No es poco lo que está en juego en el país en los próximos 10 meses. Las pasiones más intensas se desatarán y la escaramuza de intereses tendrá suertes mucho más peligrosas conforme se acerque el día de la jornada electoral e incluso después de ella.

Y es que, si las fuerzas políticas y económicas hegemónicas no vislumbraran una amenaza clara a su status quo, seguramente estaríamos viviendo el juego terso de las elecciones, tal y como ocurrió en el año 2000 en el que la alternancia política, no sólo no atento contra estos intereses, sino que les otorgó viabilidad a través del supuesto bono democrático del cambio de partido.

Por ello es que el arrastre de dos fuerzas en juego: la empujada por las inercias conservadoras y la que comienza a aglutinar los ímpetus de transformación; generan con sus marejadas fuertes remolinos que agitan los asientos de un pasado en el que se habían enterrado las viejas herramientas del sistema para golpear a sus opositores.

Sí, la derecha ha reanimado al viejo “populismo” como el anatema y origen de todos los males; ha invocado de tiempos remotos a la guerra sucia, ahora refinada con la moderna operación de los medios de comunicación y seguramente prepara los mecanismos del fraude electoral, no sólo el día de los comicios, sino a través de la cooptación y/o amedrentamiento de liderazgos y electores.

La capacidad de poner contra la pared a los intereses dominantes del movimiento encabezado por Andrés Manuel López Obrador, no es gratuita. Junto a él han desplegado sus energías un ejército de cuadros políticos y sociales que quizá de forma inercial han agregado a su andar a los damnificados de más de 30 años de reformas estructurales.

Es probable que la novatez de muchos de los lideres afines a López Obrador y con los que ha enfrentado de manera protagónica los procesos electorales más recientes, hayan cobrado algunas facturas; sin embargo, esta inexperiencia ha sido suplida por un enorme hartazgo social hacia las políticas de corte neoliberal el cual ha sido capitalizado de forma casi natural por su movimiento.

Resulta claro que las banderas más importantes del tabasqueño son los huecos por los que se inunda y hace agua el actual sistema de privilegios que domina en el país. El discurso en contra de la corrupción gana plana todos los días en una opinión pública que ha perdido la capacidad de asombro y la necesidad de atender la enorme desigualdad social, parece no una alternativa, sino la tarea más sustantiva para poder dar viabilidad a esta sociedad que orilla a sus jóvenes a la delincuencia o a la migración.

Inclinarse a favor de López Obrador, más que algo reflexivo, resulta un impulso neto de sobrevivencia social. Por ello es que la maniobra de querer imponer en la escala de valores ciudadana un tema venido de alguna oficina pública o de la ocurrencia de un palacio, tal y como ha sido el llamado “gobierno de coalición”, parece no cuajar en un país que se debate en un permanente derramamiento de sangre y en una crisis humanitaria de hambre y de violaciones a los derechos humanos..

Anclar en torno a Andrés Manuel las banderas que habían abandonado las fuerzas progresistas de este país, así como colocar en su programa político a la reivindicación de los derechos que fueron cercenados en el pacto por México a miles de mexicanos; es un acto básico de rebelión que puede detonar otras transformaciones mucho más profundas.

Si la ciudadanía logra tomar al líder de MORENA como la punta de lanza que derrote al sistema de corrupción y privilegios, quizá a partir de ahí se comiencen una serie de cambios que tengan como eje vertebral el empoderamiento ciudadano.

Twitter: @hrangel_v