La nueva criatura del dragmaturgo y actor, César Enríquez, la deliciosa «Prietty Guoman», habla muy Prietty, muy Guoman, un lenguaje que ella creó para ponerse en circulación a ella misma, un ser único, festivo, seductor, a pesar de ser un potente imán de violencias. Por azares del destino, nació llamándose José: un error de óptica de sus padres que durante su infancia la travistieron como varón.

El 31 de agosto de 2016 fue el día del nacimiento de la diva en el Teatro Bar «El Vicio» en una comedia que termina en tragedia. Una gran fiesta de los sentidos que acaba en baño de sangre. Detrás de la risa está el horror. La revelación desgarradora se lleva a cabo en un dragma creado por el mayor cabaretero de México.

La narrativa de Prietty Guoman tiene que ver con la verdad. Con el restablecimiento de una verdad cuyos funestos alcances solo descubrirá el espectador en el desenlace. La verdad es la empresa de su vida (aunque cuenta no pocas ni pequeñas mentiras). Lo hace con convicción, vehemencia, salero y humor: con todas las herramientas que tiene a su alcance, en medio de las difíciles circunstancias que le toca vivir. Ella no conoce la duda, el malhumor, la tristeza (al menos en el terreno genérico). En su verdad, le va la vida a la Guoman. Sus mentiras también son vitales: tales son sus paradojas.

Desde temprana edad, José sabía que era Prietty. Con tal declaración, la Prietty lo dice todo. En la dimensión trans, es ella la que elige. Tiene todo el derecho de hacerlo porque da la casualidad de que es ella quien lucha a morir contra su entorno. Lo hace de manera consistente y sin descanso. Sin vacilaciones de ninguna clase: la lucha abarca toda su vida.

La obra es un repaso de los momentos culminantes de una vida, a comenzar por la operación maya que en sus palabras “te lo cortan y te hacen la raya”. Hay que festejar la desaparición del pene, hay que expresarlo con rima, dar a la intervención quirúrgica, nuevos nombres. El júbilo de la Prietty, por saberse mujer, se traduce en una inventiva que procede a través de versos, en rimas en -ada, en -ar. Su andar, su vientre y sus palabras tienen cadencias que sólo ella logra sincronizar.

Nació prieta y pobre, sin dinero para comer, pero desde chiquita “bien mujer”, lo dice con orgullo reivindicativo que en la sala hace reír al auditorio. Resulta muy significativo que se haga tanta alharaca de esta reasignación en medio del supremachismo solemne y autoritario, presto a desatar los terrores del apocalipsis. La risa y ocurrencias de la entrañable Guoman, se abren paso en medio de pavores diseminados por la iglesia y creídos con ojos cerrados por las huestes católicas que dicen que sus familias quedan amenazadas por sujetos que, por el contrario, siempre han sido impunemente violentados, como lo expresa la Guoman.

En la primera parte, la violencia se cubre con el velo de la risa. En la segunda, se descorre el velo. Resulta inútil adelantar al espectador lo que ocurre, porque, a fin de cuentas, es consciente de la condición trans, de sus peligros y reveses. Las Prietty Guoman aparecen día con día: Paola es un caso más en la abrumadora lista de asesinatos. Una de las funciones de la risa es encubridora.

Otra función es transgresora: con humor se violan las normas de la bipolaridad genérica. Un aspecto fundamental de su perfil es la dignidad de la Guoman: en ningún momento pronuncia un ¡ay! De ninguna manera pide compasión o mendiga lacrimolimosnas. Así que la Prietty hace el recuento de sus desventuras de manera festiva: comenzando por la violencia familiar. César Enríquez le da como lugar de origen a Tlaxcala, sitio por antonomasia de la trata de mujeres: “En mi pueblo, las mujeres se venden”, señala lacónicamente. Efectivamente la vendieron por unos tenis “Nike”: la deshumanización se produce al mismo tiempo que la sobrevalorización fetichista de marcas. Deshumanización y fetichismo son hermanas gemelas. ¿Quién la vendió? ¿Su padre? No mencionarlo resulta más fuerte: la vendió su padre y esa ideología de odio que anima el poder patriarcal, en nombre del cual se desecha a la mujer trans.

Prietty es hábil para revertir todo. Afirma que ella no se travestía: sus padres la vestían de hombre. Sin duda tiene razón: es su perspectiva la que cuenta.

Se hace pasar por cubana, y conforme avanza la trama es “Puta, Jarocha, con mucho talento”, pero “Soy auténtica, osada, nunca una inventada”, al tiempo que “Soy trans, puta, santera, daltónica y disléxica” y “soy india, única e irrepetible”. La pasión de la Guoman es definirse, lo cual se entiende por la guerra de desconocimiento que libra. Y así prosigue en su construcción discursiva: “Soy briosa, fogosa, muy carnosa, nunca liosa”. A pesar de que: “Me hice extranjera en mi propio cuerpo y en mi propio país”. Nunca menciona que tiene una extraordinaria agilidad mental, una espectacular capacidad de resiliencia, y que es una sobreviviente de todas las catástrofes imaginables en una familia y sociedad patriarcales.

La Guoman ancla su feminidad en cuatro mujeres: Julia Roberts, Whitney Houston, Celia Cruz, Maria Caray. Para ella los iconos son imprescindibles. Es en estos iconos donde despegan sus aspiraciones. Son en los que la hacen vivir, actuar y afirmarse.

La secuencia del maltrato, que es el hecho que vertebra su vida, no hace sino multiplicarse y profundizarse: Después de ser vendida, es prostituida en Veracruz por un gringo (a la explotación se añade el maltrato físico “Que me arrastra por la arena. Me jala de las greñas…”); luego la raptan con otras menores para llevarla a trabajar en el otro lado, está a punto de ahogarse… Para ella, la familia y el crimen organizado son dos paneles de una misma realidad.

En tal cerco de violencia, surge un ideario de la Prietty que reivindica el carnaval, la dignidad de la prostitución, y aboga por la pasividad y la diversidad: “Levanta la cara mujer, ser pasiva no es motivo de vergüenza”; “Ojo de loca, no se equivoca”, “¡El oficio de puta se respeta!”; “La diversidad es infinita, como muestrario de la Comex.” Incluso la Guoman inventa un lema para la Marcha: “Si Juárez resucitara, el obispo se la mamara”.

El amor llega a la vida de la Prietty a través de una lesbiana muda que se ha retirado de la prostitución. Juntas ponen un bar: “La Dorothy”, en donde la primerísima diva es la Prietty, ahora bajo la apariencia de María Caray. En su show, la Prietty señala que la única diferencia entre un diputado y una puta es que “Todo se vende sin ton ni son, nomás que la puta no chinga a la Nación.” Y canta la célebre “It’s raining / Y que lluevan hombres. Tezcatlipoca, Tonatzin, Yo quiero un men y que lluevan hombres…. Digan lo que digan / Yo quiero un men…”

Para preparar el número del “Guardaespaldas”, la Prietty es tan profesional que se hace adicta como su modelo, la Houston: empieza por la heroína y termina aspirando hasta productos de limpieza.

También se aborda el tema de la desprotección en salud de las mujeres trans: privadas de recursos, su única medicina es un alka-seltzer y tés para cualquier padecimiento.

Una verdadera mina de hallazgos, los (des)arreglos de las canciones son particularmente logrados, imaginativos. La Prietty canta cualquier canción si la diva es un icono popular, un leño al que la Guoman se aferra en medio de la tormenta del océano.

Sin duda, la Prietty Guoman es el personaje más estremecedor que haya creado César Enríquez Cabaret. Un protagonista palimpsesto que condensa tanto las aspiraciones como la violencia y el desamparo en los que vive la mujer trans. En este dragma se conjugan tanto fantasías, como realidades. Aquellas hacen reír; éstas causan terror. Se trata de un dragma muy bien pensado en el que en medio del horror resuena la risa. Y en medio de la risa, se incuba un horror aún mayor, sin retorno. Humor y espanto se conjugan de manera intensa. El espectador pasa de una a otro sin la menor preparación. La obra funciona como una bisagra que articula dos visiones divorciadas, una brillante, la otra siniestra. Por un lado, la permanente ensoñación de la trans; por el otro, realidades propias de la nota roja. Si en la primera parte, la Guoman seduce; en la segunda, su fragmentación horroriza. En la primera parte todo fluye, se desliza, las risas estallan. En la segunda, se produce un desgarrón y se impone el silencio. Al inicio, el espectador está frente a la trans, ve todo bajo su óptica. Al final, se trata de una visión fría, un parte de ministerio público. En la primera parte, poco importa la sucesión de horrores por las que atraviesa la protagonista. Los cuenta con tal sentido del humor que no se dimensionan. En la segunda, los hechos duros están despojados de cualquier rastro de humor.

En el artículo «El asesinato de Paola exhibe al México transfóbico, violento e impune», se señala las formas de asesinato de las mujeres trans:

La violencia es la marca de estos crímenes de odio: 778 personas transexuales murieron a causa de disparos, 429 fueron apuñaladas, a 221 les dieron una paliza hasta matarlas, 80 fueron estranguladas, 52 fueron apedreadas y a 37 las degollaron, además de otros tipos de violencia como quemaduras, tortura y atropellamiento, que causaron su muerte.

La función de la risa en el dragma es involucrar y conducir al espectador al horror. Lo que ocurre al final, se ofrece al auditorio como un hecho consumado. No hay más nada qué hacer, no hubo la menor preparación para paliarlo. De esta forma, la revelación del desenlace tiene un efecto traumático.

El recorrido de la risa al trauma lleva al espectador a una anagnórisis particular. Lo que se busca no es una catarsis, sino un involucramiento. El fin último del dragma es la creación de una conciencia. Una vez que ha llegado a un insight, el espectador no podrá cruzarse de brazos ante la violencia que envuelve al sujeto trans en nuestra sociedad. La mujer trans deja de ser una quimera, una letra en la serie LGBTTTI; el espectador la ha visto huir, tratar de esquivar los golpes, encuerarse y vestirse; ya ha cantado y reído con ella. Es imposible que después de asistir a una representación de este dragma, pueda dar oído a los argumentos injuriosos como los del Frente por la defensa de la familia. El recorrido escénico por la biografía de una mujer trans, promueve un cambio en la percepción de realidades que parecían ajenas. No nos engañemos: la iglesia católica y la supuesta defensa de la familia patriarcal son los autores intelectuales de violencia impune. Prietty Guoman o Paola son un caso más en la abrumadora lista de asesinatos.

Después de una función como la que dio César Enríquez el 31 de agosto de 2016, uno no puede preguntarse por la función del arte elegebetero; cuestionar su existencia.