La escritora chicana Sandra Cisneros relata en su novela Caramelo la forma en que una mujer se hace invisible con el paso de los años. No se trata de un proceso sobrenatural, sino de los mecanismos sociales que señalan los cuerpos que existen y los que no, los que son respetables y los que pueden ser maltratados al antojo. Soledad, el personaje de Cisneros, fue sólo visible mientras un hombre le entregó el beneficio de su mirada. Su padre, cuando niña; los tipos en la calle, con su acoso rutinario; su esposo, mientras le duró el enamoramiento. Soledad se hizo mayor y perdió con ello la facultad de ser vista y escuchada. Empezó así a formar parte de un grupo integrado por todas esas personas que el sistema rechaza por no producirle ganancias ni placeres: las personas con discapacidad, las personas LGBT (lesbianas, gays, bisexuales y trans) y los adultos mayores. Samantha Flores pertenece también a este grupo, ha conocido desde siempre lo que significa habitar los márgenes y ver negados sus derechos por el simple hecho de ser ella. Samantha, sin embargo, no tiene planes de permitir que nadie le diga que no existe; su lucha va de hacerse visible, de hacer visibles a los suyos y de reclamar el derecho inamovible de crear lazos familiares.

Samantha Flores es una activista trans cuyo trabajo se enfoca en las personas mayores LGBT. A sus 85 años, está buscando crear un centro comunitario para este grupo poblacional. Se trata de un segmento abandonado que no figura ni por asomo en los discursos del gobierno. A través de su fundación, Laetus Vitae, Samantha quiere crear un espacio seguro para el esparcimiento de los adultos mayores LGBT, un lugar donde sus identidades sean respetadas, donde se promuevan sus derechos culturales y donde puedan sentirse cobijados por una familia. A falta del apoyo del gobierno, la activista está recaudando fondos a través de Donadora, plataforma donde las personas de todo el mundo pueden realizar aportaciones en favor de las causas con las que empatizan. Let them shine again (Hazlos brillar de nuevo), su campaña de recaudación, pretende reunir 400 mil pesos para la formación de este hogar.

Samantha inició su trabajo en los derechos humanos a mediados de la década de los 90. “Hace veintidós años yo tenía un amigo maravilloso. Era mi hermano, mi protector”. Jaime contrajo VIH en una época en la que el virus ya no era cosa nueva, pero no por eso dejaba de estar rodeado de prejuicios. La búsqueda de los servicios médicos que el Estado no cubría lo dejó sin dinero. “Terminó en su casa. Estaba tan mal; llegó un momento en que no le hacía caso nadie”. El abandono, como ha constatado Samantha, no es exclusivo de los adultos mayores, también lo padecen las infancias y quienes viven con VIH. Jaime recibió un acompañamiento digno, gracias a la ayuda de Samantha y sus amigas, en la organización Ser Humano, A.C., entonces promovida por Nancy Cárdenas. “Lo atendieron maravillosamente bien. No se podía hacer nada, pero lo acompañaban, lo cuidaban, se quedaban a dormir con él. Así comenzó mi vida de activista, con mi contacto con Ser Humano”. Hoy Samantha asegura, orgullosa, ser la integrante que más tiempo ha colaborado con esta organización.

El proyecto de Samantha no sólo beneficiará a los adultos mayores facilitándoles un espacio comunitario, seguro y accesible; la casa se erguirá como un faro de libertad para quienes se encuentran en “el segundo clóset”. La activista sabe bien lo que significa que su identidad no sea plenamente reconocida y es por ello que quiere evitar que otros y otras se encuentren en la misma situación. “Yo, como mujer trans, estuve en el clóset”. Y estar ahí no sólo provoca insatisfacción emocional, se trata de un panorama que se traduce en negaciones de derechos, en servicios a los que no se tiene acceso, en la falta de trabajo. “Yo fui Samantha Flores desde los años 70, pero no tenía papeles. ¿Quién me podía dar trabajo? La mayoría de nosotras trabajaba en la calle”. Fue gracias a la ayuda de un amigo suyo que Samantha pudo poner en orden sus documentos de identidad, en una época en la que hacerlo significaba invertir en ello los ahorros. Inspirada por personas como el benefactor que le ayudó con los costos de estos trámites, Samantha da hoy la cara por aquellas personas que quizás no conoce pero que comparten con ella las experiencias y las formas de transitar por el mundo.

El abandono que los adultos mayores heterosexuales padecen suele presentarse amplificado en el caso de los adultos mayores LGBT, quienes se ven obligados a negar su orientación sexual o su expresión de género para acceder a servicios de salud o a otros derechos. “El adulto mayor heterosexual está muy olvidado”, señala Samantha, “pero el adulto mayor gay no existe, es invisible. Dime tú a quién conoces”. Se trata de un grupo poblacional para el cual no existe ni una sola política pública, que no figura ni en las estadísticas.

Aunque por ahora la meta de Samantha sea crear una casa de día, su objetivo a mediano plazo es crear un albergue. “Vamos a formar una familia de adultos mayores, por eso es la idea de la casa”. El lugar funcionará como un espacio identitario donde las personas podrán crear lazos de solidaridad. “El objetivo principal es despertar la consciencia de la comunidad LGBT. Una vez que vean que el espacio es una realidad, la mentalidad de la gente va a cambiar”. Samantha y su equipo decidieron financiar su proyecto a través de una plataforma de crowdfunding al no obtener respuestas positivas de las instancias de gobierno. “No me dijeron que no, pero tampoco me dijeron que sí”, dice Samantha antes de relatar su viacrucis por la delegación Cuauhtémoc y las oficinas del Fideicomiso del Centro Histórico. En algún punto, una organización civil estuvo a punto de dar el paso final para concretar el sueño de Samantha; sin embargo, la propuesta se vino abajo dado que el proyecto “era gay” y la organización perdería “crédito con el barrio”.

Alex Villalobos, quien forma parte de la organización Laetus Vitae, resalta que hay adultos mayores LGBT que, “para recibir servicios y no ser discriminada, regresa al clóset”. De allí que surja la necesidad de una casa como ésta, cuya lógica de inclusión sirva para generar una especie de refugio identitario. “Este proyecto responde a una necesidad más humana, más emocional”, una necesidad de seguridad y empatía que “las instituciones gubernamentales no cubren para nadie”. Aunque el primer obstáculo a vencer es el dinero, Villalobos está consciente de las dificultades sociales que juegan en contra. “Hay homofobia, puede ser de los vecinos, puede ser en el poder, por todos lados puede haber trabas”. La esperanza, como ocurre con todos los defensores y defensoras de derechos humanos, habita permanentemente en sus sonrisas. “Samantha está al pie del cañón. Está ahí, es necia y gracias a ella es que se va a lograr esto”.

La casa de día que construirá Samantha será la primera en su tipo en toda América Latina. Se trata de las primeras iniciativas que toman en cuenta a los adultos mayores LGBT, que han sido también olvidados por la ciudadanía y por las propias juventudes de esta comunidad. “Ellos y ellas tienen muchas historias por contarnos, no las dejes en la oscuridad”, dice uno de los lemas de Let them shine again, recordándonos el poco valor que nuestra sociedad le da a las aportaciones y los conocimientos de las personas mayores.