En el artículo El largo y solitario camino de Chelsea Manning, el  corresponsal de The New York Times,  Matthew Shaer, plasma mediante una entrevista la historia del exsoldado de inteligencia de Estados Unidos, Bradley Edward Manning, quien cobró notoriedad durante el año 2010 por filtrar a WikiLeaks 480.000 documentos ultrasecretos sobre la guerra en Afganistán e Irak, al igual que  250.000 cables diplomáticos de diversas embajadas y un video denominado Collateral Murder, donde soldados norteamericanos asesinan a miembros de la población afgana y a dos reporteros del medio de noticias Reuters

Shaer inquiere sobre la transición de Bradley Edward Manning a Chelsea Manning, un tránsito que sucedió  principalmente durante sus años de encarcelamiento y puso en tela de juicio la libertad de las tropas estadounidense para tomar decisiones sobre su género y orientación sexual.  Condenada al  principio a 35 años de cárcel por al menos 20 crímenes contra el Estado,  Manning sólo cumplió 7 gracias a la intervención del expresidente demócrata Barack Obama. Fue liberada  el 17 de junio de 2017. Ocho días después  se encontró con Matthew Shaer en un Starbucks de Manhattan para hablar sobre las situaciones que derivaron en una de las filtraciones más importantes de  la era digital. En palabras de Shaer “la filtración más grande  de información clasificada en la historia de Estados Unidos”  y la cual “allanó el camino a  Edward Snowden y elevó el perfil de Julian Assage”. Este  último fundador de la organización internacional y sin fines de lucro WikiLeaks, que publica a través de su sitio web informes anónimos y documentos filtrados con contenidos sensibles en materia de interés público.

Escribió Shaer: “Después de haber estado encerrada en cinco sitios diferentes y de vivir en condiciones que las Naciones Unidas calificaron como “crueles” e “inhumanas”, la condena de Manning fue conmutada de manera sorpresiva por el presidente Barack Obama. Cuatro meses después, Manning  estaba libre e intentaba adaptarse otra vez a vivir en el mundo que ayudó a formar”.

Antes de abordar la  efímera pero profunda vinculación de Manning con el mundo hacker, su lucha por lograr que el mundo aceptara su identidad de género y su pertinaz necesidad por “hacer que la sociedad viera con sus ojos lo que sucedía en Medio Oriente”,  Shaer describe la niñez de Manning, la cual tuvo lugar en Crescent, en las afueras de la zona metropolitana de la ciudad de Oklahoma. Tenía un padre represor que había pertenecido al ejército. La marcó un intento de suicidio de su madre. Comprendió desde los cinco años que pertenecía al género femenino y al expresarle esto a compañeros o conocidos (en especial a su padre) sufrió discriminación.  «Ahí Chelsea Manning siempre se sintió expulsada”, expresó Shaer. “Pasaba su tiempo pegada a las computadoras que su padre siempre llevaba a casa, jugando videojuegos o aventurándose a escribir  el código básico”. Tiempo después del divorcio de sus padres, de tener una serie de trabajos y viajar por  Estados Unidos,  Manning decide enlistarse en el ejército en un intento por reivindicar «su virilidad». 

Shaer conversó con ella sobre ese momento: “Ese otoño, Manning se reportó en el fuerte Leonard Wood en Misuri para entrenamiento básico. En pocos días ya tenía herido el brazo. “Los sargentos instructores actuaban como si me estuviera haciendo el enfermo o algo”, dijo. “Pero yo estaba como: ‘No, no me quiero salir de ésta. Realmente no puedo sentir mi mano derecha’”. Un soldado que estuvo con Manning en Misuri le dijo a The Guardian que a Manning le decían mucho “Marica”. “Le llegaban los golpes de todas partes. No podía satisfacer a nadie. Y lo intentaba, realmente lo hacía”, dijo aquel soldado. El ejército, que necesitaba más miembros para luchar contra las insurgencias en Afganistán e Irak, le dio otra oportunidad a Manning en el campo de entrenamiento básico. En 2008 se graduó y pasó a la escuela para inteligencia de Fort Huachuca en Arizona. Allí fue entrenada para clasificar lo que en términos militares se conoce como “SigActs”, o acciones significativas: «los reportes escritos, fotografías y videos de los combates, explosiones y tiroteos que en conjunto forman un mosaico de la guerra moderna”.

En el grupo de inteligencia “Huachuca” Manning se sintió bien.  “Había más gente que pensaba parecido ahí”, le dijo a Shaer.  Nos alentaban a pronunciarnos, a tener opiniones, a tomar nuestras propias decisiones”. En Huachuca fue donde se le designó en el equipo que crearía “SigAct” de Afganistán, una herramienta digital con la cual cada día, durante horas,  veía filmaciones nocturnas y reportes de los campos de batalla. “Desde entonces fue expuesta a los derramamientos de sangre que la impulsarían a filtrar documentos”, menciona Shaer. Luego describe cómo pasó de ese escenario a convivir con pequeñas cofradías hackers

“Por medio de un sitio web de citas para gays, conoció a un estudiante de la Universidad Brandeis llamado Tyler Watkins. Comenzó a viajar a la zona de Boston para visitarlo y se volvió cliente regular de Pika, una cooperativa del Instituto de Tecnología de Massachusetts, y visitante frecuente de Builds de la Universidad de Boston, una comunidad local de hackers. En las reuniones en Pika encontró amigos que veían en la codificación lo mismo que ella: un pasatiempo, un válvula de escape, una vocación. Se quedaban hablando hasta la madrugada. Yan Zhu, en ese entonces estudiante de licenciatura en MIT, recuerda a Manning como una persona “obviamente inteligente”, pero “nerviosa”. A Zhu le quedaba claro que Manning parecía tener algo que la acechaba. Nunca pudo averiguar qué era: ese otoño, la unidad de Manning fue enviada a Irak”.

Luego pasó un tiempo en el frente, en Irak, donde vio directamente las masacres. “Dejé de ver archivos y comencé a ver personas”, le dice a Shaer. “Lo soldados ensangrentados, los civiles iraquíes baleados”.  Fue el momento en el que comenzó a cultivar la idea de que la información tenía que darse a conocer para que la sociedad comprendiera que “se estaba llevando a cabo una guerra encarnizada sin ningún objetivo en específico”, un ideal casi idéntico al que sostenía en ese momento el fundador de WikiLeaks, Julian Assage. 

“Manning escuchó el nombre de WikiLeaks por primera vez en 2008, durante un taller de entrenamiento en seguridad informática en Fort Huachuca. Para finales de 2009, había comenzado a meterse a sitios de chat en internet que discutían la plataforma fundada por Assange. Al principio solo observaba: le intrigaba el trabajo que hacían Assange y su equipo, aunque no estaba lista para respaldar por completo sus argumentos a favor de la transparencia total. Me dijo que creía entonces, como lo hace ahora, que ‘hay muchas cosas que tienen que mantenerse en secreto’, explicó Shaer.

Se acercaba un periodo  de licencia  para las tropas y Manning se sentía angustiada. Shaer dice que esta angustia  era la presión de no poder revelar su identidad a sus compañeros y superiores, aunado esto a que cada vez dudaba más de los ideales de  Estados Unidos por mantener una guerra que cobraba más víctimas, víctimas que además no eran registradas por los medios internacionales. “La sociedad norteamericana veían un panorama muy distinto al que yo viví”, le dijo. Fue entonces cuando tomó la decisión que cambiaría el rumbo de su vida y carrera marcial. Shaer lo narró así: 

“Antes de dejar la base Hammer, Manning descargó del Combined Information Data Network Exchange del gobierno estadounidense prácticamente todos los reportes SigActs sobre las guerras en Afganistán e Irak e hizo una copia con los datos comprimidos en discos CD-RW; a uno le puso la etiqueta Lady Gaga. Lo hizo enfrente de todos los soldados. Pero lo que hizo después fue lo que violó uno de los principales preceptos que le enseñaron en Fort Huachuca, junto con el juramento que tomó al alistarse en 2007: subió el contenido de los discos a la computadora personal que planeaba llevarse consigo a Estados Unidos. Todavía no había decidido qué haría con la información.

“Sola en la casa, comenzó a transferir parte de los archivos a una tarjeta de memoria y preparó un archivo de texto anónimo que quería que acompañara la información. Éste es posiblemente uno de los documentos más significativos de nuestro tiempo para levantar la niebla de la guerra y revelar la verdadera naturaleza de los conflictos armados desiguales del siglo XX», subraya Shaer.

Manning  aseguró que su decisión de  entregarle a la información a WikiLeaks fue por cuestiones prácticas. Originalmente intentó entregarsela a The New York Times y a The Washington Post. Sin embargo, no consiguió contactar a los editores del NYT y tuvo una conversación frustrante con el editor de The Washington Post, quien le dijo que tendría que saber mucho más de los archivos para poder escribir un artículo. 

Por lo tanto, el 3 de febrero de 2010 Manning se conectó a internet con su computadora portátil  y, usando un protocolo para la transmisión segura de datos, envió los archivos a WikiLeaks.  Pensó que la página no los había recibido hasta que se topó, en una chat de hackers, una discusión sobre la crisis financiera de Islandia, la cual estaba incluida en los cables diplomáticos que filtró. 

“Era un colapso bancario que Manning —quien había leído parte de los cables diplomáticos a los que tenía acceso como analista— concluyó que avanzaba por la inacción estadounidense y lo que describió como abuso diplomático por parte del Reino Unido y los Países Bajos. ‘Desde mi punto de vista, parecía que no nos estábamos involucrando por la falta de un beneficio geopolítico a largo plazo’, testificó después. Siguió los mismos pasos que antes y filtró a WikiLeaks algunos de los cables diplomáticos vinculados a la crisis islandesa. Esta vez, en pocas horas, WikiLeaks hizo públicos los documentos. Manning estaba entusiasmada: si los cables llegaron a WikiLeaks, los SigActs también lo habrían hecho. A las transmisiones de los SigActs y los cables diplomáticos sobre Islandia le siguieron filtraciones difíciles de ignorar. Publicado por WikiLeaks con el título “Asesinato Colateral”, un video de tres años atrás captado por una cámara montada en un helicóptero estadounidense mostraba a un grupo de hombres y una camioneta en un área donde se registraron disparos”.

En mayo Manning confesó las filtraciones. Los funcionarios estadounidenses estaban furiosos. El representante republicano de Michigan, Mike Rogers, declaró: “Ella quemó a una cantidad considerable de fuentes de inteligencia”, dijo. “Ella puso en peligro a afganos que nos decían qué hacía el Talibán en sus pueblos”. La mantuvieron en condiciones de aislamiento en diferentes prisiones hasta que el constitucionalista de Harvard Laurence Tribe y el teórico y filósofo Kwame Anthony Appiah  firmaron una carta en la que criticaban las condiciones de su cautiverio. Finalmente fue recluida en Las barracas disciplinarias , que están en el extremo norte de Fort Leavenworth. El complejo de máxima seguridad, con 515 camas, está reservado para los prisioneros militares con las sentencias más largas. 

“Cuando ingresó a las barracas en 2013, Manning pidió tener acceso al tratamiento de estrógeno y antiandrógeno recetados a personas que hacen la transición de hombre a mujer. La rechazaron. El ejército no había sancionado aún el uso de terapias hormonales para los soldados; mucho menos para los prisioneros. En vez de eso, Manning recibió antidepresivos y sesiones de terapia”, escribió Shaer. 

Después de intentar con varios recursos legales, le aprobaron el tratamiento de hormonas en 2015, un hecho inédito en el ejército norteamericano. “Le entregaban las píldoras en el dispensario médico de la cafetería”.

Narró Shaer: “Las primeras fases de la terapia hormonal fueron muy gratificantes para Manning: su piel se sentía más suave, tenía menos vello corporal. Pero también surgieron otros cambios: “Había construido todos estos muros y defensas alrededor de mis emociones desde que era adolescente”, dijo Manning. “Cuando cayeron en picada mis niveles de testosterona de repente me volví más vulnerable, ya no podía esconder mis emociones, tenía que lidiar con ellas, usualmente en ese mismo momento”.

En 2014, solicitó clemencia pero fue rechazada por ejército. La única vía era el perdón presidencial.  Los guardias la vejaban por su cambio de género. A pesar de que había solicitado que estos se volvieran más neutros respecto al tema, ellos se volvieron burlones, minuciosos. Intentó suicidarse pero fue salvada por los guardias. Ese mismo año realizó una huelga de hambre, gracias a la cual obtuvo otro éxito inédito en el ejército: la cirugía de reasignación de sexo. 

Luego intentó suicidarse de nuevo, pero un guardia se dio cuenta antes de que quedara inconsciente. Una semana después regresó de confinamiento solitario. Estaba aterrorizada y enojada. También tenía, según le dijo a Shaer, estrés postraumático por su tiempo en Irak y en Quantico. Los abogados de Manning se dieron cuenta de que quedaba muy poco tiempo. “Chelsea necesita ayuda y no la está recibiendo”, dijo su abogado, Chase Strangio, en el invierno. La solicitud para conmutar la pena, que presentaron en noviembre, era su mejor esperanza. La solicitud fue enviada junto con una carta escrita por Manning. “No soy Bradley Manning. Realmente, nunca lo fui. Soy Chelsea Manning, una orgullosa mujer transgénero quien, a través de este documento, solicita de manera respetuosa tener mi primera oportunidad para vivir”.

“Cuatro meses después, el 17 de mayo, Manning fue escoltada a una camioneta negra y dejó atrás Fort Leavenworth. Alrededor de la una de la mañana llegó a un estacionamiento donde la esperaban sus abogados. Manning estaba tan emocionada que al intentar abrazarlos le pegó a uno de ellos en la cara con su codo”, indicó Shaer.