Desde los altos balcones asoman la mirada y observan el carnaval disidente de los que están aquí a ras de suelo. Quizá estén diciendo que hace cincuenta años por estas mismas coordenadas pasaron cosas que no se pueden olvidar, incluso aunque ellos aún no hubieran nacido; sin embargo, un día les contaron que desde esas mismas posiciones donde ahora reclinan el cuerpo para un mejor panorama, los soldados del gobierno dispararon contra los estudiantes que estaban en asamblea justo aquí en la plaza. Fue un 2 de octubre de 1968. No sospechan, quizá, que con las fotos que hacen desde arriba en realidad están cartografiando las emociones de aquí abajo.

Pero ellos no son los únicos que tienen un panóptico circunstancial, sobrevuela la plaza un helicóptero a baja distancia —a esta escena por sí sola le sobran simbolismos indiscutibles—, ha dado varios círculos y ya uno ha lanzado el grito de “fuera que no los queremos”, pero nadie lo secunda, más bien lo han soslayado. Más abajo —mucho más abajo— un dron hace tomas del rapero anarquista que invita a sacar el machete y “tumbar al Estado”, también se acerca a la banda que recuerda el canto revolucionario de los sesentas, asoma su lente de gran hermano a unos danzantes prehispánicos, y a ojo de pájaro captura el ritmo de una batucada que ya no puede esperar la hora de tomar las calles y lanzar consignas con el gigante bombo que trae consigo.

Todo eso pasa en la plaza según cuentan desde allá arriba, pero desde aquí abajo lo que uno ve son los fragmentos de la concentración, segmentos de la rabia y retazos de una memoria pintada en mantas y repetida en consignas de medio siglo que no han perdido vigencia. Por ejemplo, se puede ver a esa mujer patria envuelta en una bandera ensangrentada, con el rostro golpeado y las manos encadenadas; también hay una niña que llora inconsolable ante su padre que intenta reparar su bandera blanca con una paloma acuchillada que se desprendió de su improvisada asta. Más allá un goya que de inmediato obtiene por respuesta un huelum, unos chicos con sus rostros cubiertos y vestidos de negro, unas chicas con sus nombres y los datos personales a la vista de todos en caso de represión, un extranjero con su cámara y su mirada de quien está sorprendido de lo que está viendo, un vendedor que extiende una manta en la zona que, junto con otros, han convertido en el tianguis itinerante y revolucionario.

¿Será que siempre marchan los mismos? Es que los rostros se han vuelto familiares en la Plaza de las Tres Culturas en Tlatelolco, incluso en las calles aledañas que también ya están ocupadas. La distancia entre los contingentes cada vez se reduce más, la masa abraza, el miedo original ahora es confortable; cierta seguridad ofrece esa mancha que ha renunciado a su individualidad y ha decidido adoptar la mirada colectiva, el andar en conjunto. Los que miran desde arriba estarían de acuerdo con esta sentencia, porque lo individual se deshace en un codo a codo que se fusiona con los que apenas unos metros atrás eran unos desconocidos: ahora es la mole social que se arrastra para desembocar en la plaza mayor.

Las consignas se repiten porque las demandas son las mismas, aunque en diferentes escenarios o con distintos actores. Mismo lamento a pesar de tener varios calendarios de distancia. De pronto la mole social se hunde en un paso a desnivel y su voz es un estruendo que quiere romper los tímpanos, pero es un ensayo antes de reventar los vidrios de algo más. Practican el mambo subterráneo, salen corriendo a la superficie y ahí la gente —esos seres curiosos que acaban de descubrir la nueva forma que tiene la memoria— los recibe con miradas emocionadas, como quien quiere bajarse de las gradas y meterse al campo para romperla con el mejor gol de la tarde. Pero no, ellos están ahí, viendo y, con un poco de suerte, poniéndole pegamento a la memoria colectiva.

Los más jóvenes, por ahora, sólo saben contar hasta 43, después piden “justicia” con el puño levantado. No quieren sumar más. Fuman, bailan, cantan, se besan. Para eso también son las marchas, para eso es que se toma uno las calles y le va poniendo letras con el stencil para decir que por ahí pasó, que por ahí estuvo. O quizá así marca el camino de regreso por si hay que volver a recoger los recuerdos. El gobierno de la Ciudad de México ha hecho su parte, hay vallas que cubren el Palacio de Bellas Artes y los locales comerciales de 5 de mayo, pero la mole social ha decidido convertirlas en lienzo y sobre ellas dice lo que le viene en gana, porque puede, porque ha convertido ese sitio en el territorio donde practicará su política.

De pronto la Plaza del Zócalo, siempre ella y tan dispuesta, recibe a la mole social con un Yesterday que sale de los metales de una banda de viento. La mitad del lugar ya está ocupado, sin embargo, faltan muchos para que por fin sean todos. Pero ahí vienen, desde atrás con su rugido, con su correr súbito porque no le tienen miedo a nadie.

El tianguis rodante y revolucionario ha llegado primero a la plancha nacional. Ofrecen a un supcomandante rejuvenecido en un pin —los años no se pueden ocultar, pero es la historia la que legitima—, ahí hay un Gramsci pegado en el pecho de una playera, si se busca bien se encuentra un Che que coquetea con volver en un documental pirata, también se puede pagar por una gorra con la bandera de cuba muy cerca de la visera, y hay una foto de zapata mirando a través del tiempo, no dice nada, más bien parece serio. La militancia, sobre todo, consume, y con eso quiere expresarse, quiere tener la leyenda de los 50 años en su pecho, esa V de la victoria en la espalda.

En mitad del zócalo el lienzo tricolor está izado a media asta, fue por acto institucional. Abajito, no muy lejos de ahí mismo, alguien ha pitado un gran mapa del país y ha repartido en todo el territorio las ropas ensangrentadas de las desaparecidas, los cuadernos rotos de los asesinados, las carteras husmeadas y los zapatos solitarios que extrañan su par. Entonces Rosario Castellano llega en voz de alguien que ha tomado el micrófono —un poema por si quedaba duda de que aquí se ha venido a recordar—. A las seis en punto se hace el pase de lista, después Víctor Guerra rememora la señal del ataque desde un helicóptero, más tarde el minuto de silencio, y ahora Felix Gamundi dice que hace cincuenta años inició la mejor partida de ajedrez del México contemporáneo, una apuesta que hicieron los estudiantes para ser considerados como verdaderos adversarios políticos, y no ese enemigo que hay que eliminar cuanto antes.

Algo ha quedado claro para los que han marchado este día —esa mole social—, y es que tomarse las calles de la Ciudad de México desde hace cincuenta años cada 2 de octubre no ha sido un acto festivo, más bien es una acción política y por ende contenciosa. Se protesta por lo que pasó para que no vuelva a suceder, y si por alguna torpeza política sucediera nuevamente, sin duda que en esta ocasión las circunstancias ya no serán las mismas.