La estela de un régimen autoritario no siempre desaparece de inmediato. Lo peor de una dictadura no sólo es el daño que ocasiona mientras gobierna, sino la capacidad de vulnerar a una parte de la estructura social durante un largo periodo. La mayoría de los ciudadanos que han padecido inefables dictadores, terminan por inmovilizarse muchos años después de que han dejado de gobernar. En aquel invierno chileno del 2011 que vio la insurgencia de los jóvenes que pedían educación pública, los líderes tuvieron que convencer a sus compañeros que la movilización social era legítima. Ya que 17 años de dictadura pinochetista y de gobiernos sucesivos que mantuvieron la misma política económica terminaron por estigmatizar la protesta social en más de una generación. En España se habla sobre el “Franquismo sociológico”, que son las secuelas de una dictadura que duró aún más que la del General Augusto Pinochet, y cuyos efectos siguen vigentes hasta nuestros días.

A raíz del uso de la fuerza pública para dispersar a los migrantes que buscaban ingresar al territorio nacional, el actor Diego Luna declaró que el gobierno de Enrique Peña Nieto no lo representa. En realidad, Enrique Peña Nieto nunca buscó representar siquiera a sus electores, sino encabezar a la Cleptocracia. La sumisión de Peña ante los dictados de Trump es un final consecuente de un personaje que tuvo el dudoso talento de hacer reír a millones, al mismo tiempo en que los hacía enojar.

Peña Nieto, el personaje que institucionalizó la apología de la ignorancia, es quien representa a una generación de candidatos mediáticos que privilegiaron la forma sobre el fondo, pero que al final ni siquiera mantuvieron una buena imagen pública. Es el que encabezó una generación de políticos adictos a la cultura del business, en el que hicieron grandes negocios privados con dinero público, como una razón de ser de la política. Ejemplo de una legión de burócratas que alegaron tener una vida empresarial exitosa antes de ingresar al aparato estatal —esto, una vez que les descubrieran cuantiosas propiedades que eran difícil de explicar con los ingresos obtenidos durante el servicio público—. Algunos de ellos, como Rodrigo Medina de Nuevo León, argumentaron que iniciaron esta vida de grandes proezas a los 15 años (misma edad en la que Angélica Rivera comenzó a generar los ingresos que le llevarían a comprar la Casa Blanca de las Lomas).

Enrique, el “estadista” que tuvo un equipo de trabajo de aprendices que al final poco aprendieron. El mismo que pensó que un año de reformas fallidas desde su concepción, compensarían años de inoperancia. Representó de manera magistral a los gobiernantes mexicanos que consideraron que la manipulación mediática contribuiría a cambiar la percepción sobre la realidad. Un político que ante el castigo insólito de los electores a su partido en las urnas alegó que no se trataba de una evaluación de su gobierno. Es pertinente realizar un breve parentesis: pido al lector dar un ejemplo de algún otro proceso electoral en donde el partido gobernante obtuviera un tercer lugar con una ínfima votación, porque no encuentro alguno más que la debacle electoral de la UCD (que había llevado al poder a Adolfo Suárez) en 1982 en España.

El Peñanietismo sociológico trasciende a una figura política, por más representativa que ésta sea. Condensa más bien, una manera de concebir la manera de ejercer el poder que fue perfeccionándose durante los últimos años. Refleja un país que tiene una ausencia de meritocracia. Esto último permea no sólo en las estructuras de gobierno, sino en otros de los ámbitos de la vida pública. Es el triunfo de la forma sobre el fondo, de la frivolidad sobre los asuntos de Estado. Es la falsa noción de que un líder puede carecer de la mínima formación, mientras tenga buenos asesores. Al final, los gobernados terminan por padecer las limitaciones también de sus cómplices.

Representará un enorme reto, no sólo para el nuevo gobierno, sino para la sociedad mexicana en su conjunto, trascender los estragos del peñanietismo sociológico. El pasado primero de julio, una mayoría de electores decidió, entre otras cosas, poner fin a una larga pesadilla. Comienza una época en la que muchos habrán de asimilar una libertad que tardaron años en conquistar. En ese tránsito, dependerá de la sociedad mexicana si esta fase permanece como un lamentable recuerdo o como un problema “cultural” como lo denominó el gran estadista que aún nos gobierna.