Contra la acostumbrada fórmula de los tecnócratas gubernamentales de negar la realidad con comunicados o eufemismos, este inicio del 2018 viene acompañado de una escalada de incrementos a precios de energéticos y productos básicos que generarán un efecto inflacionario innegable.

Ahí está el gasolinazo que el director de Petróleos Mexicanos, Carlos A. Treviño rechaza “de manera contundente” está en todas las gasolineras con incrementos que van de 71 a 72 centavos en los precios del litro de Magna y Premium.

Evidentemente, no se trata de una “política de precios graduales” sino de un aumento brusco, por más que lo nieguen el titular de Pemex y la Comisión Reguladora de Energía y cuestionen los comunicados que no favorecen su percepción, como los de la Asociación Mexicana de Empresarios Gasolineros (Amegas).

Las tarifas de gas doméstico también se incrementarán 6.2 por ciento a partir de este 1 de enero y el gas butano podrá aumentar también a partir de la tercera semana de este mes.

Otros incrementos negados, pero que entrarán en operación son los peajes de carreteras que podrían subir entre 2 y 5 por ciento, y también el aumento de los precios de los carburantes.

En otras palabras, la reforma energética que se nos sobrevendió como el paraíso del libre mercado y del ingreso de la competencia económica de los privados, tendrá un impacto directo en el bolsillo de millones de mexicanos y, sobre todo, entre los de menores ingresos.

El aumento que más afectará la economía familiar es el del kilo de las tortillas que será entre 1.50 y 3 pesos y podría llegar hasta 17 pesos por kilo a finales de este mes. Elemento indispensable en la canasta básica de millones de mexicanos que tendrán que restringir su dieta familiar.

En otras palabras, el raquítico incremento de 5 pesos al salario mínimo, decretado en noviembre del año pasado quedará pulverizado. El 2017 terminamos con una inflación de 6.59 por ciento, la más elevada en los cinco años de la actual administración y todo parece indicar que en 2018 será mucho mayor.

Estamos no sólo ante la cuesta de enero sino ante el declive del sexenio y de las reformas estructurales del gobierno de Enrique Peña Nieto que se sobrevendieron como el nuevo “milagro mexicano”. En realidad, estamos ante el inicio de otra tragedia de final sexenal.