No hay triunfos completos. Quizá la dialéctica condena eternamente la existencia de un contrario. Sin él, la unidad quedaría incompleta, paralizada y sin contradicción.

Sin embargo, la permanente crisis somete a los sujetos, y a la realidad misma, a un proceso de evolución de sus antagonismos, llevándolos a estadios superiores y a la generación de capacidades que les permiten reproducirse o imponerse en la nueva condición.

En el país, una nueva mayoría de ciudadanos, hombres y mujeres sujetos históricos del cambio, guiaron el camino del arribo de un proyecto distinto al frente de la Nación, que al menos durante los últimos años marcó distancia de la visión que había gobernado a México.

Si bien no se ha planteado un cambio sustancial del paradigma económico o una superación de las contradicciones que se encuentran en el fondo del sistema productivo y social dominante, el gobierno que encabezará Andrés Manuel López Obrador, a partir del 1 de diciembre próximo, ha dado pinceladas de ruptura a las inercias, mismas que quizá abrirán una nueva conciencia de la condición de agente de cambio que tenemos los ciudadanos.

Los portavoces de quienes ostentaban el poder, los justificadores de los fracasos recurrentes del régimen dominante, siguen insistiendo en cuestionar públicamente la viabilidad de muchas de las medidas que el nuevo gobierno ha dicho que adoptará. Lo hacen desde la lógica, la visión y las reglas con las que gobernaban. Muchos de quienes defienden al naciente gobierno, lo hacen también, erróneamente, desde ese mismo lenguaje y posición.

La posibilidad de cancelar la construcción del nuevo aeropuerto de la Ciudad de México, el asomo de la derogación de las reformas estructurales, el cambio en la organización del aparato público de la Federación para impedir actos de corrupción en la operación de los programas sociales, la descentralización del gobierno federal y la reducción de los sueldos de algunos funcionarios de alto nivel; han sido cuestionadas con una letanía de argumentos que repiten tautológicamente una armonía de cosas que ha quedado rasgada, disfuncional y anacrónica.

Es probable que algunas de estas medidas fracasen o que no signifiquen cambios sustantivos en las condiciones materiales de vida de la mayoría de la ciudadanía, es casi seguro que después de cada fracaso venga el desahucio y la crítica iracunda de esa oposición que resistirá en las sombras del pasado y quizá logren, con sus señalamientos, que cunda el desánimo, pero ¿acaso no venimos de una serie de fracasos y desatinos que se agolpan a lo largo de décadas?, ¿no tenemos derecho a equivocarnos 30 millones de mexicanos después de que nos impusieron sexenios de sacrificios sin recompensa alguna, ni siquiera la de saber que esos destinos habían sido decididos por el propio pueblo?

Ésta es la cuarta transformación del país y quizá sus reglas aún no estén escritas, quizá sus logros no deban medirse por una rentabilidad numérica apreciable en un sólo indicador que acumule beneficios bajo los mismos rangos del pasado. Es probable que después del desastre en el que han sumergido a México tengamos que contemplar que nuestra única conquista sea la de la democratización de la austeridad y el sacrificio, que la abundancia fue dilapidada por pocos y que sólo hemos llegado a reconciliarnos para que, desde las ruinas, todos aportemos al renacimiento del país.

Aún así, en éste, que es el peor de los escenarios, hay un gran triunfo para el pueblo: el de la recuperación de la capacidad de soñar, el de reconocer que tenemos nuestra voluntad intacta para decidir por nosotros, el de no sabernos condenados a las inercias, el de sabernos imponer a cualquier circunstancia.

En esta nueva lógica habremos ganado ya. Permítanos entonces soñar ya que aún no llega el 1 de diciembre, ya que tenemos sólo cenizas frente a nosotros, ya que han saqueado y vilipendiado nuestra dignidad. Déjenos pensar por todos y para todos, por donde empezar. Es probable que ahí encontremos un camino de aliento para quienes creemos en este país y para quienes dejaron de hacerlo.

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