A pesar de que se hablaba de la tersa, amable transición entre Peña Nieto y López Obrador, las cosas son más complicadas, sinuosas y oscuras. No sólo por el tan comentado aeropuerto, en donde hay opciones para todo mundo y habrá una decisión final que no gustará a muchos. Sino porque la despedida que nos receta Enrique es de antología del horror.

Hay muchas cuestiones que reclamar, como los dichos de Idelfonso Guajardo, el secretario de Economía (sic comefuego), que asegura: los pobres no comen gasolina, sino alimentos, cuando se le reclama por los aumentos del carburante. Ejemplo que muestra la idiotez de alguien que ni siquiera leyó a ningún teórico de la materia que supuestamente conduce. Y los datos que nos presentan de los desaparecidos y los niños secuestrados, problemas que ni siquiera en Siria tienen tal gravedad y maldad.

Pero hay dos cuestiones que realmente son producto de la irresponsabilidad y la marrullería que no habíamos tenido en ningún otro sexenio: la concesión del agua que hará este supuesto gobierno y la exculpación del encargado de la secretaría de Comunicaciones y Transportes, Gerardo Ruiz Esparza, a propósito del socavón, en voz de la señora ligada a Televisa, Arely Gómez.

Es increíble que una administración que se despide abra las puertas para que quien desee logre privatizar el agua. Éste, que es el principal líquido, escaso y deficiente en nuestro país, no puede ser objeto de compra-venta sin medida. Atenta contra la vida misma y ha sido un proyecto fallido. Recordemos la privatización Bolivia y otras naciones. Es un atentado contra la existencia humana. Prueba que Peña Nieto fue un negociante y no un gobernante.

Que la CNDH insista en que los autores y constructores del socavón, donde murieron cuatro personas, sean castigados ya que hubo anomalías, aumento de precios, proyecto inviable, elevación de costos y muchas otras cuestiones perversas, es un acierto no obstante que Ruiz Esparza sea el hombre de los negocios de Enrique. Que la señora Gómez trate de cubrirlo a como dé lugar, muestra la corrupción total existente. Peña diría: “No te preocupes, Gerardo”. Y con Rosario Robles se irían a festejar el robo y la negligencia sexenal.

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