Espectáculo global, medido y comercializado hasta el último detalle, con ejercicio de interacción “casual” en Twitter y en redes sociales, la entrega 89 de los Óscares de la Academia Cinematográfica de Estados Unidos se convirtió en el final más anticlimático y sorpresivo de la historia del espectáculo. Nunca antes se había corregido en el momento la entrega del galardón más importante: la Mejor Película del año.
 Unos cuantos segundos después que Faye Dunaway y Warren Beatty, veteranos de la industria de Hollywood, anunciaron que La La Land, la favorita de la industria mediática, había ganado el Oscar a Mejor Película, tuvieron que recular en vivo y en directo, con el asombro de asistentes, telespectadores, anunciantes y redes sociales que transformaron el episodio en cientos de memes.

Beatty tomó el micrófono ante un floor manager que invadió el escenario. Interrumpió la entrega de las estatuillas al equipo de La La Land y anunció que por un error de la producción –y no de él- le pasaron una tarjeta equivocada: la verdadera ganadora del Oscar a la Mejor Película 2016 había sido Moonlight, dirigida por Barry Jenkins.

Tuvieron que mostrar a las cámaras de televisión la tarjeta con el veredicto de un inescrutable jurado.

“Voy a explicarles qué pasó. Yo abrí una tarjeta que decía ‘Emma Stone, La La Land”, afirmó Beatty.

“Es verdad. No es falso”, dijo Barry Jenkins, invocando los fantasmas de las fake news que están en el reality show cotidiano de la política norteamericana desde que llegó Donald Trump a la Casa Blanca.

La sorpresa y lo anticlimático fue, en muchos sentidos, el sentido de esta decisión final porque La La Land y Moonlight son tan diferentes como la propia polarización anímica de Estados Unidos.

La primera un musical de gran presupuesto, dirigida por un joven de 32 años, Damien Chazelle, que momentos antes había ganado el Oscar al mejor director y presagiaba la estatuilla más codiciada.

Y Moonlight es un drama sobrio, de bajo presupuesto, excelentes actuaciones y guión impecable (ganó, de hecho, el Oscar al Mejor Guión Adaptado) sobre la historia de un joven que para sobrevivir a su condición gay en un ambiente hostil se convierte en dealer.

La La Land es la historia de un sueño americano que se cumple, a pesar de la separación de los protagonistas, y Moonlight es el rostro oscuro de la Luna de ese sueño que anida en el silencio de un sobreviviente.

La La Land ganó 6 de las 14 nominaciones, incluyendo la de mejor actriz para Emma Stone, y llegaba con una racha de reconocimientos (los Globos de Oro, premios Bafta de Gran Bretaña), halagos y crítica favorable.

En contraste, Moonlight llegaba sin mucho aparato publicitario, con sólo 1.5 millones de dólares de presupuesto y el tema incómodo en una nación que busca darle la vuelta al repunte del racismo y la homofobia en la era de Donald Trump.

Moonlight justamente es una bofetada al argumento de los “bad men” de Donald Trump y al sueño americano. No en balde la frase del director dejó helados a muchos: “Incluso en mis sueños, esto no podía ser verdad. Pero al infierno con los sueños, lo he hecho”.