Recuerdo aquel septiembre de 2012, cuando en la Cámara de Diputados se cocinaba la Reforma Laboral, un movimiento del gobierno saliente de Felipe Calderón pero que a todas luces era apenas la punta de la nariz de esa bestia reformista que resultó ser la administración de Enrique Peña Nieto.

En aquel tiempo los perredistas, que aún era un número más o menos importante, junto con los diputados del Partido del Trabajo y el Movimiento Ciudadano, batallaron lo más que pudieron para reventar la sesión en la que se aprobaría aquella iniciativa de reforma que, según ellos y gran parte de la sociedad, menoscababa los derechos laborales de los trabajadores mexicanos, unos que se han ganado históricamente a base de huelgas, sindicatos, luchas sociales, etcétera.

En la desesperación por frenar la sesión, una de las diputadas perredistas, María Lourdes Amaya, arrancó el micrófono de la tribuna y con ello causó la imposibilidad para seguir el debate; sin embargo, al final los miembros de la Mesa Directiva salieron de un balcón a la izquierda del precinto, con un micrófono inalámbrico gracias al cual pudieron seguir el proceso parlamentario. Como juntos PRI y PAN formaban mayoría, apoyados de Nueva Alianza y Partido Verde, lograron obtener lo que quería: la votación a favor de la reforma.

Era viernes según mis recuerdos, viernes 28 de septiembre, uno en el que lo vi todo desde el llamado “corralito” de los periodistas, ahí, hasta atrás del Salón de Sesiones. Terminada la jornada de trabajo me fui al metro San Lázaro para enfilar hacia la casa, pero justo ahí, en el transborde, al ver a tantas personas que trabajan día con día con día, observar el andar de todos aquellos que serían realmente afectados pos la decisión de los legisladores, sentí la impotencia de un mexicano que como muchos no se sentía representado por su Congreso y menos le daba legitimidad al proceso por el cual pasan las leyes de su país.

Otro día que cargo en la memoria fue el 12 de diciembre de 2013, y no porque sea guadalupano, sino por la aprobación de la Reforma Energética. Era más que complicado entrar a la Cámara ese día, recuerdo que hasta había policías del Estado de México en actividades, ¿por qué?, ni idea. Ya cuando logré ingresar miré otro espectáculo circense de esos que nos regala nuestra pintoresca política: diputados de la izquierda se encerraron en el Salón de Sesiones atrancando las puertas con curules, cadenas, candados y con todo lo que pudieron. Pensaban, que así podrían frenar la sesión.

Pero otra vez, la mayoría emanada de los mismos partidos de siempre: PRI, PAN, PVEM, PANAL, sólo atinaron cambiar el lugar de la sesión a un auditorio dentro de la misma Cámara. En una sesión, como muchas que me tocó presenciar, que se extendió hasta altas, muy altas horas de la madrugada, en la cual no se discutió seriamente ninguna reserva, como en la mayoría, y en la que se desnudó el diputado Antonio García Conejo, se decidió el futuro de los energéticos de México; 354 diputados votaron por el “sí”, para terminar con el legado de Lázaro Cárdenas y adecuarse a los mandatos del mercado internacional.

La semana pasada, casi seis años después de la aprobación de la Reforma Laboral, senadores de PRI y PAN acusaron a los Legisladores de Morena por promover, según ellos, una “Ley mordaza”, que a su parecer tiene como objetivo acallar a la oposición, que en este sexenio entrante serán los partidos de derecha.

A la usanza de la política nacional, los senadores inconformes se taparon la boca con cruces de cinta blanca simulando el silencio al que se sienten sometidos, por la ahora mayoría de legisladores del Movimiento Regeneración Nacional.

Un día un hombre llamado Belisario Domínguez Palencia, allá en 1913, dio un discurso contra Victoriano Huerta y le cortaron la lengua. México llevaba décadas en las que los procesos legislativos estaban controlados por los partidos identificados como la derecha del país. Cuántas anécdotas frustrantes no existen por los mayoriteos de PRI y PAN que hoy, con esta protesta, dan el banderazo oficial a su papel como oposición.

Por primera vez en la era moderna de nuestra historia la izquierda gobierna México, y aunque tampoco se trata de que aplasten con su mayoría a los partidos de derecha sin debate ni oportunidad de criticar sus iniciativas, escenas como la que se vivió en el Senado son reconfortantes, pues esos personajes eternos que brincan como chapulines de un puesto a otro sabrán lo que es estar del otro lado, del de los perdedores, el de los silenciados, el de los que suben a tribuna y nadie les hace caso, el de los frustrados, ese limbo terrible en el que por años estuvieron los legisladores de las izquierdas.

Foto: Teléfono Rojo