Snowden, de Oliver Stone, es un retrato silencioso, dibujado cuidadosamente, del soplón más célebre del mundo, y pertenece a un curioso subgénero de películas que tratan sucesos históricos recientes. Revirtiendo el patrón usual, podría describirse como el detrás de cámaras ficticio de Citizenfour, el documental de Laura Poitras, que ganó el Oscar, sobre el excontratista de la Agencia de Seguridad Nacional, Edward J. Snowden. Me parece que es más probable que el documental perdure, pues se trata de periodismo serio y cine inolvidable. Sin embargo, Stone ha producido una contribución honorable e interesante al registro imaginativo de nuestra confusa época. Cuenta una historia de encabezados que ya se habían olvidado; presenta algunos detalles que quizá ya no recordábamos y adorna la crónica con toques de drama y suspenso.

En el contexto de su carrera, Snowden le permite al director volver a estar en forma y también es una suerte de divergencia. De nuevo, Stone se hace grandes preguntas acerca del poder, la guerra y el ocultamiento, las cuales han impulsado sus obras más ambiciosas; además, encuentra a un héroe que se ajusta al conocido molde de Oliver Stone. Edward (Joseph Gordon-Levitt, cuya interpretación se basa en una imitación vocal de Snowden) es presentado como un idealista decepcionado, un joven serio cuyas experiencias le generan dudas sobre las verdades aceptadas y lo llevan a cuestionar la sabiduría de la autoridad. Tiene algo en común con Jim Garrison en JFK y Ron Kovic en Born on the Fourth of July, y también con Chris Taylor y Bud Fox, los personajes que Charlie Sheen interpreta en Platoon y Wall Street.

Como esos jóvenes apresurados, Edward cae bajo la influencia de dos figuras paternales y antitéticas, un apparatchik elegante, interpretado por Rhys Ifans, y un renegado desabotonado que interpreta Nicolas Cage. Atraído al trabajo de inteligencia debido a un deseo sincero de servir a su país, Edward no es inmune a los otros atractivos del trabajo. Le gusta la intriga, el dinero (en especial después de que se vuelve contratista privado) y el sentimiento de ser parte de un grupo selecto de personas con información privilegiada que saben cómo funcionan las cosas en realidad.

Sin embargo, no es un personaje de ambición operática y trágica como Richard M. Nixon, Jim Morrison o Alejandro Magno (por lo menos como Stone los imaginó). Con aspecto de nerd y comportamiento imperturbable, Edward jamás bebe y tampoco busca chicas (Shailene Woodley interpreta a su novia, Lindsay Mills). Snowden es, según los estándares de Stone, un filme impresionantemente sobrio. El control se ve tanto en la realización del filme como en su política. Hay muy pocos momentos visuales salvajes y audaces; tampoco hay alocadas teorías de conspiración. Edward es un hombre racional y ético —“responsabilidad” es una de sus palabras favoritas— y la película se esfuerza por ser razonable. Su argumento básico acerca del almacenamiento de información por parte del gobierno no estaría fuera de lugar en el editorial de este o cualquier otro periódico. Además, su diálogo y ritmo funcionaría de maravilla en la televisión.

Quizá Stone se ha ablandado, o quizá el mundo lo ha alcanzado. Lo que solía ser paranoia —la idea, por ejemplo, de que tus dispositivos electrónicos te están espiando— hoy parece realismo honesto. También puede parecer que el mundo físico, ese campo de batalla del ego, sangriento y lleno de sexo, donde los héroes anteriores de Stone se han enfurecido y han peleado, ha sido desplazado por una zona más abstracta de códigos y algoritmos. Edward pasa de una realidad a otra cuando una lesión termina con su carrera como soldado de la Armada de Estados Unidos. “Hay muchas maneras de servir a tu país”, le dice el médico y, sin tardar, sus jefes de la CIA y la NSA explican que la verdadera guerra se está luchando en las redes celulares y computacionales.

Stone, que cuenta con el respaldo de su cinematógrafo, el mago digital Anthony Dod Mantle, y los compositores Craig Armstrong y Adam Peters, evoca las colaboraciones gélidas y los matices espeluznantes de nuestra realidad tecnológica. La habitación de hotel donde Edward se reúne en Hong Kong con Poitras (Melissa Leo), y los periodistas Glenn Greenwald (Zachary Quinto) y Ewen MacASkill (Tom Wilkinson) es una estremecedora caja futurística. Los lugares de trabajo de Snowden en Ginebra, Tokio y Oahu son colmenas llenas de pantallas iluminadas y personas que susurran hablando en argot.

No obstante, mientras el guión, que el director escribió junto con Kieran Fitzgerald, obedientemente añade pies de página a las referencias más abstrusas —y explica los mecanismos de vigilancia con una claridad admirable—, Stone sigue siendo un humanista de la vieja escuela, un poeta de carne y hueso en vez de un gran pensador de la tecnología o la política. Casi todos sus filmes en el fondo son un juicio sobre un hombre, y Snowden es más efectiva como un estudio de personaje. Como siempre, el interés de Stone en las mujeres es limitado. Proveen variedad gráfica y complicación emocional; desafían y humanizan a los héroes conforme lo requiera la historia. Woodley tiene más tiempo en pantalla que Sissy Spacek en JFK o Joan Allen en Nixon, pero en efecto está interpretando una versión actual de la esposa leal, sufrida e incomprensiva.

Aun así, la relación entre Lindsay y Edward es la clave del filme, pues establece lo que está en riesgo para el héroe cuando enfrenta las exigencias incompatibles del amor y el deber. También afirma que él es un buen tipo normal, y no un fanático ni un ególatra. No todos estarán de acuerdo con esto —Donald Trump, Hillary Clinton y Barack Obama son prominentes miembros del club de detractores de Edward Snowden— pero Snowden explica sus motivos con destreza y discreción.

A veces, desearía que el filme hubiera ido más allá, que se sintiera más enojado, más alocado, más aterrador, pero eso lo habría hecho más fácil de olvidar y quizá también de descartar. Esta película no necesariamente deslumbrará o exasperará, y no estoy seguro de que desee hacer eso. Lo que quiere —lo que el mismo Snowden siempre ha dicho que quiere— es molestarte, llenarte de dudas acerca de las buenas intenciones de quienes reúnen tus datos y te dicen que es por tu propia protección.

Vía The New York Times.