Bloqueador solar. Lentes Ray Ban. Playera negra. Zapatillas Nike o Adidas, negras también. Cabello rubio. Ojos verdes. Cigarro mentolado sobre la oreja.

—¿Y usted no cree que hay mejores razones para marchar en México? Los feminicidios, por ejemplo.

—No me grabes, manito, porfas.

— Bueno.

 

* * *

 

Son las once de la mañana de un domingo caluroso. Poco más de cuatro mil personas se reúnen en torno al Ángel de la Independencia. En sus afiches se lee: Sí a Texcoco, no a Lucía; Fuera Obrador, vivan las instituciones; No detengas la inversión, el comercio y el turismo; El pueblo bueno y sabio somos todos; #Consulta Ilegal, no al modo; En una democracia ‘la gente’ no debe decidir por todos los demás; etcétera.

Sin importar la presencia del contingente, un grupo de señoras baila Zumba a un lado, guiadas por una bocina gigantesca que vomita un beat de reggaeton.

—Y uno… y dos …y tres… y cuatro.

 

* * *

 

Tras consignas inentendibles vociferadas desde un altavoz, arranca la marcha. Es una marea negra, lenta, densa. La intención es llegar al Centro Histórico de la Ciudad de México. Cerca de veinte policías vigilan el contingente, uno de los cuales, sentado junto a la escultura de un cráneo, graba algo con el celular, muerto de risa.

Y enfrente una mujer, ataviada con una playera que tiene impreso el rostro de AMLO tachado con plumón rojo y  que carga un cartel que reza Soy totalmente fifí, inicia una transmisión en vivo:

—A ver Obrador, a ver AMLO, a ver,  así no, eh, no hay pueblo bueno y no hay pueblo malo. Yo soy fifí. Yo soy pueblo. ¿Cuándo lo vas a entender, eh?

Luego  grita viendo hacia la cámara de un reportero de El Universal:

—Que no venga Maduro. No queremos dictadura. México, no te duermas. Así empezó Venezuela.

 

* * *

 

Todavía frente al Ángel, junto a tres chicos vestidos de negro que beben una cerveza de litro directo del gollete, un hombre conversa con otro. Usan boinas. Barbas largas, socráticas. Fuman puros delgados y aplauden cuando hay que aplaudir.

—¿Como cuántos seremos?

—No sé: dos mil, tres mil changos. Algo así. La verdad es la primera vez que vengo a una marcha.

—Yo también.

—Como sea, somos un montón.

 

* * *

 

No termino de entender por qué marchan. ¿Es por la cancelación del NAIM o por la consulta?  La realidad es que están en contra de cualquier cosa que diga Morena o AMLO. Algunos gritan: Es un error estar con Obrador.  Otros: Consulta amañada, democracia quebrada. Visten de negro porque están de luto, porque la democracia, se supone,  feneció tras una consulta sin validez constitucional.

Alegan que con la cancelación del NAIM perdimos inversiones extranjeras, solidez bursátil, la capacidad de ser, al menos, la cubierta transparente de un país de primer mundo. Qué lástima. La imagen importa. Los manifestantes me lo han dejado claro.

—¿Y el hijo fifí de AMLO?—dice un tipo por lo bajo — ¿Y su hijo fifí dónde está?

 

* * *

 

Le pregunto  a una mujer que tergiversa canciones de Mercedes Sosa (por ejemplo: Sólo le pido a Dios que el engaño y Texcoco no  me sean indiferentes/ Y que AMLO no tome la opinión de unos cuantos) si sabe que los arquitectos y los geógrafos que construían el NAIM señalaron que era inevitable el hundimiento. Frunce la nariz. No me contesta. Me dedica una mirada tétrica y me esquiva a zancadas.  Es una mirada, supongo, cargada de desprecio o de un rencor muy propio de la ignorancia. Aquí nadie quiere o no puede contestar. Sin embargo gritan, con las narices embadurnadas de crema:

No somos uno, no somos cien, somos un chingo, cuéntanos bien.

 

* * *

 

Aparece un Starbucks. Decenas de personas se desvían. Se forma una fila larga, que llega a la calle, que se conecta a la marcha como una vena. La vida construye sin querer alegorías de lo más exactas.

Simultáneamente, hay personas a los costados gritándole a los manifestantes: Ora Perros, hasta que dejaron de ser unos pinches agachones; también: Putos güeritos, el López se las va a dejar ir entera; inclusive uno remata: El aeropuerto es un ecocidio. A este paso todos vamos a morir, cabrones.

Ellos no cejan. Responden: chaca, perro, borrego de López,  vete a tomar tu camión, tu metro,  me la pelas, etc. El clamoreo continúa y termina cuando avanzan unos pocos metros más, al llegar a Bellas Artes. Podrá ser una estupidez, pero aquí, pese a todo, perdura la paz.

 

* * *

 

En medio de la marcha, sola, impertérrita, una chica muestra un cartel que dice:

Ojalá nos hubieras acompañado a protestar por  #nomássangre o #niunamás. Quizás nos hubieran prestado atención. NUNCA LLEGASTE.

Entre la marea negra, ese cartel es un faro enorme frente a otros que rezan: No más migrantes indeseables; o: Los chairos y los migrantes se parece en que tienen hambre. Este último lo levanta una mujer mórbida, que tiembla y no sabe a dónde mirar.

 

* * *

 

Al llegar al Centro Histórico no pasa nada. Paran las consignas, para la marcha. Carteles sobre el suelo. Las hormigas negras se pierden en cafés, restaurantes. La avenida se satura de Ubers. Surgen policías para controlar el tráfico.

Resulta irrisorio que marchen por los inversionistas, o sea, por el capital privado. ¿Sabrán que en México mueren siete mujeres al día producto de la violencia? ¿Que desde la Guerra contra el Narco hemos sumado 235 mil asesinatos? ¿Que hay 39 mil desaparecidos? A fin de cuentas, ¿qué se puede esperar de la gente que pelea por un aeropuerto, su principal vía de transporte? Los reporteros, mortales como yo, vamos hacia  la estación del metro.