Hasta Ecuador, Chile y Costa Rica circularon las notas en las que se daba cuenta de que a una jovencita de Hermosillo, Sonora, le habían cancelado su boda luego de que se difundiera un video en el que besaba a un hombre durante su despedida de soltera, en el Coralina Daylight Club en Playa del Carmen, Quintana Roo.

Pocos medios dejaron pasar la noticia. En muchos sitios de noticias se publicó el rostro de la señorita, los de sus amigas, su nombre completo, el de su prometido, y hasta la fecha en la que se llevaría a cabo el enlace matrimonial.

Luego de que corrieran los memes, las burlas y los juicios sumarios, comenzaron a salir las voces en defensa de quien fuera apodada Lady Coralina, debido a que su linchamiento obedece a la hipocresía machista que hace un escándalo cuando historias como estas las protagonizan mujeres, mientras que la misma anécdota se diluye en la normalidad cuando se trata de un hombre.

Pero fue una mujer la que tuvo la ocurrencia de besar a quien –nos han dicho- es un desconocido, y peor, tuvo la torpeza de hacerlo en la época del homovidens; cuando sin importar la distancia, un smartphone, una persona entrometida y el morbo social ávido de lapidar a alguien, son suficientes para que un acto privado y por tanto irrelevante, de una “simple mortal” se convierta en noticia y llegue hasta al otro lado del país para herir el orgullo machista de un ser humano.

Lady Coralina tuvo además la desgracia que su video circulara en la época en la que este pueblo herido de tanta humillación ha encontrado en las redes sociales la mejor vía de expresar el enojo social, y al mismo tiempo, la tendencia a bautizar como «ladies» y «lords» a todo comportamiento que salga de sus cánones, aunque inicialmente servía para desnudar arbitrariedades y prepotencias.

Así nos enteramos que la hija de Humberto Benitez, entonces Procurador Federal del Consumidor, hizo un berrinche porque le negaron una mesa en un lujoso restaurante, logrando que al instante fuera clausurado por cometer la osadía de meterse con la persona equivocada, lo cual a la postre le costó el puesto a su padre.

En otros casos más se ha llamado “Lady” a quien humilló a una trabajadora doméstica por comer de más, o a quien ha maltratado a un policía que le impide seguir al volante pese a su evidente congestión etílica.

Pero no fue este el caso de Lady Coralina. La sonorense no insultó a ningún agente, no atropelló a nadie, no maltrató ciclistas, ni violentó animales. Su pecado fue vivir su sexualidad de la manera en la que ella encontró pertinente, con la mala suerte de ser grabada.

Si hizo bien, si hizo mal, si era un acuerdo con su pareja o no; si deberían cancelar el matrimonio por esto, o si deben mantener la fecha de la boda… no incumbe a nadie más que a estas dos personas.

Que las redes sociales hagan escarnio puede considerarse inevitable, pero que los portales de noticias lo publiquen, es una vergüenza. Demuestran falta a la ética y al profesionalismo porque se daña a alguien sin ningún miramiento, y se atenta contra la vida privada de una particular.

Humanidad y responsabilidad son principios básicos de la Red de Periodismo Ético (EJN, por sus siglas en inglés).

Pero si esto no convence, entonces debería volverse al principio más fundamental: ¿es de interés público lo que una jovencita haga con su cuerpo? Indudablemente no.

En tiempos en los que el dólar está a 20 pesos, cuando los escándalos de corrupción nos golpean todos los días, cuando los desparecidos se cuentan por miles, igual que los huérfanos y las viudas, ¿queda algo de tinta para las vidas ajenas?

Que la haya en las redes sociales, terreno de libre expresión de los ciudadanos es comprensible, pero entre quienes se hacen llamar periodistas no encuentro justificación.

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