Hace diez años más o menos, cuando apenas era un aprendiz de periodista, sino es que aún lo sigo siendo, tuve la fortuna de entrevistar a Arturo Díaz Mendoza (aunque en adelante se omitirá el “Díaz” porque así le gustaba a él), mejor conocido como el Villano III. Todo fanático de la lucha libre sabrá que este hombre fue un referente de la época de oro del pancracio mexicano, pues los cuadriláteros no pueden entenderse sin la presencia del también llamado “Pantera Rosa”.

Este martes 21 de agosto de 2018, el Rey Arturo falleció a los 66 años de edad, luego de haber vivido los últimos días de su vida ya sin la agilidad que lo caracterizó durante décadas: todavía hace no mucho se le podía ver cerca de su casa andando por las calles con la ayuda de un bastón; qué ironía: un hombre que vivió volando al final apenas podía caminar.

Sin embargo, todas las lesiones que le aquejaban en la última etapa de su existencia terrenal fueron resultado de vivir luchando en los encordados, lo que todo amante de la lucha libre tendrá que agradecerle por siempre, pues un montón de sus batallas pasaron a la historia como clásicas del pancracio nacional. Por eso, a manera de homenaje rescatamos este texto que resulta ser una entrevista de semblanza inédita. A donde quiera que vaya, seguro siempre será el tremendo luchador que demostró ser en todas y cada una de sus batallas.

 

¿Cómo recuerda su niñez, Arturo Mendoza?

“Bueno, yo recuerdo mi niñez que fue muy tremenda, muy dura, siempre me gusto andar de vaguillo, pero no me dejaron, digo, como todo niño que le gusta andar en fiestas y todo eso, pero gracias a Dios tuve unos padres hermosos que me orientaron a fijar bien una meta y aunque yo me daba mis escapadas de repente, ellos no me dejaban. Y pues fue muy bonita mi infancia pero si muy precaria”. Su rostro se torna triste y parece que soltará una lágrima…  El Villano III cuenta que esta situación se debe a que su padre era panadero por tradición familiar, un tipo muy humilde, antes de convertirse en el mítico Ray Mendoza, luchador histórico del pancracio mexicano.

Arturo Mendoza vivió pequeña parte de su infancia en la colonia 20 de noviembre, para mudarse con su familia a una casa de la Morelos, una colonia caracterizada por su ambiente peligroso. “Si, ahí la cosa estaba muy pesada, y para que yo no anduviera ahí timando ni de vago, mi papá me metió al gimnasio de los baños Gloria y así ya estaba a gusto mi papá. Por eso mismo para que mis hermanos y yo no fuéramos vagos, nos puso a entrenar lucha olímpica, porque él quería que hiciéramos algún deporte en lugar de causarle problemas a la sociedad”. 

“En los baños Gloria yo entrené con un profesor que se llamaba Alfonso Moreno, “el Acorazado” le decían de luchador, y él me enseñó mucho. Ya después entrenaba con un señor de origen turco, que era el profesor Hussain Hilmi Hermen, una persona muy bajita de estatura, pero como sabía técnica, ese señor no necesitaba estar muy fuerte para derribar unos monstruos de noventa, cien kilos. Y ahí nos enseño él todos los secretos de la lucha olímpica y empecé a ver que no era necesaria la fuerza, no, sino la técnica, porque él los hacía volar, pero bonito”, nos cuenta con una sonrisa enorme, de niño alegre.

Y aunque el joven Arturo estaba convirtiéndose en un gran luchador, su padre, Ray Mendoza no quería que ninguno de sus hijos se convirtiera en profesional. “Mi papá no quería que entrenáramos, pero entonces a escondidas le empezamos, y es que en el gimnasio se quedaban unos entrenando más tiempo, pero empezamos a ver que no era de la misma lucha que nosotros entrenábamos, sino que era cómo la que hacía mi papá y nos llamó la atención”.  

 

¿Qué sentía Arturo al ver a su padre subir a un ring a luchar?

“Pues las luchas más tremendas que tenía mi papá recuerdo que eran contra los Hermanos Espanto, contra Rene Guajardo también contra Huracán Ramírez, contra  Blue Demond, incluso contra el Santo llegó a tener una rivalidad muy tremenda contra él, a veces hasta le rompía la mascara y  los días viernes que era cuando salían las revistas, la Box y Lucha, la KO en ese tiempo eran las que rifaban y los diarios donde hablaran de lucha, yo me iba a comprarlas porque decían muchas cosas bonitas de mi papá. Y uyyyyy (dice riendo) parecía que yo era Ray Mendoza, yo me sentía que nadie me merecía. Me daba mucho gusto el ver así a mi papá, pero sentía feo cuando llegaba con heridas o cuando sabía que había perdido pero yo comenzaba a entender que no siempre se gana”. 

Para Arturo, el joven de aquel entonces, era todo un acontecimiento cuando su padre regresaba a casa luego de luchar: “Me levantaba a ver si mi papá no traía alguna mascara, porque luego les quitaba las máscaras, luego no había mascara decía bueno, ni modo pero también me daba cuenta de cuando mi papá era campeón, de verdad que se siente bonito, sentir un campeonato en mis manos, que parecía que yo era el campeón. Mi padre fue mi héroe, fue mi ídolo y aunque ahora no esta con nosotros lo sigue siendo y yo quería emular sus hazañas y con el paso del tiempo, si lo logré”. 

Como nos comentaba, Arturo sentía satisfacción al cargar los cinturones de su padre, pero en algún momento debía buscar sus propias glorias incluso aunque el mismo Ray Mendoza no lo quisiera en los encordados, ¿cuándo le dice Arturo a su padre que se quiere dedicar a la lucha libre profesional?

“Fue después de que a mis hermanos los escogieron para participar en una preselección  contra los seleccionados nacionales, entonces vamos a nombrar como Juan Flores Arévalo, Mario Tovar, entre otros, que eran figurones de la lucha olímpica y mis hermanos que eran unos chamacos los derrotaron, imagínate. Entonces mi papá se fue de gira como un mes y antes de irse les deseo suerte, entonces cuando habla él de donde estaba para saber cómo les había ido pues mis hermanos le dicen que habían ganado… Hijole (Arturo se quita sus anteojos y con la vos quebrada a punto de llanto prosigue) yo me sentía feliz y luego les dicen a mis hermanos que no iban a ir a competir que porque estaban muy chicos (recompone la vos) y cuando le avisan eso a mi papá pues se enojó mucho y ellos le dijeron que ya no querían hacer lucha olímpica, como que agarraron coraje…”. 

“Mis hermanos fueron los que empezaron, más bien yo era la mascota del gimnasio, estaba bien chiquito y pues les decían que si la harían, no pues hijos de Ray Mendoza y todo eso, pues si la harían. Entonces mis hermanos comenzaron a luchar a escondidas en los pueblitos. Yo me titulé de la escuela nacional de educación física, pero desde la secundaria ya entrenaba lucha libre. Yo creo que mi papá sí se daba cuenta ‘estos ya han de andar luchando’, yo creo decía, pero ya el día que mis hermanos le dicen que sí, que ya luchaban, mi papá que se enoja: ‘No, no hijos, no’”. 

“¿Por qué no?”, preguntaron sus hermanos, “¿Por qué no quiero”, respondió Ray Mendoza. “Así era mi papá, era muy tajante, pero nos quería mucho. Entonces mi mamacita le dijo a mi papá: ‘¿por qué no dejas que los muchachos luchen, que tu trabajo es malo?’ y mi papá le contestó: no, no es malo, mi trabajo es tan honesto como el mejor, pero veme a mí’”. Ray Mendoza se refería a todas las lesiones que lo aquejaban. La madre de Arturo pidió que eso se los dijera a sus hijos, pues hasta ella misma ya dudaba de la nobleza de ser luchador.

Aunque el padre de los villanos les explico los riesgos de vivir en los encordados, ellos insistieron y la única condición fue que cada uno tuviera un título profesional.

Con su título de profesor de educación física guardado en un cajón y la máscara puesta, Arturo Mendoza comenzó en los tinglados bajo diversas identidades: La Mancha Roja, Pulpo Blanco, Rockanbola; sin embargo estos nombres duraron poco, pues después de ser El Búfalo Salvaje se unió a la empresa de luchadores independientes de Francisco Flores, donde se codeó con los más grandes gladiadores de aquellos tiempos; ahí comenzó la leyenda:  El Villano III. “Ahí luchaba contra grandes estrellas, el Santo, el Rayo de Jalisco y otros, pero en la arena Naucalpan  tuve una lucha muy fuerte, se llamaba La Cobra contra el que luche, fue mascara contra mascara y le gane, nadie pensaba que podía ganarle porque estaba muy chiquillo, pero le gané y ese triunfo me abrió las puertas”. 

Esas puertas que se le abrieron lo llevarían a una luchar por el Campeonato Mundial Welter contra Huracán Ramírez, en ese entonces ya consagrado: “Tuve la lucha contra Huracán Ramírez y lo derroté, bueno, ni yo me la creía (y a juzgar por su rostro parece no creerlo aún). Dormí con el cinturón de bajo de mi almohada, cuando me desperté dije, ‘no cabrón, no estoy soñando’, que agarro el campeonato y dije ‘si aquí está mi campeonato’… Y es que imagínate, ganar un campeonato mundial y luego no le gané al lápiz, ni al cajón, ni al trinchador (menciona todo lo que está ante su vista) le gané a Huracán Ramírez, era un logro muy grande para mí, él ya filmaba películas, tenía cuentos, era casi como el Santo, pues. Yo cuando iba a luchar iba con la mentalidad de ‘no, pues voy a perder’, pero pues con haber llegado a la final decía yo ya tuve, y creo yo contó la juventud, porque aunque él tenía mucha experiencia pues sí me ayudó la juventud. Cuando gané llame a mi familia y todos festejaron”.       

Pero un gran luchador, incluso con muchísimos logros en su carrera, no es nada si no se hace de un personaje que impacte y el Villano III irrumpió en la escena al ser el primero en vestir todo de rosa. “Cuando mis hermanos luchaban lo hacían con un equipo negro con dorado y el señor Lutherot, dueño de la empresa donde trabajaban, les dijo que se cambiaran a un uniforme mas vivo, no tan fúnebre y el mismo patrón les dijo, vean unos marcianitos que salen en las caricaturas, así se verían bien. 

“Entonces mis hermanos se pusieron a ver las caricaturas y ya que salen dijeron ‘mira estos son los que dice el señor’, y sí se veía muy diferente a los demás luchadores, entonces mi hermano que era dibujante hizo el diseño con los ojos como de rombo y la boca abierta y ya después los colores, era morado, ‘pero como que con blanco no, pues con rosa, pero vamos a parecer mujeres’ decían, pero pues nadie usaba esos colores. Mis hermanos usaban sólo la trusa, zapatillas y la mascara y cuando yo empecé como Villano III mi papá me dijo ‘oye hijo, fíjate que te veo delgadito de tus piernas, ¿por que no te pones mayas?’, y le dije, ‘pero con qué me las pongo’ (haciendo señal de dinero), y me dijo, pues yo hay tengo unas, pero y eran azul rey, tons las tuve que teñir y así agarraron un color como medio raro, entre rosa y morado”. 

Al contarnos la historia de su traje, se levanta de golpe y camina hacia una vitrina de la cual sale un muñeco muy sencillo, como de plastilina, con el cual ejemplifica todo el proceso de su atuendo. El equipo lo arregló a su manera, con los colores morados rosas y lilas, algo muy poco usual para la época:  “Jugaba con las combinaciones de los colores y aunque sí para esos tiempos a la gente se le hacía como afeminado, yo me quería ver diferente a los demás: a mí me vale gorro.” 

 

¿Y el apodo de la Pantera Rosa?

“Había un reportero, Isaías Noriega, buen amigo, pero si me enoje con él, porque en una crónica me puso ‘La Panterita Rosa derrota a Ray Acosta’, dije ‘hijo de la chingada, cómo que la panterita rosa’. Entonces yo me di por ofendido y le dije, ‘qué pasó cabrón, no me andes diciendo así, si de por sí andan diciendo que soy “plutarco”, con eso de la panterita rosa peor’ y ya me dijo, ‘no pues perdóname, si te molesta hay muere’. Entonces yo le comenté a mi mamá y ella me dijo, ‘no hijo, ellos lo hacen como un seudónimo, como una identificación, ahora ve las caricaturas de la pantera rosa’ y las vi, y dije: ‘a cabrón, creo si me parezco’”

“Entonces ya que le hablo a Isaías, me dice, ‘¿qué paso Arturín, cómo estás?’, le digo, ‘no pues con pena, fíjate que mi mamá me hizo entrar en razón, no quería yo ofenderte’ y ya me dijo, ‘no pues yo lo hice con respeto, pues si tú eres mi ídolo’. Fíjate, él reportero de lucha, de cuantos que conocía y yo era su ídolo, y ya, quedamos que me siguiera diciendo así, sin bronca. 

Así fue como el Pantera Rosa se familiarizó con la gente, tanto que de ser un luchador de estirpe ruda, paso a ser técnico, pues así eran más rentables sus presentaciones.

Con la frase “modestia aparte” el Villano III respalda cada enunciado que lleva tintes de soberbia, pero dice algo muy cierto “no es que lo diga yo, que yo soy el mejor y que acá, no, eso lo dice la gente, yo soy lo que la gente quiere que sea, porque yo soy hechura del público”.

Arturo Mendoza es una persona que resuelve dudas aún sin haberlas preguntado, es un conversador esplendido y sobre todo, transmite todas las emociones que seguro guarda en cada una de las cicatrices de su frente: duele tan sólo verle el rostro; sus historias, cada una de ellas, enchinan la piel, dan ternura, despiertan sensaciones como si uno mismo las hubiese vivido.

“Después de que me hice técnico ya se llenaban las plazas cuando luchaba, por el cariño de la gente, entonces, la primera ves que me fui a Japón, el señor Flores (dueño de la empresa donde trabajaba el Villano III), no me dejaba ir, decía,  no el Villano está muy ocupado aquí, no puede ir, le decían bueno, déjenoslo un mes aunque sea, no menos, es mucho un mes. Total, estuvieron insistiéndole, primero que un mes, luego que quince días, luego, bueno aunque sea una semana, no, no puede. Ya hasta que le dicen, bueno, préstenoslo ya aunque sea un día y decía el señor, es que yo lo tengo aquí programado diario” 

“Total que bueno, me dejó ir, sólo querían que fuera para el aniversario de la compañía que era la número uno en Japón, ahí luchaba Hulke Hohan, André el Gigante, Kokina, y fíjate, a mí me pedían como si fuera uno de ellos, y es bonito, porque a ellos los ven cómo los mejores gabachos y a ti como de los mejores mexicanos. Ya me dijo mi patrón, no podemos dejarte ir, pero cómo quieren a huevo que vayas, solo vas a ir una noche, pero hay va lo mejor, vas a luchar por el campeonato con El Tigre Enmascarado, dije hay papá, sí me lo traigo, eso me gustó más y faltaba lo mejor: me iban a pagar lo de una gira completa, o sea, por un sólo día, me pagaron lo de todo un mes, hijole, creo nunca había cobrado tanto dinero en mi vida, ni nunca volví a cobrar ese dineral”. 

Luego de tanto batallar para que lo dejaran ir a Japón, llegó la gran noche contra el Tigre Enmascarado.  “Fue en el estadio Kuramae, la casa de sumo más grandes de Japón, le entraban setenta y cinco mil personas, estaba hasta la madre. Fue cuando salí yo: me llevé un penacho de plumas de pavo real, de indio Azteca y dije, no pues yo voy a representar….hijole son muchas emociones (rompe en llanto y prosigue) a mucha honra iba yo representando a México y me puse un taparrabo de canutillo con shakira, me lo mande a hacer, con sus muñequeras, la pechera y cascabeles en las piernas… y toda la gente decía, ¡woooo!»‘, cuando salí y me veían y empezaron a gritar, ‘¡Villano, Villano!, sí le gritaban más al Tigre, pero digo a mi ni me conocían… hijole es que son muchas emociones (sigue llorando, de pronto parece que está otra vez en el Kuramae, ¡Villano, Villano!, se escucha el estruendo décadas después en la sala de su casa) no mano, ¿sabes cuándo me emocione más?, que tocan el himno nacional, hijo de la chingada, yo estaba súper emocionado, dije, ‘no a huevo, va por México‘… y por la lanota que iba cobrando, porque pagaron para que yo me brindara todo… Y perdí, pero fue una experiencia única”.

Cuando sus compañeros luchadores en México lo vieron en el periódico con las fotos de su entrada cual emperador prehispánico, le dijeron: “oye, como allá sí te llevas tus mejores garras y aquí subes al ring con una pinche chamarra ojete”; esa era su forma de decirle que estaban orgullosos de él.

El Villano III ha tenido un sin fin de rivalidades sobre el cuadrilátero y una que no se puede dejar pasar es aquella que cosechó con Chris Benoit, conocido como Pegasus Kid, antes de que el mismo bellaco lo despojara de su máscara.

“No menosprecio a nadie, porque tengo muchas máscaras de luchadores que subieron a defender su identidad conmigo y los respeto, pero yo siento que el luchador más fuerte, más completo, más peligroso para mí fue Chris Benoit, porque pus era diez años más joven que yo, era más alto, no tenía un gramo de grasa y yo sentía que en cada azotón que me daba me iba a partir, decía ‘me está sembrando este cabrón’, pero no, saque la casta y después de que lo derrote él habló muy bien de mí. El habló en una ocasión de sus maestros y me mencionó a mí, yo no sabía que me consideraba así, porque cada que me veía yo decía, ‘este cabrón, me quiere desmadrar con la pura vista’, él así era pero también era muy noble”.

A pesar de que reconoce a Chris Benoit como su rival más fuerte, Arturo Mendoza recuerda uno más, quizá no con tanta fuerza física o juventud como el anterior, pero sí con la técnica necesaria para despojar al Villano III de una de sus posesiones más preciadas:  su máscara. El 17 de marzo de 2000, en la Arena México, el Villano III luchaba contra quien él mismo dice es el mejor luchador de México y un gran maestro: Atlantis. Tres horas antes del combate el inmueble estaba tan lleno que pusieron pantallas a las afueras para que la gente viera tan épica batalla. Era tanta la expectativa que el evento fue el primer PPV de lucha mexicana.

“Yo no iba con todas las de ganar, pus aunque yo me había preparado fuerte,  siempre he respetado a mis rivales y sé que también se van a entregar. Pero pues yo estaba muy satisfecho de que se llenó la México, pero también muy nervioso de que sabía a quien me iba a enfrentar… aunque la gente estaba conmigo, eh; decían va a ganar el Villano. Y durante la lucha yo nunca pensé en que iba a perder, le hacía las llaves definitivas, pero luego se me zafaba y yo decía chinga tu madre, entonces de repente que me hace la mamada esa que él hace: la Atlántida y me puse bien duro y no sentí dolor, que le doy un codazo, me zafé y dije, ahora sí papá eres mío, pero que me le dejo ir a chingarlo y él me volvió a cazar, nada más se me agacho y me la hizo otra vez, pero ahora si se hincó rápido y sentí cómo me tronó el cuello, entonces no sentí de la cintura para abajo y me rendí; ya cuando me botó, dije pa´ qué me rendí, pendejo me hubiera aguantado, ya me sentía yo bien… sí dije, pendejo pa´ que me rendí”.

“Fue un luchononón, nunca se había hecho una lucha máscara contra máscara a una caída ni nunca una caída había durado tanto, duró como treinta y cuatro minutos y voces de un camarógrafo treinta y cinco pinches llaves conté diferentes cabrón, no repitieron ninguna y sí, fue una lucha, lucha, llaveo, por eso la gente cuando perdí no querían que me quitara la mascara, pero no, porque Atlantis se preparó para algo y si Atlantis hubiera perdido yo sí le hubiera exigido que se quitara la mascara, porque así se pactó”.

Un gran ganador, pero también un buen perdedor, Villano III dijo después de destaparse: “Sentí bonito perder contra un gran luchador como lo es Atlantis”, para después cargarlo en hombros ante una Arena México enardecida.

Los aficionados a la lucha libre quieren mucho al Villano III, técnicos y rudos saben que sin importar el bando, Arturo Mendoza se transformó en un atleta brindado a la gente. Pese a su gran envergadura, hubo funciones en las que tuvo que luchar sobre una lona a ras de piso porque el camión del equipo no llegaba y no había cuadrilátero.

Pero la carrera de un luchador tiende a ir pronto a la debacle, pues reponerse de los castigos no es nada sencillo. De pronto, cada día hay más tiempo libre, más, más. No es sencillo para un hombre que vive de su fuerza física darse cuenta de que el poder poco a poco lo abandona; Cuando Arturo sintió este sinsabor, se acercó a la bebida. “Esto nunca lo he dicho en entrevista, pero pues lo voy a contar: ya con menos luchas en mi tiempo, decía, ‘pues me hecho unas copitas, total ya no voy a luchar’ pero mi esposa me hizo recapacitar y me dijo, ‘no Arturo, hazlo por los niños, tu llegas así ellos te huelen, y después van a andar tomando’ y tiene razón, por eso ya tiene cómo un año que no tomo ya nada”.          

En el ocaso de su carrera y con luchadores jóvenes acaparando los carteles, el llamado Rey Arturo tiene más tiempo para sus hijos lo cual aprovecha para darles una educación con valores, pues él es un fiel creyente del respeto. Igualmente platica que a sus hijos les encanta la lucha libre, sólo que ellos sueñan con luchar en el extranjero: “No, ellos luchadores mexicanos no, ellos piensan en grande, quieren dinero y pues yo quiero que ellos hagan lo que les guste, por eso los llevo al inglés, para que crezcan intelectualmente”.

Actualmente, el Villano III sigue llenando arenas por todo México, parte de EU, tiene ofrecimientos de ser entrenador de lucha en el gimnasio Guelatao y participa en funciones de Lucha Vavoom; sin embargo, no todo es profesional en la vida de un hombre cuya sonrisa refleja un aspecto tremendamente humano: ¿Qué hace reír a Arturo Mendoza?

“Las bromas que hacen a veces mis hijos o las que hacen mis compañeros en los vestidores. A veces que me ven serio es porque me quiero dar a respetar, porque quiero respetar a la gente, pero soy sencillo, como cualquier persona”

¿Y qué lo hace llorar? “Pues el recuerdo de mis padres, de mis hermanos, algún compañero que se lesiona, o que nos deja para siempre, no sé, soy muy llorón, yo”.

 

¿Qué es la Lucha Libre para Arturo Mendoza?

“Es lo que me ha formado como persona, la lucha es mi vida, es todo, es mi pasión”.

 Así se marcha un ídolo; hace diez años de esta entrevista en la que Arturo Mendoza nos contó sólo un poco de su vida y su enorme carrera. Hoy la lucha libre mexicana ha perdido el brillo de los tiempos en los que el Villano III triunfó junto con otras grandes leyendas, las cuales poco a poco abandonan los cuadriláteros y a la postre, la vida física. Ojalá algún día los encordados nacionales recuperen la gracia y espectacularidad del pasado, en honor al legado de hombres como El Rey Arturo, un histórico del deporte nacional.

Foto: Marca