A mediados del Siglo XVIII, en Francia e Inglaterra, surge un movimiento intelectual en el que trascendió la importancia de la razón humana y el espíritu positivista para analizar a la sociedad. Criticaban al poder monárquico y nombres como Voltaire, Rousseau y Montesquieu cobraron importancia gracias a sus complejos análisis sobre las estructuras de organización política y popular. A esta época se le llamó “La ilustración”.

Andrés Manuel López Obrador ganó la presidencia con aproximadamente 30 millones de votos, una cifra histórica para nuestro país, un número que refleja la necesidad social de experimentar un cambio de régimen político, una mutación de personajes en el poder. ¿Para bien o para mal?, estamos a unos meses de averiguarlo.

Pese a que López Obrador comenzó ya sus actividades como presidente electo, aunque oficialmente no lo sea, con acciones como modificar su gabinete, hablar con Donald Trump, visitar a Peña Nieto y dar certidumbre a empresarios, hoy el electorado es el que trasciende porque al parecer vive en una nueva “era de la ilustración” tropical. De la nada, de la noche a la mañana, todos sabemos de política, opinamos, y hacemos análisis profundos, y desentrañamos la realidad social casi al nivel de Noam Chomsky. Gente que no sabría ni qué es una minuta, de pronto es, por ejemplo, experta en el funcionamiento legislativo.

Algo muy positivo tiene esta situación, algo que no se percibía con anterioridad: comienza en México una tremenda inquietud por la vigilancia del poder y los asuntos públicos. Las últimas elecciones fueron tan paradigmáticas que no sólo se alcanzó una participación del 62 por ciento del electorado, sino también, aumentó el nivel de crítica que los ciudadanos están realizando en las redes sociales.

A Andrés Manuel López Obrador se le viene un sexenio difícil en el campo de la opinión pública. En 2012 y en general durante todo el actual sexenio, quienes han mantenido una presión constante contra el presidente Enrique Peña Nieto fueron aquellos ciudadanos que no votaron por él; las evidencias de la compra de votos con tarjetas Monex, su pacto con la mayoría de medios de comunicación masiva  y otros artilugios electoreros, le restaron legitimidad al tomar posesión de la presidencia.

Cuando vino la Reforma Energética, el único líder social que lograba congregar a miles de ciudadanos para manifestarse en contra era justamente López Obrador, con mítines que realizaba los domingos con intervalos de quince días; es decir, ha sido esa gente siempre incómoda la que en gran medida colocó al tabasqueño en el poder.

Si bien es cierto que también muchos ciudadanos que nunca han participado en actos políticos votaron por AMLO este 2018, la mayoría de sus votantes salen a la defensa de su líder a la menor provocación, a la más mínima crítica emanada de un sector social que nunca había perdido una elección en los tiempos contemporáneos: los que son partidarios del libre mercado, del capitalismo… la derecha, pues.

Esa derecha social está incómoda, espera el mínimo tropiezo del tabasqueño para señalarlo y los electores de Obrador no son un pan. Históricamente han sido la oposición. Se caracterizan por ser ciudadanos críticos que hoy tienen la oportunidad de demostrar si buscaban un cambio o si en efecto sólo soñaban con la llegada de un mesías al poder. Por eso será tan difícil para Obrador, porque en tiempos en los que alrededor del 50 por ciento de mexicanos acceden a las redes sociales, todos quieren tener un juicio, una opinión, una voz para criticar al nuevo mandatario.

Qué bueno que así suceda. Tal parece que en México no sólo cambió el partido sino la actitud social hacia la política. Lo que esperamos es que sea el surgimiento de un prototipo de mexicano que en el metro lea a Ferdinand Lasalle, que en el camión estudie a Montesquieu, que en la sobremesa debata sobre Maurice Duverger, aunque sea de refilón que comente sobre Sartori; en cuyo caso, estaríamos hablando de una verdadera “ilustración a la mexicana”, una en la que no permitamos una vuelta al pasado, pero tampoco aprobemos cualquier decisión gubernamental sólo porque lo dice el partido por el que votamos.