Hace unos 78 años, el General Lázaro Cárdenas, uno de los mandatarios más recordados de México, tomó una decisión importante respecto a la sucesión presidencial: de entre tres opciones posibles que cuenta la historia, prefirió seguir con la línea de Jefes de Estado militares, seguramente por la necesidad de mantener al país en la calma post revolucionaria que él mismo había logrado con su política de masas.

Los precandidatos, según la historia, eran: Vicente Lombardo Toledano, Francisco J. Múgica y Manuel Ávila Camacho. Los dos últimos militares, pero en el caso de los dos primeros, se trataba de personajes con una ideología marxista cuyo proyecto se hubiese decantado en educación de tintes socialistas y fuerte apoyo a los sindicatos y la clase trabajadora. Incluso, fue Lombardo Toledano quien fundó el 8 de febrero de 1936 la Universidad Obrera de México, institución educativa destinada a la instrucción sindical, muy ligada a la Casa del Obrero Mundial, la cual también era anarcosindicalista.

Dos años antes, Cárdenas había golpeado a las empresas extranjeras con la expropiación petrolera, y podemos inferir que entendió los peligros de un gobierno socialista tan cerca de los Estados Unidos. ¿Cuáles peligros? Bueno, habría que preguntarle eso a países como Chile, Uruguay, Argentina, Nicaragua, y otros tantos en nuestro continente que debieron sufrir las consecuencias de tres doctrinas caducas e imperialistas terriblemente autoritarias por parte de Norteamérica: “El destino manifiesto”, sobre el derecho divino de EU para expandirse por todo el continente americano; “Doctrina Monroe”, sobre la defensa del continente contra fuerzas europeas “América para los americanos” (para “sus” americanos); y “El gran garrote”, es decir, el uso de su fuerza militar sin restricciones para controlar a las naciones americanas.

Miles de sudamericanos y centroamericanos desaparecieron, fueron torturados, asesinados, fusilados, todo bajo el auspicio de los Estados Unidos, sólo para implementar el modelo económico neoliberal. Chile, por ejemplo, fue la nación que Milton Friedman, Nobel de Economía, eligió para poner a prueba su teoría: bajo el miedo de una dictadura militar, en este caso la de Pinochet, la sociedad aceptará todo, más si entienden que se “portaron mal” al elegir el gobierno del socialista Salvador Allende, y la violencia era su castigo.

¿México se salvó? No, Cárdenas no evitó nada. La dictadura se convirtió en una quimérica democracia que llegó a tener presidentes vinculados a la CIA, como el caso de Luis Echeverría. Ante la creciente admiración por la revolución cubana en México, el imperio norteamericano promovió la desaparición y asedio contra comunistas mexicanos, obreros, líderes campesinos, opositores políticos, y como bien podemos recordar con los hechos de Tlatelolco en 1968, estudiantes. Casos como el Rosendo Radilla, desaparecido en 1974, por ejemplo, marcaron incluso jurisprudencia internacional, pues en 2009, la Corte Interamericana de Derechos Humanos, condenó al Estado mexicano como el responsable de su “desaparición forzada”.

“La Guerra sucia”, fue como se le llamó a esa oscura época en la que entre 1960 y antes se podía decir que hasta 1990 -pues ahora parece que nunca se fue del todo- en la que el gobierno mexicano aplicó medidas militares y paramilitares, para destruir a la oposición del régimen priísta. Nombres como Miguel Nazar Haro, seguro aún retumban en muchas memorias todavía.

En el sexenio de Salinas de Gortari, centenas de líderes perredistas desaparecieron, como castigo a las elecciones de 1988, luego entre ellos comenzaron a matarse: cayó Luis Donaldo Colosio, murió José Francisco Ruiz Massieu, el Cardenal Posadas Ocampo, y mientras en Sudamérica tuvieron la oportunidad de vencer a sus dictaduras y reestructurarse políticamente, quizá no del todo por la terrible marca que les dejó su pasado, lo que hace marchar todavía a las madres de Plaza de Mayo en Argentina, en México ahí siguen ellas en el poder, y trascendiendo el comunismo fuimos testigos de Aguas Blancas, de Acteal, de Atenco, de Ayotzinapa, de una guerra contra el crimen organizado terriblemente sangrenta…  y ahí siguen, y por eso uno no se explica los “Macris” en Argentina, los “Piñeras” en Chile, los “Peña Nietos” en México, porque entonces parece que gozamos de nuestras dictaduras militares, económicas, políticas o cualquiera que nos ofrezcan.

 

Foto: Cambio de Michoacán