos, restaurantes, carreteras, en fin, el fácil acceso a bienes y servicios de primer mundo, aunque sea en el territorio de un país en desarrollo.

Y claro, todo esto generaría trabajo, el trabajo de siempre, el mal pagado, el subcontratado: cajero de banco, de cafetería transnacional, valet parking, mucama, personal de limpieza… Entonces uno se pregunta: ¿por qué en México nos gusta esa condena, esperar que el multimillonario invierta mucho y gane más para que el trabajador tenga esos empleos que no apasionan a nadie, que apenas alcanzan para medio mantener una familia.

En su trabajo: “Socio-psicoanálisis del campesino mexicano”, Erich Fromm refleja el fuerte apego que los campesinos de nuestro país sienten por la tierra y sus productos, por su trabajo; decía un encuestado: “Amor es respetar todo lo que es humano. Es un sentimiento que se puede tener hasta pro una planta. Yo trabajo mi tierrita con amor porque mis hijos y yo vivimos de la planta”.

Es por eso que la gente dice “no”, pese a vivir en un mundo en el que todos le decimos sí a lo que quieran las empresas, los millonarios, la publicidad y la propaganda. Todo lo recibimos de buena gana, pidiendo un crédito para vivir en ese mundo que nos venden tan caro: la victoria más grande del sistema es que el pobre no crea que sea pobre y piense que las grandes empresas son sus amigas.
Aún recuerdo cuando en la LXII Legislatura, acudían campesinos de Puebla porque los llamados “megaproyectos” de la Comisión Federal de

Electricidad querían quitarles sus viviendas para atravesar su infraestructura en lo que siempre fue su patrimonio: nadie les hacía caso, los recibían segundones de los diputados que nada podían arreglarles, a veces ni un café les ofrecían.

Claro, Texcoco es un lago, son aves, pero también es la forma de vivir de una zona campesina que poco a poco va siendo carcomida por la “civilización” occidental que ya no acepta la diversidad del otro. En Texcoco aún te cruzas con gente pastoreando borregos o acarreando su ganado: ¿por qué queremos quitarles su forma de vida, por qué no dejar que aún en estos tiempos, haya gente diga: “no”? Si de pronto llega una autoridad y quiere cambiar tu vida, transformar el entorno donde vives, comprarte tu casa a precio de oferta, ¿no también dirías “no”?