El triunfo de Jair Bolsonaro en la segunda vuelta celebrada anoche en Brasil es una terrible noticia para la democracia en América Latina. Confirma una tendencia internacional, en la que, ante el fracaso del modelo político y económico neoliberal, los electores están votando por diversas formas de derecha autoritaria. Sucedió de manera celebre hace dos años con la victoria de Donald Trump en las elecciones del 2016. A su vez el gobierno lidereado por el Partido Ley y Justicia de Polonia, ha acentuado un camino de intolerancia y franca regresión. Una parte importante de los electores que votaron por el Brexit en el Reino Unido fueron motivados por el deseo de excluir a los migrantes y un sentimiento de supremacía imperial extraviada. En el caso de Colombia, fue la derecha más dura la que promovió el voto en contra de los acuerdos de paz en el 2016. En este sentido, el cambio progresista en México parece una excepción (que muchos agradecemos) y no una regla.

Para no pocos observadores, la victoria de Jair Bolsonaro representa una noticia peor que la victoria de Donald Trump, ya que finalmente, es el triunfo del discurso del odio y la victoria del autoritarismo, pero de forma más exacerbada. No pocos analistas políticos califican a Bolsonaro como “fascista”. Debido al frecuente abuso del término, ayuda consultar la obra de Federico Fichelstein (Del fascismo al populismo en la historia, 2018) en la que distingue el transito entre el populismo al fascismo. Un régimen fascista, de acuerdo con el autor, se concreta cuando existe un gobierno de corte populista autoritario que aspira al totalitarismo, prohibiendo la pluralidad y que termina por destruir en los hechos la democracia.

Los excesos verbales de Bolsonaro durante la campaña fueron de una mayor intolerancia que los de Trump durante la suya: Se registran desde una apología de la dictadura militar brasileña hasta la amenaza de exiliar a sus opositores. La falta de contrapesos institucionales sólidos que limiten los posibles excesos del futuro Presidente Bolsonaro, hacen que el escenario de un gobierno con tintes dictatoriales no resulte inimaginable. Se concreten o no los peores augurios que existen sobre su gobierno, lo cierto es que promete ser un régimen de acoso a los disidentes. Es muy posible que busque imponer desde el poder una estrategia basada en el autoritarismo, el militarismo, la homofobia, la exclusión social, el machismo y la violencia como medio para dirimir conflictos.

El resultado electoral del domingo 28 de octubre no sólo es producto de una élite irresponsable, medios de comunicación facciosos y un poder judicial con agenda política propia, pero sin duda jugaron un rol destacado. Es consecuencia de una profunda crisis política en el sistema político brasileño que al final terminó por beneficiar a Bolsonaro. En una reflexión sobre los factores que facilitaron la victoria de Trump, Corey Rubin reflexiona que las crisis políticas suelen ser mejor capitalizadas por la derecha que por la izquierda (The Reactionary Mind: Conservatism from Edmund Burke to Donald Trump, 2017). En muchos casos, los electores optan por una solución que prometa el “orden” frente a la posibilidad de que la crisis se agrave. Esto sucede sobre todo, cuando la izquierda se encuentra debilitada.

Desde el 2002 en Brasil, el Partido de los Trabajadores (PT) ganó cuatro elecciones presidenciales. La derecha, que en cierta medida quedó intacta, buscó una estrategia anti-democrática para expulsar al PT del poder. Utilizando argumentos jurídicamente endebles, el parlamento votó por destituir a la Presidenta Dilma Rousseff, y como consecuencia, asumió Michel Temer. Desde entonces, Temer, quien fue compañero de fórmula de Dilma como Vice-Presidente, ha implementado una serie de reformas neoliberales que fueron contrarias al proyecto por el que votaron una mayoría de electores brasileños en 2014. Vendría más adelante el encarcelamiento del expresidente Lula da Silva, quien tenía la mayor intención de voto previo al proceso electoral del 2018. Esto inahibilitó al expresidente para participar en la elección presidencial, lo cual en los hechos dio una oportunidad real a Bolsonaro de ganar las elecciones. El sustituto de Lula, Fernando Haddad (que era el candidato a ocupar el cargo de Vice-Presidente), jamás logró obtener el apoyo electoral del expresidente. Tuvo unas pocas semanas para realizar una campaña electoral en un país inmenso, siendo un desconocido. Tampoco resultó benéficio para la campaña de Haddad que el PT brasileño fuera percibido por una parte importante de los electores como un partido inmerso en escandalos de corrupción.

La extrema derecha, ha sido  históricamente la principal corriente política enemiga de la democracia. De esto dan cuenta la mayoría de los golpes militares que acontecieron en América Latina durante el siglo pasado. En tiempo presente, preocupa que en la fase agónica del neoliberalismo, sus impulsores opten por alternativas autoritarias. Ni las libertades ni la democracia misma evolucionan de forma progresiva. Si los pueblos no defienden sus libertades, éstas eventualmente pueden encontrarse en riesgo. Los países pueden tener procesos de cambio, pero también de regresión. Existen democracias que se suicidan y electores que optan por el odio por encima de las ideas y con ello, terminan por erosionar las libertades públicas. También existe la otra apuesta: que es la que promueve la equidad y la búsqueda de las más amplias libertades cívicas y protección de todos los derechos sociales. El contraste entre nuevas formas de autoritarismo y democracias participativas constituyen una de las batallas centrales de nuestro tiempo.