Muchos fueron los actos para conmemorar el 68. En diversas partes, fundamentalmente en las universidades, se escucharon decenas de miles de testimonios. Se les explicó a los jóvenes, a quienes muchas veces no se les había informado en los últimos años, qué significó un movimiento libertario, igualitario, despojado de protagonismos, festivo, internacional y que buscaba la libertad ayer como ahora. Se continuó sembrando la semilla de hacer camino al andar.

Hubo de todo en estos actos: recuerdo, aportaciones valiosas, nuevos descubrimientos, formas embozadas de cubrir a los responsables de la gran tragedia del 2 de octubre y hasta quienes insisten en negar la gran batalla de entonces y llaman a olvidar y dejar que todo continúe igual y los responsables de felonías de ayer y hoy sigan gozando de ser intocables.

Afortunadamente la movilización de julio a diciembre de 1968 (Ramón Ramírez, dixit) encontró un eco que se replicó por muchas, muchísimas partes. Entre las decenas de ceremonias, tres fueron sumamente importantes para este cronista.

La protagonizada por López Obrador en Tlatelolco, presidente electo que había estado en la plaza de las Tres Culturas el sábado 29 de septiembre —en una gira de agradecimiento— y había señalado, entre otras cosas, que el estado Mayor —quien participó centralmente en la matanza de hace 50 años— desaparecería y no se volvería utilizar al ejército contra estudiantes y el pueblo. El 2 de octubre de 2018, AMLO refrendó este compromiso. Pero sin ninguna lógica, el próximo gobierno utilizó unas vallas para los escogidos y trató de dejar fuera del espacio central a varios integrantes del Comité 68, entre otros a Ignacia Rodríguez, La Nacha, pero los veteranos combativos pudieron imponerse a la burocracia y rompieron el cerco. Paco Ignacio Taibo II, uno de los oradores, llamó a realizar una amnistía contra los presos políticos y llevar a cabo una transformación de fondo en el país.

En la Cámara de Diputados se inscribió en letras de oro al movimiento sesentaiochero. Entre los varios oradores destacaron: Félix Hernández Gamundi, a nombre de los entonces jóvenes, con un discurso impecable que reivindicaba la lucha de entonces, las exigencias de siempre, la batalla que debemos dar porque no exista ni perdón ni olvido y la necesidad de hermanar batallas de ayer y hoy por un México de justicia, igualdad y libertad. El del rector Enrique Graue, quien reconoció los esfuerzos de los universitarios y estudiantes en general, al hablar de los porros y ser coreado en las tribunas contestó rápido y tajantemente “sí, fuera porros” y se comprometió a seguir adelante con los esfuerzos de investigar, difundir y hacer de la cultura lo fundamental respecto a muchas cuestiones, en especial el 68. Pablo Gómez Álvarez, participante de aquella gesta y preso político entonces fue el organizador de lo habido en San Lázaro, y llamó a no bajar los brazos, seguir adelante con la tarea combativa de los jóvenes y a buscar la verdad a fondo, más el castigo a los responsables de la matanza de hace 50 años y de las represiones hasta hoy (Ayotzinapa).

Muy aldeana la intervención del director del IPN, Mario Alberto Rodríguez. Mauricio Toledo hizo uso de la palabra a nombre del PRD: gritos de corrupto, pillo, misógino y muchos epítetos más hicieron que su torpe intervención se acortara y saliera con cajas destempladas. Una joven mujer del PRI quiso ser emotiva y zalamera con la audiencia y terminó siendo catalogada desde la brava tribuna de represiva, corrupta y hasta hija de Díaz Ordaz. Los representantes del PES y el PVEM fueron lo previsible: ñoños, anticuados e improvisados en grado extremo, lo que se volvió un gran reproche contra Morena: ¿para qué busca esos aliados, los cuales le darán sin duda quebraderos de cabeza y desprestigio?

La marcha de Tlatelolco al Zócalo empezó con actos recordatorios y para despejar artísticamente las malas vibras y elevar la memoria. Luego avanzó la enorme comitiva lentamente y una hora y media después la Plaza Principal de la República se veía poco ocupada. Pero media hora después empezaron a llegar los contingentes universitarios, politécnicos y otros y aquellos era desbordante.

Inició el acto la banda de Tlayacapan que acompañó a Emiliano Zapata y otros próceres en sus recorridos. Siguieron los nombres de los caídos hace años, entre ellos: Eli de Gortari, Roberto Escudero, José Revueltas, Heberto Castillo y muchos más que ahora, seguramente irían alegres, vibrantes o en silla de ruedas como llegaron decenas. El nombre más recordado y mentado fue el de Raúl Álvarez Garín, cuyo Comité 68 fue el que jamás se arredró ante nadie y persistió en su afán de que se castigue a los responsables de la matanza, que él calificó como genocidio.

Miles se volvieron a encontrar para unirse. Algunos que se habían distanciado en su juventud y madurez por sus encontradas posiciones ideológicas estaban vívidos, exultantes de poder llegar a esta etapa y no fallar. Los jóvenes con sus nuevas formas y aires se encontraban al lado de sus padres, familiares o amigos de sus parientes. Plaza completa y desbordada que era multiforme en todo, incluidos celulares que no servían por saturado el servicio.
Muchas emociones, situaciones, condiciones se condensaban en lo que volvieron a decir los oradores y era un grito amplio, extendido, que se vivió en muchos lugares del país. De Tlatelolco a Ayotzinapa: “Ni perdón ni olvido”. Y en el caso de los 43 estudiantes de Iguala —cómo olvidar la participación de las Normales Rurales en 68— el grito desgarrador: “Vivos se los llevaron; vivos los queremos”.

2 de octubre está presente. Y muchos buscan nuevas datos —hay cocinándose libros— para demostrar que la matanza fue un crimen de estado en donde estuvieron implicados no sólo los principales en el gobierno, sino empresarios, medios de información, intelectuales y hasta políticos que hoy se pasean muy orondos por los nuevos sitios del poder.

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