Uno de los elementos más engañosos del credo neoliberal es que con frecuencia sus pregoneros confunden ciencia con ideología. En realidad, los constructos que emanan de la doctrina de Frederick Hayek y Milton Friedman han sido rebatidos (desde la academia, sociedad civil y el periodismo) de manera seria a lo largo de los años. Sin embargo, eso no pareciera importarles mucho a algunos de los principales opinadores mexicanos en los medios de comunicación tradicionales. Hasta cierto punto es comprensible más no justificable: sus dogmas no han sido rebatidos durante años debido a que rara vez aceptan un debate real en sus espacios informativos. Antes y durante la consulta que organizó el gobierno electo con el fin de tomar una decisión con respecto al NAIM, montaron una campaña mediática de pánico y desinformación.

Se habló de los mercados como si fuese una fuerza sobrenatural que reacciona con benevolencia cuando los gobernantes toman decisiones “responsables” y con una enorme virulencia cuando recurren a medidas de corte populista. En realidad, los “mercados” no son una energía abstracta, sino personas con nombre y apellido que reaccionan en un mundo económicamente interconectado. Reaccionan no por un sentido de la más estricta racionalidad como sus pregoneros argumentan, sino que en muchos casos la apuesta es fundamentalmente política.

Un ejemplo claro de lo anterior es lo que se argumentó a principios del 2017, en el contexto del brutal gasolinazo del gobierno peñanietista: La medida pretendía «liberalizar» los precios de la gasolina, lo cual de acuerdo con la derecha electrónica resultaba sano para la economía. Siguiendo la misma lógica, los neoliberales argumentaban que si el precio de la gasolina en México se disparaba, no había porque alarmarse debido a que tarde o temprano el mercado y la mano invisible harían su magia. La consecuencia final sería que se ajustarían los precios a la baja, proporcionando combustibles de mejor calidad, más ecológicos, con más rendimientos, entre otros beneficios.

El problema es que la realidad terminó por imponerse al dogma, en detrimento de los ciudadanos. En el caso de la cancelación del aeropuerto, sucederá lo mismo pero a la inversa: muchos de los peores augurios serán desmontados como parte de una campaña deshonesta. Impresiona como el sentido común de muchos usuarios en redes sociales (quienes destacan que la economía de un país es mucho más grande que un aeropuerto) se impone a los gritos de los comunicadores que anuncian que el sexenio de Andrés Manuel López Obrador quedará marcado por la cancelación del NAIM en Texoco.

Uno de los aspectos más lamentables en el caso de la campaña de histeria que se promueve por parte de esa derecha electrónica, es que se pretende cancelar en los hechos una parte esencial del debate público. En primera instancia, se encuentra la evidente corrupción que suele estar presente en las muy diversas obras públicas que se realizan a lo largo y ancho del país. Lo segundo es que la cultura mexicana del business suele privilegiar los negocios en donde las ganancias sean privadas, cuando la inversión tiende a ser pública (incluyendo las Afores de la clase trabajadora). A juzgar por los resultados de la elección de este año, una enorme mayoría de los ciudadanos se encuentra harta de este abuso. Pero también, se deja de lado que la presunta seguridad jurídica que alegan los defensores del proyecto del nuevo aeropuerto ha sido vulnerada de manera sistemática por autoridades que han abusado de su poder por demasiado tiempo. El tema es cómo construir una verdadera confianza dentro y fuera del país, desterrando la corrupción. Son tres temas generales (entre muchos otros) que ameritarían un debate más profundo.

Algunos de los miembros más conspicuos de la derecha electrónica han llegado a extremos como el de insultar a los millennials que votaron por AMLO. También han recomendado a los inversionistas extranjeros a comenzar a retirar sus capitales del país. Algunos señalan con rabia las decisiones del gobierno entrante cuando no extendieron esa condena ni a Javier Duarte cuando (des)gobernaba Veracruz. Incluso algunos de ellos recurren a un lenguaje golpista y auguran (o claman) a un Bolsonaro mexicano en seis años. El mandato de separar al poder político del económico fue claro y contundente en la pasada elección presidencial. Durante años la derecha electrónica monopolizó la mayoría de los espacios informativos. No se debe permitir que ahora cancelen los principales debates necesarios en un país que se encuentra en plena reconstrucción.

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