A pesar de los muchos esfuerzos que desde la sociedad civil se han impulsado para combatir la homofobia y promover la inclusión de las personas lesbianas, gays, bisexuales y trans (LGBT), la diversidad sigue enfrentando día con día un clima de intolerancia y profunda discriminación. Los primeros años del milenio en el continente americano nos regalaron la breve ilusión de progreso y la fantasía de que había un avance en materia de derechos humanos a punto de desencadenarse. Gobiernos como los de Michelle Bachelet, Cristina Fernández, Lula da Silva, José Mujica, e incluso los de Barack Obama y Marcelo Ebrard, a nivel más local, nos hicieron sentir por un instante que, al menos en el discurso, los ataques hacia la diversidad jamás volverían a ser aceptables.

Pero la lucha por la dignidad es un camino de altibajos. Aunque, en la teoría, los derechos humanos sólo deben avanzar, en la práctica lo único seguro que tenemos es el riesgo de perderlos. Hoy nos encontramos transitando por una cuerda floja. Es verdad que el mundo siempre ha estado inmerso en miles de peleas y que tal cosa como el respeto a todas las identidades sigue siendo una utopía; sin embargo, muchos de los futuros que tenemos en frente prometen un nuevo mínimo en nuestras historias.

Como ciudadanas y ciudadanos del mundo, atestiguamos el retorno de la extrema derecha a las opciones viables de elección. Decenas de pueblos, enojados con el sistema económico, han elegido, o han estado a punto, a líderes que hace diez años se nos habrían antojado imposibles. La rabia que produce la pobreza y la desigualdad ha sido aprovechada por hombrecillos ignorantes, cuyo respeto por la vida y por el planeta es casi nulo. Los otros, quienes presuntamente persiguen la igualdad (en términos de género, orientación sexual, raza y otros), continúan protegiendo las lacerantes diferencias que provoca entre la gente la injusticia social.

En México, el efecto Trump no parece tan distante. Sus emisarios han sido Margarita Zavala, ahora retirada, y Mikel Arriola. Este último se ha dedicado a capitalizar el voto del odio y del enojo en la Ciudad de México. Las y los capitalinos, cansados de las corruptelas y el declive de los gobiernos perredistas, se han ido haciendo cercanos a un proyecto que atenta contra las bases más fuertes de la Ciudad, ésas que nos convirtieron en un faro que brillaba entre la inmensa tumba en que México se ha convertido. Arriola decidió oponerse a la izquierda haciendo gala de artilugios que ya no utiliza ni el mismo partido que lo encumbra. Amenazando a las familias homoparentales y lesbomaternales y prometiendo atentados contra los derechos a la libertad de expresión y a la privacidad, el priista oscila entre el segundo y el tercer lugar de las preferencias electorales, según la encuesta a la que se acuda.

La elección presidencial no ofrece un mejor panorama. Aunque nadie ostenta el tono tan abiertamente fascista que presume Arriola, ninguno parece entender ni un poquito sobre derechos humanos. El más lamentable, el que parece sacado de una farsa, promete cortarle las manos a las personas que roben. Los dos candidatos de derecha se refieren a estos últimos, y a quienes estén involucrados con el tráfico de drogas, como «los delincuentes», como personas sin valor, como si fueran entes que la sociedad pudiera vomitar para cancelar su existencia, como exiliados. El único que entiende de los procesos de reparación que tendrán que venir cuando decidamos acabar la llamada “guerra contra el narco”, es el mismo que piensa que el derecho a elegir sobre el propio cuerpo y los derechos de las personas LGBTTTI pueden ser sometidos a consulta.

En medio de este panorama, en el que se corona la resignación, quizás el único factor a tomar en cuenta deba ser el derecho a la vida. Elegir a la única persona que prometa un poquito menos de muertos, tantitito más respeto a las libertades. A quien, por lo menos, ya de perdis, piense en la palabra libertad como primera asociación al escuchar el término matrimonio igualitario.

En este Día Nacional de la Lucha contra la Homofobia, promulgado irónicamente por Enrique Peña Nieto hace un par de años, tenemos que recordar el más grande factor que nos une, nos iguala y nos deja en la misma postura vulnerable y desarmada, tanto a las mujeres, como a las personas indígenas, como a las y los jóvenes, como a las personas en tránsito, como a los gays, las lesbianas, las y los bisexuales y las personas trans: A todas y a todos nos están matando. No sé qué propuestas o razones prioricen los hombres heterosexuales, de 30 años, blancos y acomodados a la hora de emitir su voto, pero sí sé que nosotras y nosotros, a la hora de tachar cualquier partido, o de no tachar ninguno, o de decidir la ausencia, o de inclinarse por la subordinación, lo único que tenemos que tener en mente es la vida. Si no nos preocupa a nosotras, nos la van a seguir arrebatando.

Que ellos voten por más tumbas; les darán a cambio fosas.

Foto: Council of Europe