Como en la tragedia, todo ocurre en el lapso de un día en Rojo amanecer (1989). A diferencia de la tragedia, protagoniza una familia de clase media. Al igual que la tragedia, el espectador queda horrorizado. El efecto de catarsis se traduce en una mezcla de indignación y horror. Nada volverá a ser igual después de ver esta cinta.

La poética recomienda tres unidades: tiempo, lugar y trama. En Rojo amanecer (México, 1989) todo sucede en el minúsculo departamento en que vive una familia de siete miembros. El encerramiento es el sello que marca la vida en el departamento y en la sociedad, lo cual sin duda fomenta las condiciones que llevaron al baño de sangre. Al hermetismo se suma la ausencia de diálogo entre las generaciones tanto en el espacio político como al interior de la familia. Abuelo, padre e hijos parecen monologar sin que las palabras se escuchen verdaderamente. A cada uno de los gestos de los jóvenes, a cada una de las palabras, a cada una de las actitudes, sigue indefectiblemente un regaño, una reprimenda. La consecuencia es una crispación y una violencia constante que se vuelve cotidiana.

Tradicional, unida, trabajadora, estudiosa, nada parece destinar a esa familia común a un desenlace sangriento, a la aniquilación. Solo uno de los miembros se salva, severamente traumatizado. ¿Cuál es el futuro de Carlitos, el menor de esa familia? Bajo el efecto del shock, sale a la calle como sonámbulo. Ya no tiene miedo ni hogar al que regresar. No le queda sino crecer que exigirá tramitar un duelo múltiple. El reto no es menor. Descalzo, en pijama sabe, como nadie, lo que ocurrió en Tlatelolco, en la plaza y dentro de su casa. Mataron, uno tras otro, a sus hermanos, a su hermana, a sus padres, a su abuelo. Como nadie más, conoce el sentido del autoritarismo, de la violencia, de la injusticia. En un día vio cómo se preparó por aire y tierra, con fría precisión, la hecatombe desde la ventana; observó el terror de quienes se refugiaron en su departamento, y los muros de su casa se mancharon con la sangre de los suyos. Allanado su domicilio, sabe que no hay lugar seguro, que no tiene a nadie a quien acudir. En esas circunstancias extremas, sólo, huérfano, despojado de todo, tendrá que encontrar la energía emocional y la determinación para salir adelante. ¿En qué dirección? Tendrá que reinventar todo desde el principio: en primer lugar, las coordenadas legales que garanticen que el horror que vivió no se repita. Tendrá que analizar las causas de lo que ocurrió, al mismo tiempo de encontrar las seguridades democráticas de un nuevo régimen. Así como aplastaron a los suyos habrá que poner límites a ese Estado, más allá de los responsables, GDO, LEA.

En Rojo amanecer no se filman los hechos ocurridos en la Plaza de las Tres Culturas, sino las abrumadoras consecuencias emocionales en una célula familiar. Al igual que el niño (desde cuyos ojos el espectador observó la preparación y desarrollo de la matanza) el público saldrá a la calle para alejarse del horror, para pensar los hechos, para avanzar e inventar nuevos horizontes.

En aquel momento, “tener influencias” era el ábrete-sésamo.  Estar cerca del poder, tener relación con un poderoso aseguraba información privilegiada. Humberto, el jefe de familia y funcionario del DDF tiene acceso a “información” sobre lo que ocurrirá en Tlatelolco: su jefe (¿Corona del Rosal, militar hidalguense que creó grupos paramilitares entre los cuales se encuentran los Halcones?) le advierte que no salgan sus hijos, lo cual él intenta trasmitir inmediatamente a su esposa para proteger a sus hijos (aunque los teléfonos fueron desconectados como parte del cerco a la Plaza). La “información”, insuficiente, vaga, pasa a través de quienes tienen autoridad, respetando jerarquías. Protege, confirma en el poder, otorga un estatus privilegiado a quien la trasmite, de manera siempre confidencial. Es un simulacro de información por su carácter fragmentario y oracular, porque intencionalmente descubre un poco y oculta mucho; es reservada y no fluye. A fin de cuentas, confiere un poder que promueve sometimiento, atando a un agradecimiento servil.

Si bien las “influencias” permiten a Humberto franquear el cerco sobre Tlatelolco, no le permiten sobrevivir a él ni a sus hijos mayores, a su esposa. De hecho, ese podercillo influyente es objeto de escarnio por el jefe de la banda de policías quien afirma que allí sólo la pistola tiene influencia elevando desde ese instante las armas a poder absoluto. A fin de cuentas, la opresión brutal y sangrienta sostuvo a un poder ya sin legitimación. El Estado mantuvo el poder solo por el armamento que utilizó con eficacia para el exterminio y perfiló su poder bosquejando las posibilidades de su uso. El siniestro ejemplo cundió en el país y tuvo amplia difusión: Son las armas las que dictan el poder en la actualidad: cárteles, ejército, pandillas, huachicoleros… aprendieron la cátedra que dictó el Estado mexicano en Tlatelolco. La sociedad en su conjunto ha padecido las consecuencias. A cincuenta años de distancia, el rostro de Carlitos, el hijo menor de Humberto y Alicia, único sobreviviente de la matanza, es el de las madres que piden justicia por sus hijas e hijos desaparecidos o asesinados, el padre que pide justicia por sus hijos, las trans que exigen que los transfeminicidios no queden impunes. La lista es larga: los rostros de ese Carlitos que salió descalzo y en ropa interior se han multiplicado exponencialmente.


Rojo amanecer, dir. Jorge Fons; con María Rojo, Demian y Bruno Bichir, Héctor Bonilla, Eduardo Palomo, Bruno Bichir, Jorge Fegan; guion Xavier Robles y Guadalupe Ortega Vargas; fotografía Miguel Garzón. México: 1989. 96 min.