Vale la pena leer Los morros del narco,  de Javier Valdez. Especialmente ahora que los candidatos del PRI y el PAN utilizan como argumento la amnistía para desprestigiar una de las mejores y esto lo escribo a título personalpropuestas de López Obrador. 

Javier Valdez —al igual que otros escritores como Emiliano Monge y Fernanda Melchor — demostró que la violencia del narcotráfico va acompañada de elementos inherentes:

  1. La pobreza.
  2. La falta de oportunidades, tanto laborales como académicas.
  3. El hecho de que la narcocultura en México ha cobrado más fuerza que el interés de los jóvenes por la ciencia o el arte.
  4. Que a veces la incorporación a la células delictivas es una obligación de nacimiento y no una decisión.

Entonces: ¿por qué amnistía? ¿Por qué observar los casos con sus rasgos particulares y sin generalizar a los victimarios?  No se trata de perdonar a los grandes capos y sacarlos de la cárcel, como planteó el candidato de la hidra de tres cabezas, Ricardo Anaya, o para pactar con ellos, como dijo Meade.  Recordemos, por ejemplo, la historia de Ponchis, bautizado en redes como el “Niño Sicario”, y  narrada por Javier Valdez en uno de los capítulos del libro. La razón de su ingreso a las filas: una hermana vinculada al jefe de una célula delictiva. 

El moteado “Negro” levantó a Ponchis una tarde cuando recién cumplió diez años. Lo motivó  para entra al “jale” diciéndole que de no hacerlo lo “mandaba a enterrar”. El niño aceptó. ¿Había otras opciones? ¿El Estado podría haberlo defendido? Hablamos del año 2013.  El Pochis es el tétrico producto del gobierno calderonista. Y recordemos: ¿Qué pasó cuando intentaron detener a El Mencho? ¿Cómo se fugó El Chapo? ¿Cómo tuvieron acceso los Zetas a una cárcel federal para incinerar cuerpos? ¿Quién dio la orden de acribillar a 43 estudiantes?

El narco es una bestia de infinitas cabezas. En dos sexenios lo único que ha quedado claro son las deficiencias del Estado y su falta de interés para crear un método que la frene. 

Y pregunto: ¿un niño que subieron a una troca y amedrentaron es un criminal que debería pasar el resto de su vida en la cárcel? ¿Los cultivadores de amapola  y mariguana deberían pagar cien años porque las trasnacionales malbaratan sus insumos vegetales? ¿Un halcón que no llega a la mayoría de edad y que ha recurrido a ese trabajo para financiar a su familia es un criminal sin perdón? La pobreza, en contraste con lo que dijo Margarita, criminaliza, y criminaliza porque te arrincona, porque el país, como sabemos, no le ha brindado las oportunidades a la ciudadanía para salir del bucle oscuro del crimen organizado.  Como dijo Taibo II en un una clase de periodismo: “Lo más fácil son los hechos. Lo difícil es buscar los hilos que los generaron”. 

¿Por qué no hablar sobre la amnistía que el gobierno, a lo largo de casi doce años, le dio a «El Chapo»? ¿Por qué no hablar también sobre las incongruencias de Ricardo Anaya, que aplaudió la masacre de la «Guerra Contra el Narco» y ahora, en contra de todos los pronósticos, traicionó a su gremio y la utiliza para enarbolar su campaña? ¿Borge, Duarte, Moreira y Yarrington no  les parecen personajes amnistiados? Que todos los candidatos tomen el dolor del narco para tergiversar la propuesta de Andrés Manuel, así como para generar temor en los votantes a través de sus medios de comunicación parciales, es perverso. Bien lo se lo dijo Sheinbaum a Barrales: “En verdad, Alejandra, es poco ético que utilices el dolor para publicitar tu campaña”. 

Le crítico a López Obrador su falta de contundencia para hablar sobre algo tan elemental, algo que, de ser aclarado sin rodeos, impediría los circunloquios de desprestigio inventados por Anaya, a la vez que frenaría la mitomanía de Meade y el cinismo de Margarita, los tres partícipes y huestes de gobiernos autoritarios, cuyo único logro es la proliferación de la pobreza, el odio, la violencia, de esta tina de sangre de la que cada vez es más difícil sacar la cabeza para respirar.