La hipercomunicación ha rectificado los comportamientos sociales. Tenemos en México un presidente más conocido por memes que por logros, sentenciado a circular en la pasarela de la historia por sus errores sintácticos, sus bromas cutres y su incapacidad para hacer cálculos matemáticos elementales. Y adelante, tras la frontera, el mandatario de la potencia más importante del mundo publica su visión de la realidad con argumentos apelmazados en 150 caracteres en un microblog llamado Twitter, al que hace unos días acusó de suprimir las voces conservadoras de su país. Me parece curioso, porque él es una voz conservadora con 54 millones de seguidores.

La virtualidad es inasible y nos afecta más que nuestra propia salud. Entramos en crisis cuando alguien nos contradice en nuestro muro con argumentos irrefutables y atendemos como perros pavlovianos el timbre del WhatsApp. Hablo más con mis amigos a través de aplicaciones que en la vida real. Como escritor, eso me ha permitido afianzarme un poco más al lenguaje escrito pero me ha obligado a perfilarlos de acuerdo al comportamiento de sus avatares. Cuando estamos frente a frente, bebiendo cerveza o lo que sea, muchas veces me pasa por la cabeza: “No recordaba que X fuera así. Creí que era más bien de este otro modo”. Inmediatamente les adjudico juicios de valor que devienen de nuestras pláticas por chat y no empatan con su presencia física.

Otro caso son los escritores de corriente autoficcional.  Ellos —por una necesidad que me parece más mercantil que estilística— cultivan en sus redes una imagen de “escritores malditos” a la Baudelaire o más concreta y vulgarmente a la Bukowski. Dos de cada tres publicaciones son argumentos que canonizan el heavy metal y la cocaína, o que abundan en su permanente estado de depresión aunque sus libros se venden sin parar. “Vivir sin timón y en el delirio”, como escribió el poeta Mario Santiago, resulta en ellos una virtud mercadológica en vez de un mantra para encaminar sus  vidas.

Hace poco Julián Herbert fue anexado en un centro de rehabilitación. No lo conozco más que por su novela “Canción de tumba” —pieza autoficcional en la que narra una serie de periplos con su madre prostituta—,  pero sé que estuvo ahí porque circuló un mensaje donde se pedía apoyo para financiar su estancia participando en la rifa de un cuadro de Toledo. Por su puesto, Herbert no pudo comentar nada hasta un mes después,  cuando, ya sobrio, sacó un mensaje explicando que la idea había sido de su ex esposa, que la perpetró sin su consentimiento y que él, en fechas recientes, se había vuelto un “exhibicionista emocional”. Aplaudí. El concepto me pareció brillante.

El exhibicionismo emocional es lo que mueve a un gran porcentaje de lectores para seguir ese espectro tristísimo de influencers o para comprar libros autoficcionales de ciertos escritores de la “Generación inexistente”. Es, por ejemplo, el caso de Carlos Velázquez, innegablemente un gran cuentista pero cuyo último libro es más bien una suerte de confesionario cuya importancia pasaría desapercibida si él, en sí, no fuera adicto al perico. Desde mi óptica, la gran literatura mexicana se expresa en novelas como Temporada de huracanes, de Fernanda Melchor. A diferencia de la obra de Velázquez, con Melchor es innecesario que una voz en primera persona glose sobre sus cuitas en la posmodernidad. La obra, pues, surge desde una base netamente ficcional y no necesita otro asidero.

Construir personajes es un recurso milenario. En política ha quedado más que explícito, especialmente en las monarquías. Cito la de Carlos II o cualquier otra donde la monogamia haya servido como la llave para mantener la “sangre real” y los súbditos, vueltos reyes, se hayan encargado de proteger la imagen de sus fustigadores. En la literatura puede ejemplificarse con Bukowski: en sus relatos es un arquetipo de macho hipersexual que obtiene siempre lo que necesita con sólo “tocar un coño” y que, en caso de ser necesario, puede curarse la cruda “abrazado a un cactus”. En la vida real, mencionan su biógrafos, era un hombre inseguro surcado por el acné que lloraba ante la menor experiencia estética. Ese personaje auténtico me parece que sólo se avizora en uno de sus relatos incluido en la Máquina de follar. Cuando sostiene una conversación con el espíritu de Hemingway, Bukowski dice: “En realidad yo siempre he sido solitario, Hem, un cobarde de mierda que sólo existe en la literatura”. Al menos en el panorama literario, Bukowski dio algunos guiños sobre su verdadero yo, guiños que en la era digital probablemente nunca existirán,  ya que serían un golpe fatal contra los ingresos de sus avatares.