Después de las tres primeras cirugías para atender cáncer de endometrio y de mama a sólo dos semanas de tener el primer diagnóstico confirmado, y después de haber consultado un par de opiniones médicas, para entrar lo más segura posible a un tratamiento que resultara exitoso, tenía que recuperarme rápido, me esperaban dos cirugías más a las tres semanas, la de páncreas y la del bazo. Por mala suerte se me infectaron un par de puntos/grapas en una de las cicatrices del vientre y fue así como el cirujano decidió esperar media semana más; es decir, tuve poco más de tres semanas para recuperarme. Era una lucha a contrarreloj para ganarle la carrera a los tres cánceres endometrio, mama y páncreas.

El 7 de julio de 2014 entré de nueva cuenta al quirófano. Por la mañana se descartaron dos cánceres más de colon y de estómago, fue así como dejé de ser probable paciente de síndrome de Lynch. Por la tarde me extrajeron el nódulo peripancreático y el bazo. Después de esa cirugía sentí un dolor que nunca creí que pudiera existir. Aullaba en la sala de recuperación; gritaba que por favor me pusieran algo, que aquello era humanamente insoportable. Ahora me parece gracioso y hasta me da risa que gritaba que estaban violando mis derechos humanos. Entre el adormecimiento de la anestesia y el dolor, gritaba de todo. Después de minutos, creo yo, de ver que el dolor no cedía –que para mí fue una eternidad–, les supliqué que me volvieran a dormir. Aquello no lo podía soportar. Me pusieron morfina y volví a dormir.

Los días posteriores a esa cirugía yo era como un pulpo. Me habían implantado un catéter con un recervorio en el pecho, que se extendía hasta la vena cava central, y ahí se me administraban todos los medicamentos. Justo ahí se me administraría también la quimioterapia en cuando me recuperara un poco de las 5 cirugías hasta ese momento. Tenía el catéter, un blake (drenaje) por la cirugía de mama y otro blake ahora por la cirugía de páncreas. Era casi imposible moverme y dormir, sólo podía permanecer boca arriba y con movimientos mínimos.

Lamentablemente tuve complicaciones. Me dio neumonía. Fue necesaria una transfusión de sangre, y para rematar se me formó una fístula pancreática. Eso hizo que me tuvieran en ayuno absoluto, ni agua siquiera por más de 5 o 6 días. Recuerdo que una de las doctoras residentes me permitía morder hielos pero con la condición de escupirlos, eso era lo más parecido a comer. Para entonces ya había perdido como 25 kilos. Por fortuna la fístula cerró, pero se me formó una colección de líquidos, que diagnosticó oportunamente el Doctor Infectólogo Luis Enrique Soto Ramírez y que pudo tratarse con una cirugía radiada. Si no funcionaba ésta, habría que abrir nuevamente.

Finalmente, a mediados de agosto, después de casi un mes, salí del hospital a casa. Tenía que volver a recuperarme, después de 6 cirugías. Debía empezar un largo tratamiento de quimioterapia. Al principio pasaban los días y yo no sentía ninguna mejoría. Llegué a pensar que no mejoraría nunca, que tal vez moriría, aunque a mi familia y amigos no les decía nada. Pasaron como dos semanas y no me sentía mejor, como a la tercera semana, empecé a sentirme un poco mejor; duró poco porque empecé otro proceso tortuoso, la quimioterapia. Pero que me tiene hoy con vida.

Estando hospitalizada, el Dr. Roberto de la Peña López, oncólogo clínico, comenzó a visitarme todos los días con el objetivo de que me familiarizara con el tratamiento de quimioterapia que iba a recibir. Eso me ayudó muchísimo. Creo que de otra manera no hubiera aceptado la “quimio”, por más positiva que pretendía ser, había días que estallaba, que el mal humor me invadía, que renegaba de mi suerte, que no quería saber de nada. Hubo días mucho más duros que otros, cuando veía que a todo mundo daban de alta menos a mí, y veía por la ventana el estacionamiento del hospital semivacío. La calle era algo inalcanzable para mí la calle. En ese momento el salir de ahí era mi único deseo, no importaba si era caminando o en silla de ruedas; quería salir.

Mi hermana July me dijo: “No me imaginé verte pasar por esto, ni en mis peores pesadillas, creo que cuando lo supiste fue como si hubieran dinamitado tu vida presente y futura, llorabas y maldecías el diagnóstico. En esos días viviste el enojo, la tristeza y el sufrimiento sin medida; te perdías en ellos la mayor parte del tiempo. Pasaron los días y a ratos luchabas, te animabas, otros no querías luchar, te derrumbabas y yo mirando. Con el paso de los meses, la fortaleza tan ‘sui generis’, que surgió en ti engendrada por la vorágine de sentimientos oscuros y balsámicos que te han acompañado”.

Después de la segunda fase de cirugías, regresé a casa. Tuve unas cuantas semanas para recuperarme y el 5 de septiembre de 2014 empecé un largo y durísimo proceso de quimioterapia, 30 quimios divididas en 5 quimios por mes o un poco más, dependiendo de la respuesta del organismo. Antes de las quimios empecé a tener resistencias, no quería, era un intento de negación. Volví a consultar cuatro opiniones más y de nueva cuenta me convencí de que la quimioterapia era lo único que científicamente estaba probado para “curar” el cáncer.

Las primeras cinco quimios fueron el mismísimo infierno, bajé cinco kilos en dos días, que sumados a los 25 de los dos meses anteriores eran 30 kilos. Por más que mi familia me alimentaba, me daban vitaminas, de todo, yo estaba anémica. Había perdido mucha sangre, mis defensas estaban por los suelos, mi ánimo empezaba a decaer por el estado físico. Estas primeras cinco quimios fueron devastadoras; llegué a pensar en la renuncia. No podía más, ya no tenía fuerzas entre la cicatrización, la pérdida de peso, las jaquecas, el dolor, los sangrados. Tendría casi tres semanas antes de las siguientes quimios, pero ya no tenía fuerzas ni ánimo. Hablé con mi familia y les comuniqué mi deseo y mi libre decisión de no querer continuar con la quimioterapia, igual al Dr. De la Peña. Prefería terminar pronto con el sufrimiento que era desgarrador en todos los sentidos y parecía serlo en todas las partes de mi cuerpo, ya con casi un metro de cicatrices encima.

Por supuesto, ni mi esposo, ni mis hermanas, ni el oncólogo aceptaban esa decisión y me decían que todo pasaría y así fue. Pasó… Todo mundo me recomendaba tratamientos para fortalecerme, desde venenos de alacranes, víboras, bichos vivos, etc.

La buena fortuna nos llevó con el Doctor Internista Luis Manuel Bárcenas Reséndiz y con su tratamiento a base de ácidos grasos y omegas, medicina complementaria que desde entonces es mi soporte adicional. Estoy segura de que ésta fue la que me ayudó a poder soportar por meses esas 30 sesiones de quimioterapia.

El tratamiento de ácidos grasos y omegas intravenoso, aplicado semanalmente mientras duró la quimio y después cada 15 días, cada mes y que ahora, cada tres meses –yo le llamo el suero revividor– hizo que mis niveles de glóbulos, triglicéglidos, acidó úrico, azúcar, no se fueran por los cielos o que bajaran por niveles de riesgo, lo que también contribuyó a que no hubiera depósitos con mayores consecuencias en hígado ni riñones. Todo ello hizo que mi metabolismo no se volviera loco.

Ahora sé que el desajuste fisiometábolico postquimio, es uno de los asuntos que hay que cuidar y vigilar para evitar los mayores riesgos. No voy a mentir, las últimas quimios tuve que llegar en silla de ruedas. Apenas si tenía fuerzas, ya no podía sostenerme en pie, ni caminar, la vista se me nublaba, pero como pude llegué. No me rendí y lo voy superando. Mi recuperación ha sido lenta, pero segura y positiva: ahí voy… con algunas secuelas pero estoy viva y eso es lo más importante.

Hice mía esta frase: “Que me falten fuerzas, pero para rendirme”.

Parte 1 y 2: http://bit.ly/2cXby6A http://bit.ly/2dCopqV

* Paloma Ruiz. Comunicóloga por la UNAM, con especialidad en Marketing por la Universidad de Berkeley. Ha combinado a lo largo de su vida profesional el análisis político en diversos medios de comunicación nacionales e internacionales, con el diseño de estrategias de comunicación y las relaciones públicas. Amante del mar y el buceo.

Vía Mujeres Más