La idea de Hershey’s fue mala en sí misma: regalarle chocolates a mendigos, albañiles, limpiaparabrisas, policías, niños y niñas indígenas y a las trabajadoras del hogar no consigue bajo la óptica de cualquier ser pensante mejorar sus vidas. Es decir, una torta y una cajita con leche no cambian el salario mínimo, ni la desnutrición, ni la explotación laboral, ni mucho menos el racismo que la compañía promovió al contratar a una serie de influencers vestidos con ropa de marca y cuya burda misión fue aproximarse a la persona con mayor fenotipo mexicano— “Te acercas al que veas más tostado”, les debieron decir— y apariencia marginal para tomar una foto y “hacer el bien porque sabe bien”.

Es probable que Moises Michan, director de marketing de Hershey’s, haya pensado que hacer una campaña enfocada a las redes sociales en la que además se beneficiaran de las cuentas con miles o millones de seguidores de los influencers, funcionaría, e incluso capultaría a la fama el comercial dedicado a los “niños y niñas bien” que se preocupan por los pobres, por los hambrientos, y les dan un chocolate o una cajita con poco menos de 200 mililitros de contenido y una palmada en la espalda.

Al final, en menos de dos días, el tiro les salió por la culata. Miles de usuarios confrontaron la publicidad de la empresa, al grado que tuvieron que emitir una disculpa y retirar las fotografías de internet.  Yo me pregunto: en un país que tiene un 43.6% de su población en estado de pobreza, ¿qué arregla una cajita con leche de chocolate? Siendo una marca global, con millones de acciones, con la capacidad de invertir en asesores, ¿Hershey’s no pudo pensar en algo un poco más trascendente?

Por otra parte, ha quedado explícito que las redes sociales son un ágora dominada por un espectro de  la clase media que por lo general tiene una interpretación equivocada de sí misma, donde algunos se visualizan como los que reposan en la punta de la pirámide socioeconómica. Así pues, el racismo impera en Twitter y Facebook cuando tendencias como “Prietos en aprietos” o “Te hace falta ver más Box” desenmascaran una facilidad inherente de los usuarios para mofarse de las personas morenas, de los pobres, de las personas con una orientación sexual distinta a la “norma”, de cualquiera que rompa los cánones cibernéticos de la perfección facial y los almuerzos fríos, fotografiados con tres filtros diferentes.

Sucedió con el hijo de AMLO, a quien en más de un “hilo” o de un “post” lo tildaron de gordo, naco, feo, “puto porque tiene un mechón de pelo pintado de amarillo”. La crueldad camuflada tras un monitor es uno de los actos más cobardes de nuestra era. Sucedió también con el chico de Guadalajara que ve “My little pony”, con el diputado “Mijis”, con las personas que dijeron que AMLO no podía gobernar “por ser viejo” y con los que se burlaron de las campeonas mexicanas de fútbol, publicando cosas como: “Perdónenme, es que se me salieron de la cocina”.

La crítica también se debe dirigir a los influencers, pues son, lamentablemente, el estereotipo que un porcentaje ingente de ciberusuarios se quiere arrogar y los siguen, los comparten, imitan sus modos miserables de ver el mundo, los ponderan como si fueran personas que “de verdad aportan algo” y no cultivan solamente un limbo de superficialidad y comodidad al que la mayoría de los mexicanos no queremos o no podemos aspirar. No obstante, en esta ocasión el porcentaje consciente de la red contrarrestó una campaña de publicidad atroz, y espero que siga sucediendo.