“Alerta, alerta que camina la lucha guerrillera por América Latina” gritan todos juntos y parece una advertencia. La última y la más definitiva. Quizá sólo esperan a que escampe, tal vez es la emoción del momento. Pero sus rostros reflejan otra cosa, algo como la rabia mezclada con las ganas de guardar la cordura y tomarse las calles para ellos solos. En sus mejillas llevan el 43 pintado como una forma de combate a la mala memoria, el ceño fruncido y ese canto lento, como pausado, agravando la voz que atraviesa y revienta todo lo que se encuentra. En fin, como un llanto de cachorro herido pero dispuesto a no olvidar el rostro de quien lo puso en esa situación. “Alerta, alerta, que camina” vuelven a lanzar y cierran los ojos, arrugan la frente, hacen puño y siguen gritando “que camina la lucha guerrillera por América Latina”. Y sobre advertencia no hay engaño.

Van codo a codo, como dijo el poeta, se protegen entre ellos y no se inmutan si alguien se acerca de más para hacerles una fotografía. Hace mucho que sus rostros rondan el mundo, el de ellos y el de los desaparecidos que de alguna forma los harán volver. Pero los quieren vivos, como se los llevaron, advierten, no admiten otra posibilidad. Ellas, con la piel canela y la rabia roja corren y repiten la frase “porque vivos se los llevaron, vivos los queremos”; ellos, corpulentos y vestidos de negro, inflaman la vena del cuello y otra vez “alerta, alerta, que camina…”. Se suma una batucada con un ritmo de cumbia y danzas a lo africano, pero los que han lanzado la advertencia soslayan la escena, parece que esto es serio, no pierden la concentración. Que avancen con prisa, dice uno, que no se queden atrás, dice otro. Hacen caso, pero no dejan de consignar y lanzar querellas mientras obedecen. A estos chicos les habían prometido que las cosas iban a cambiar, pero los engañaron, “es la misma porquería” gritan. Alguien tiene que venir a pedirles perdón y ser consecuente con las circunstancias.

Ahí están los papás y las mamás que por la mañana se reunieron con AMLO, el presidente electo. Éste les ha prometido llegar a la verdad, porque esa es la manera de fortalecer las instituciones, aseguró. Pero aquí, a esta hora, marchan bajo una lluvia que comenzó como un calabobos y de pronto se ha tornado constante y ya ha empapado sus cabellos y sus espaldas. Enfrente llevan las fotos de sus hijos desaparecidos, suman 43, con nombres propios y recuerdos íntimos. Van en la vanguardia, justo atrás del autobús de las marchas que desde sus altavoces va diciendo que el próximo año será, o ya no será jamás. Otra vez la advertencia, la alerta que retumba en el subcontinente. Son los más solicitados por los periodistas, quieren hacerles preguntas, registrar ese gesto en sus rostros, pero ellos prefieren otros interlocutores, parece que ya lo han conseguido y no piensan perder esta oportunidad. Quieren a sus hijos de vuelta y desde hoy le han dado un sentido profundo al significado de la esperanza.

Nombrarlos para que estén aquí. Es el pase de lista y por ahora son los de la rabia roja los que responden gritando “presentación con vida”. A la distancia y en todo lo alto alguien ha decidido hondear la bandera de México desde el techo de un parabús, mientras los nombres se escuchan, la tricolor va de un lado a otro y parece mimetizarse con el momento. La piel se eriza, se olvida el frío, hay consternación y el cuerpo lo delata, la sangre es roja y se puede ver, entonces uno entiende lo que significa estar vivo e imagina ese último instante, cómo podría ser. Avanza la marcha sobre Juárez y el músculo se ensancha, atrás quedó el antimonumento y enfrente está la plaza mayor que espera extendida y dispuesta a sostener el peso de todos.

“Me gustan los estudiantes, porque son la levadura del pan que saldrá del horno” dice una canción que retumba en las paredes que le dan frontera al Zócalo de la Cuidad de México, “con toda su sabrosura para la boca del pobre que come con amargura” continúa diciendo. Se escucha el eco, ése que está destinado a llegar después —pero nunca tarde—, que llega y sigue diciendo lo mismo, es persistente, es necio y con eso basta para creerle. “Caramba y zamba la cosa, viva la literatura” canta ese acento venezolano. La plaza se sigue llenando con los que llegan, asoma su rostro la retaguardia que es la encargada de traer hasta aquí toda la rabia que hacía falta. El coro, el eco, la voz, todo es uno solo: “me gustan los estudiantes, que marchan sobre las ruinas” canta el coro de Ayotzinapa, “con las banderas en alto va toda la estudiantina” marcan el tiempo los bolivarianos, “son químicos y doctores, cirujanos y dentistas” se nombran los oficios y remata el vocalista “caramba y zamba la cosa, vivan los especialistas”.