Desde el mes de mayo, en vísperas del segundo debate presidencial, quedó claro que la disputa entre las coaliciones de Ricardo Anaya y de José Antonio Meade no era para desbancar a Andrés Manuel López Obrador como el puntero de las preferencias electorales. La pelea era por ver quién se quedaba en el segundo sitio y, desde ahí, rivalizar al candidato presidencial de Morena.

En este mal cálculo de los abanderados del PAN y del PRI se desbarrancaron las campañas. El equipo de Ricardo Anaya y sus apoyos empresariales y mediáticos presionaron para que Meade “renunciara” o declinara de la candidatura. El “Chico Maravilla” de Querétaro soñó con la desmesura de que un grupo de mega-empresarios convencieran a Peña Nieto de mover al aspirante presidencial priista.

En la ambición llevaron la penitencia. Anaya y sus asesores estuvieron dispuestos a “negociar” con quien habían acusado de perseguir al panista utilizando a la PGR como ariete electoral, vinculándolo a un caso de presunto lavado de dinero que, hasta ahora, no se ha confirmado. La fobia contra el Peje los hizo mostrar su doble cara.

Acusan a López Obrador de lo que ellos mismos han intentado. Ahí están las declaraciones de Diego Fernández de Cevallos, asesor de Ricardo Anaya. O los mensajes de Jorge G. Castañeda, experto en pactos con los priistas, para acusar al contrario de lo que ellos hacen.

La negativa rotunda de Peña Nieto a la “oferta” de los empresarios marcó la crisis de la última semana de mayo y la primera de junio. Los empresarios anti-Peje decidieron desafiar al propio presidente de la República y a las autoridades electorales para crear la sensación de que sólo Anaya podría desbancar a López Obrador. Se colocaron en el “filo de la ilegalidad”, como advirtió Lorenzo Córdova, presidente del INE, al hacer llamados a sus empleados para no votar por el “populismo”.

En el camino, anayistas y este grupo de 6 empresarios perdieron la brújula. Anaya siguió en el segundo sitio de las preferencias, pero perdió la cómoda distancia que tenía frente José Antonio Meade. Y el gobierno federal decidió emprender una disputa abierta contra su ex aliado del PAN. El Consejo Mexicano de Negocios decidió limar asperezas con López Obrador y desmarcarse de las estrategias de “guerra sucia”. El presidente del Consejo Coordinador Empresarial calificó de “absurdas” las acusaciones de un supuesto pacto entre AMLO y Peña.

La situación en el territorio priista no mejoró. Se fue Enrique Ochoa Reza de la dirigencia nacional del PRI y llegó el ex gobernador de Guerrero, René Juárez Cisneros. La primera decisión fue endurecer el discurso del candidato Meade para desafiar a López Obrador. En el segundo debate, los ataques del ex secretario de Hacienda y de Sedesol se dirigieron hacia la candidata de Morena al Senado, la guerrerense Nestora Salgado, y endurecieron su discurso contra el sindicato magisterial, viejo aliado de los priistas.

René Juárez “pronosticó” que después del 9 de junio, Meade desbancaría a Anaya del segundo sitio en las encuestas. Esto no ha ocurrido. Al menos así lo indican las recientes encuestas publicadas por Consulta Mitofsky, El Financiero y la Coparmex. Esta última, por el contrario, registró un distante tercer sitio para Meade.

La “guerra sucia” no disminuyó contra López Obrador —ahí están las llamadas telefónicas desde call centers—, los spots en redes sociales y los mensajes de miedo, pero la “guerra abierta” del oficialismo orientó sus baterías contra Anaya. La difusión de un video-escándalo el 7 de junio, en la cuenta www.casoanaya.com tensó el ambiente.

La respuesta de Anaya escaló el conflicto. El candidato panista mordió el anzuelo de la provocación. El “Chico Maravilla” perdió los reflejos. Olvidó su discurso moderado con los calderonistas. Se quiso ver más radical que López Obrador. Acusó directamente a Peña Nieto del videoescándalo, lo responsabilizó de lo que le sucediera y advirtió de un supuesto “pacto de impunidad” entre el PRI y Morena para afectarlo.

La estrategia de Anaya no le resultó. Se quedó estacionado en la segunda posición y perdió la gracia del candidato joven y fresco. Esto se vio claramente en el reciente tercer debate electoral. Anaya dejó de sonreír y sobrerreaccionó a la difusión tardía de un segundo video-escándalo que finalmente no reveló nada contundente. Sólo demostró que el panista es demasiado vulnerable en sus cuentas financieras y políticas.

Los ataques de Anaya y de Meade hacia López Obrador sirvieron para darle sal y pimienta al espectáculo del tercer debate, pero no hubo desenlace claro para ambos. No se sabe quién desplaza a quién en el segundo sitio de las preferencias.

En los comicios presidenciales del 1 de julio del 2018 la disputa ya no será por el ganador de la contienda sino por el segundo sitio. Meade presume que ya “desbancó” a Anaya sin probarlo de manera contundente, mientras que el panista se ha colocado en una posición reactiva, a la defensa, y con ataques poco eficaces.

El peor consejero de un político es la desesperación.  Y esto se observa claramente en una contienda presidencial donde dos antiguas fuerzas aliadas se disputan los saldos de la derrota. El PRI, viejo aparato acostumbrado a las mañas y a la defensa de sus espacios, se concentrará en ganar la segunda fuerza en el Congreso y en los estados. El PAN, fracturado y confrontado, dejará lentamente el Titanic de Anaya para salvar a la institución ante el escenario de un gobierno federal lopezobradorista.