Nunca un gobierno le va a dar gusto a todos los ciudadanos bajo su mandato. Jamás. Que la sociedad se polarice ante la entrada de un Jefe de Estado no es un fenómeno inherente a México, es algo que se presenta en cualquier país porque la tradición de liberales contra conservadores, izquierdas contra derechas, demócratas contra republicanos, se presenta en todo el mundo. Es precisamente por eso que la autoridad debe saber gestionar esa polarización y actuar de forma inteligente, más aún cuando se trata de un gobierno entrante.

En los últimos meses, la mayoría de notas que predominan en los medios de comunicación y en las redes sociales, tienen como protagonista a Andrés Manuel López Obrador, próximo presidente de México, y a las bancadas de Morena en el Congreso, las cuales han impulsado diversas iniciativas para reformar puntos clave del sistema en nuestro país.

De este hecho se desprenden dos situaciones que llamaron la atención los últimos días. La primera se refiere a López Obrador, que se enfrascó en un debate público con la revista Proceso, cuya portada de su edición del 4 de noviembre, mostraba como texto principal una entrevista de Álvaro Delgado al jurista Diego Valadés bajo el título: AMLO se aísla, el fantasma del fracaso.

Si bien es cierto que el texto contiene ciertas partes en las que podemos o no estar de acuerdo con la redacción o el fondo, como el hecho de que la palabra “fracaso”, que da nombre al trabajo, se presenta en la redacción porque el reportero fue quien guió hacia allá la respuesta del entrevistado, al final Proceso y su periodismo se enfrentan al mismo caso al que se hace referencia al inicio de estos párrafos: como un gobierno, nunca le van a dar gusto a todos.

Sin embargo, y como los medios de comunicación están amparados por los artículos seis y siete de la Constitución para expresarse libremente, aquí quien debiera entender que está a unas semanas de ser el Jefe del Ejecutivo, es López Obrador, por lo que su derecho de réplica debiera ser usado de formas más inteligentes. Dice José Martínez Ruíz, mejor conocido como Azorín: “El político no debe perder la sangre fría, permanecerá impasible ante el ataque (…) muchas veces será blanco de la invectiva, de la cólera o de la insidia; él permanezca en todo momento sin mover un músculo de la cara, sin dar la más leve señal de irritación, de impaciencia o de enojo (…) no se pierda nunca la ecuanimidad y buena ponderación de carácter”.

Desde la campaña de 2006, AMLO siempre habla de más. A pesar de ser un diestro político, de pronto parece que la pasión lo rige y reacciona sin antes medir las consecuencias, las cuales luego del primero de diciembre serán más importantes y deberán ser afrontadas por un estadista, ya no sólo por un líder político. Al final, Nietzsche decía que el súper hombre era aquel que sabía equilibrar las emociones y la razón.

La segunda situación se refiera a las bancadas de Morena, que al parecer no han entendido que todo lo que propongan se va a aprobar porque son mayoría y ya no la izquierda de antes a la que PRI y PAN mayoriteaban. Por eso, aunque sus propuestas tienen gran importancia y son necesarias, como la reducción en las comisiones de la banca comercial, debieran hacer un plan a largo plazo para desahogar su agenda política y no querer correr un maratón como si fuese una carrera de cien metros porque de hacerlo, no llegarán ni a la mitad. Al final, guste o no, México es parte de un sistema global, y luego de la cancelación del nuevo aeropuerto, otro golpe de incertidumbre a la economía, tan de prisa, tampoco viene bien, desgasta el debate y la imagen de la administración entrante.

Tanto el nuevo presidente como su partido tendrían que entender que ya no son oposición y que las maneras deben ser distintas, más en una sociedad donde forma es fondo. Cuando era pequeño y me peleaba con mi hermana mayor, mi madre nos decía: “Ya, que en alguien quepa la prudencia”, y en este caso, la prudencia no vendrá de los medios de comunicación o del sistema empresarial, debe venir de quien tiene y tendrá el poder en sus manos los próximos seis años.