De niño amaba el futbol. Sí, lo amaba. Podía pasar horas corriendo tras un balón, intentando derrotar a un arquero o parado en la portería, tratando de mantener el marcador de mi quipo en cero: en el barrio jugabas de todo y de nada. Después jugué para las reservas del Atlante, hoy equipo de la división de asenso, y estoy seguro que defender los colores azul grana me dio algunos de los momentos más felices de mi vida. Las tardes en las que vi ganar al Toluca eran lo mejor, y fui de aquellos niños que se levantaron a las dos de la mañana para ver a la selección mexicana en el mundial de Corea-Japón 2002.

Pero poco a poco, conforme entendí la realidad que nos rodea, el sistema económico, los intereses empresariales, el imperialismo de algunos Estados en el mundo, me fue siendo cada vez menos atractivo el espectáculo del futbol; prefería jugarlo en el llano de algún deportivo a ver los partidos de la selección mexicana, del Toluca (equipo al que le voy desde niño), o del Atlante.

De pronto entendí que comprar la playera de los Diablos Rojos y vestirla por las calles era un favor a todas las marcas que se anuncian en ella: era un anuncio viviente al cual no le pagaban ni un peso por hacer publicidad, así como tú que quizá te pones la del Cruz Azul, la del América, la de los Pumas, que hasta usan el nombre de la Universidad Nacional Autónoma de México y no le retribuyen nada, o de cualquier equipo de la liga mexicana o de cualquier otro país.

En el marco del mundial de Brasil 2014, ya egresado de la carrera de Comunicación y Periodismo, aquel amor había mutado de manera muy importante, ese gusto por ver a la selección mexicana me lo quitaron, lo arrebató de mis manos el mercado y hasta el sistema político, porque en aquel tiempo me di a la tarea de enumerar cuántas veces el gobierno mexicano había utilizado al equipo nacional como cortina de humo para aprobar alguna reforma en el Congreso. El resultado fue un texto llamado La selección mexicana: el ‘humo verde’, publicado en Homozapping y en el cual se puede encontrar ese listado de coincidencias entre partidos de futbol y movimientos políticos. Sólo por poner un ejemplo, en 2009, cuando Felipe Calderón atestó el golpe a Luz y Fuerza del Centro, México le ganaba 4-1 a El Salvador en el Estadio Azteca.

Luego me di cuenta de que en la selección nacional no siempre están los mejores jugadores de México, sino los que más patrocinadores tienen; quizá el arquero bajo los tres palos del equipo tricolor no será el más destacado, pero sí es el que prepara los mejores sándwiches, el que se rasura mejor ante un espejo o el que luce excelente mostrando una cerveza helada en televisión.

La identidad nacional es algo ficticio, un intangible, es como los meridianos o el ecuador de la Tierra, meras líneas imaginarias. Existen en el mundo naciones sin territorio, porque lo “nacional” es un conjunto de creencias y simbolismos para unir a un cúmulo de personas con la finalidad de ejercer cierto control sobre ellas. En Indonesia, por ejemplo, un país de más de 17 mil islas, la gobernanza ha sido posible gracias a la creación de una enorme identidad nacional, a partir de su lenguaje, el bahasa, instaurado luego de la independencia del país en 1945.

Mi madre me preguntaba el otro día: “¿En todos los países será igual, que hablan tanto del futbol y de la selección?”, y añadía: «los de Estados Unidos ni jugaban y cuando quisieron le echaron ganas y ya andaban jugando re bien, y en México jugando toda la vida, no hacen nada y les hacen una fiestota». Entonces entendí, ese aplauso transgeneracional a la mediocridad de nuestro futbol es otro mecanismo de unidad nacional en un país en el que ya nada nos mantiene unidos. Tan sólo el proceso electoral 2018 ha dividido al país, a familias, a grupos de amigos, porque la inseguridad y la pobreza se salió de las manos de los gobernantes.

Sigo disfrutando ver un buen partido de soccer, porque al final el deporte no tiene la culpa, sólo que ahora aprecio más la calidad del juego que el color de las camisetas… No lo neguemos: el sistema ha echado a perder muchas cosas, entre ellas el futbol.