Más benévola no pudo ser la historia con Barack Obama, pues le tocó suceder a George W. Bush en la presidencia de Estados Unidos, y anteceder a Donald Trump en la misma. Esto le da una ventaja que podría ser determinante para juzgar su legado en ocho años en la Casa Blanca.

En 2008, cuando fue electo, Obama olía a esperanza, pues más allá de sus méritos y del discurso progresista que lo caracterizó, el ánimo social que cundía entonces exigía un cambio de aires que sacara a los estadounidenses de las prolongadas y cruentas guerras a las que los había metido Bush.

Hoy, en tanto, recién llega al máximo poder de Estados Unidos un hombre tan autoritario, racista y cínico, que hace ver al ahora expresidente Obama como la más grande esperanza a la que pudieron haber aspirado las minorías del pueblo vecino en lo que va del siglo XXI.

No obstante, la observación con lupa de los dos periodos de gobierno de Barack Obama dejarán ver que su mandato es un híbrido entre esfuerzos progresistas dignos de aplauso, y promesas incumplidas y decepciones por las que tendría que responder.

Nunca ha sido fácil evaluar un gobierno con tan poco tiempo de haber terminado funciones, pero más complicado aún es este caso particular, dadas las altas expectativas que se tenían sobre Barack Obama desde su campaña y hasta su asunción del puesto.

La mejor metáfora de ellos fue quizá cuando a este hombre se le concedió el Premio Nobel de la Paz a menos de un año de estar gobernando. Fue un galardón casi a priori, es decir, confiando en que hiciera algo para ganárselo, pues en menos de 12 meses no podía hablarse de ninguna acción en su haber para hacerse acreedor al mismo.

En su descargo, fue el propio Obama el primero en admitir que ese era un reconocimiento inmerecido.

Esto podría resumir bien su gobierno: altas expectativas, medianas acciones. Mucho más de lo que habían hecho la mayoría de sus antecesores, mucho menos de lo que se esperaba de él.

Un ejemplo: habiendo inspirado su frase de campaña (Yes we can) en Cesar Chávez, y luego de haber sostenido el discurso más progresista con respecto a los migrantes, de Obama se esperaba una reforma en el tema, o cuando menos una amnistía que diera alivio a este amplio sector y sus familias, que tanto lo apoyaron para llegar a la Casa Blanca.

Nada de eso se logró, en alguna medida como ellos mismos justificaban, por la falta de apoyo del Congreso. No obstante, Obama rompió récord histórico con los tres millones de personas que silenciosamente fueron deportadas sin que siquiera hubiera presión política para hacerlo.

Por el otro lado, el demócrata impulsó la Acción Ejecutiva que pretendía aliviar a cinco millones de indocumentados, librándolos del riesgo de ser deportados si cumplían con determinados requisitos, como ser padres de ciudadanos estadounidenses, haber ingresado a ese país ilegalmente antes de los 16 años, etcétera.

Liberaciones

Otro ejemplo; en sus últimos días, Obama redujo notablemente la pena de la soldado Chelsea Manning, quien estaba condenada a 35 años de prisión, mismos que transcurrían en condiciones de aislamiento. ¿Su delito?, haber filtrado información del Ejército de Estados Unidos, para el que trabajaba; que entre otras cosas evidenciaba el asesinato de civiles en Irak, entre los que estaba un fotógrafo de la agencia Reuters.

Hizo lo propio con Óscar López Rivera, el último independentista puertorriqueño que permanecía en prisión desde hace 35 años.

En el otro lado de la moneda, nada hizo Obama por Edward Snowden, el ex agente de seguridad norteamericano cuyas filtraciones permitieron al mundo conocer los alcances y peligros del espionaje estadounidense, quien permanece en Rusia con el peligro de ser usado como moneda de cambio por Vladimir Putin ante el presidente Donald Trump.

Avances

En otros terrenos no puede negarse que Obama hizo progresos, por citar dos ejemplos: el establecimiento del ObamaCare brindó acceso a la salud a 20 millones de ciudadanos; y su decidido apoyo al matrimonio igualitario abrió las puertas para que el derecho a unirse legalmente para personas del mismo sexo fuera posible en todo Estados Unidos sin más trámite.

Tampoco puede regateársele a Barack Obama el mérito de haber favorecido el deshielo en la relación con Cuba, y probablemente haya habido algo de su parte en los acuerdos de paz que firmó hace unos meses el gobierno colombiano y las Fuerzas Armadas Revolucionarias de ese país.

Y sin embargo, calará siempre que una de sus más grandes promesas de campaña, la de cerrar la cárcel de Guantánamo, quede incumplida, en el baúl de los recuerdos.

Pese a lo significativo de estas acciones positivas, quizá ninguna de ellas fue tan importante para la popularidad de Barack Obama como el aire de sencillez que él y su esposa proyectaban y que caían como gotas de miel, en un momento en que se llega al límite de tolerancia ante el agravio que significan la ostentación y el clasismo de los gobernantes.

Son estos gestos superficiales pero simbólicos, los que tienen ahora a los Obama en alta estima, particularmente por el contraste que provoca el lujo en el vestir de Melania Trump, y el gesto adusto y prepotente de su marido.

Estas nimiedades muy probablemente quedarán borradas en la historia, pero en ella, la comparación de Obama con su antecesor, y con su sucesor, harán evidentes las fuerzas con las que tuvo que lidiar y podrán en perspectiva los límites de sus esfuerzos.

Esto será justo, y será para bien, pues quedará mejor comprendido que incluso para un liderazgo como el de Obama, la política no deja de ser el terreno de las victorias parciales, de las posibles, y nada más.