Hubo un tiempo en el que la diplomacia mexicana era un ejemplo a nivel internacional. Nuestro país, aunque no lo parezca, algún día tuvo autodeterminación política y no sólo estaba ceñido a la línea que fuese dictada desde los Estados Unidos. En 1919, por ejemplo, se llevó a cabo la Conferencia de Paz de París, mediante la cual el entonces presidente de EU, Woodrow Wilson, buscó una redistribución inteligente de Europa, que garantizara la autodeterminación de los pueblos y además un domino cómodo de la política exterior por parte de los norteamericanos.

En México estaba a punto de entrar en vigor la Constitución Política de 1917, misma que afectaba los intereses de las empresas internacionales debido a su espíritu nacionalista. Por eso, nuestro país no fue invitado a esta conferencia junto con Alemania y Rusia; sin embargo, eso no afectó a la administración de Venustiano Carranza, entonces presidente de la nación. Por el contrario, lo vinculó de manera importante con ambos países.

La posterior cercanía de personajes como León Trotsky, la venta de petróleo al gobierno alemán en los tiempos de Lázaro Cárdenas e incluso el gran apoyo de científicos alemanes para la fundación del Instituto Politécnico Nacional, se debió a la mayor independencia política a nivel internacional de la que gozaba México a inicios del Siglo XX.

Más adelante, nuestra diplomacia sintió el peso extra de cargar en el norte a los Estados Unidos. La ambición de Norteamérica por dominar Centro y Sudamérica colocó a México en el fuego cruzado del colonialismo y la doctrina del Gran Garrote. Nuestro país experimentaba los beneficios del “milagro mexicano”, el auge petrolero y de las empresas nacionales, por lo que fungía hasta como mediador en los conflictos gracias a la estabilidad política que le daba la bonanza económica.

En las décadas posteriores a 1950, las relaciones exteriores de México se vieron fortalecidas por su importante injerencia en temas internacionales: pese al incierto ambiente en el que la Guerra Fría mantenía al mundo, nuestro país tuvo posturas muy firmes en cuanto a la independencia y el respeto a la soberanía de otras naciones.

En lo que refiere a la Revolución Cubana, por ejemplo, siempre hubo un total respeto. Es cierto que en el gobierno mexicano existía el temor de que el movimiento fuese exportado a nuestro territorio y por eso mantenía la cordialidad con la isla; sin embargo, el Estado Mexicano tenía autodeterminación y creaba estrategias encaminadas a su interés nacional. El papel de México en las relaciones exteriores llegó a ser tan importante que uno de los tres Premios Nobel mexicanos fue Alfonso García Robles, quien encabezó los Tratados de Tlatelolco por la no proliferación nuclear.

Hoy la diplomacia mexicana se resume a las riñas de marchantas entre Luis Videgaray, el canciller que llegó a la Secretaría de Relaciones Exteriores para aprender, y Nicolás Maduro, el presidente de Venezuela. A través de Twitter, ambos personajes se enfrascaron en una discusión que rebaja el nivel político de ambos países: Maduro juega a ser Chávez pero no le sale y Videgaray es como un Vicente Fox con aún menos gracia que el expresidente, quien con frases al estilo de “comes y te vas” ya marcaba la decadencia de la voz de México ante el mundo.

Ya claramente supeditada la opinión de nuestro país ante los intereses norteamericanos,  Luis Videgaray escribió a Nicolás Maduro “Presidente @NicolasMaduro: cobarde es quien usa el poder del estado para desmantelar la democracia y arremeter contra su propio pueblo”. De ganar un premio Nobel a una víbora que se muerde la cola, así ha decaído nuestra diplomacia.