En la película La Aldea se cuenta la historia de un poblado bardeado cuyos habitantes, en pleno siglo XXI, continúan viviendo como en el siglo XIX. La mayor parte de los aldeanos no son conscientes de ello, pues tienen estrictamente prohibido cruzar la alta barda que delimita su frontera. Y es que afuera de esta comunidad supuestamente moran monstruos con los que desde hace muchos años los aldeanos han llegado a un pacto: ni monstruos ni humanos pisarán la tierra del otro lado de la barda.

Los niños han aprendido esta lección de los adultos, por lo que no tienen duda de los peligros que les rodean. Sus creencias parecen confirmarse cuando aparecen restos de animales muertos o los monstruos son vistos por breves momentos. Sin embargo, la historia da un giro cuando nos enteramos que en realidad los monstruos temidos son una farsa. Su historia y su presencia ha sido plantada por algunos adultos, que se han disfrazado como tales para evitar que las nuevas generaciones puedan tener contacto con el mundo exterior. Con tal de protegerse de las supuestas amenazas del mundo actual, los líderes de la aldea se han encerrado y aislado.

En la primera entrega de esta serie defendí que el matrimonio igualitario es uno de los más positivos cambios sociales de los últimos años, y expuse los argumentos por los que debemos considerarlo como progreso ético. La semana pasada expliqué las inconsistencias y la invalidez de los argumentos de quienes insisten en apelar a la naturaleza para oponerse a este tipo de uniones. Tal como anuncié en mi pasado artículo, esta entrega se abordará el formato empleado por un reducido, aunque ruidoso grupo, que busca generar rechazo al matrimonio igualitario apelando una fórmula análoga la implementada por los administradores de La Aldea.

Su estrategia, a grandes rasgos, es la siguiente. Por principio de cuentas afirman que existe un grupo de personas que se dedican, a través de su acceso a reflectores o recursos económicos, a manipular secretamente conciencias con el fin de que la gente acepte que el género no está vinculado inexorablemente a los genitales. No importa que esto haya sido probado científicamente, ni que sea reconocido por cualquier persona con acceso a fuentes de información confiables. Como botón de muestra, el lector del Diario puede encontrar en la edición de enero de este año de la revista Scientific American Mind -publicación de divulgación del archigalardonado Nature Publishing Group- un excelente artículo donde se explica las bases cerebrales de la asignación y construcción del género en adolescentes respaldada por estudios neurológicos y psicológicos llevados a cabo durante décadas en distintos países.

Desde luego que este tipo de impresionantes esfuerzos científicos por entender un fenómeno tan importante, y que demuestran con creces el alcance de la inteligencia humana, son borrados de un plumazo por quienes seguramente dirán que Nature y todos sus premios Nobel forman parte de un grupo secreto que busca lavar los cerebros de los habitantes de este planeta. La historia va así: supuestamente personas y organizaciones a las que nuestra sociedad debe tanto –desde la protección de nuestros derechos humanos hasta nuestros teléfonos móviles- como los científicos, las universidades, los académicos y organizaciones como la ONU, habrían “torcido” las mentes de miles de millones de personas, llevándolas a aceptar que el ser humano es mucho más complejo que la dicotomía pene=masculino/vagina=femenino . Quienes estamos a favor de este tipo de uniones somos parte de los conspiradores o parte de los débiles mentales engañados.

Esta gran teoría de conspiración mundial ha sido bautizada por los que creen en ella como “ideología de género”, y constituye la ingeniosa e inverosímil estrategia de quienes se oponen al matrimonio igualitario, pero que saben o intuyen que los argumentos clásicos como los teológicos no pueden ser empleados en un Estado Laico y que los supuestos naturalismos han sido derrotados.

Por principio de cuentas la mera invocación al concepto de “ideología de género” es un recurso francamente patético. Este término es aceptado exclusivamente por quienes lo han inventado, y no puede ser definido sin recurrir a sofismas o contradicciones. Los sofismas se encuentran en discursos incoherentes que enredan groseramente términos con el fin de confundir a sus destinatarios. El más claro ejemplo es el propio concepto de “ideología de género”, que surge a partir de la la transformación impúdica y cantinflesca de la defensa de la igualdad de todos los seres humanos sin distinción de género –perspectiva de género- en una conspiración mundial. Todavía más complicado les resulta explicar quiénes, por qué y para qué forman parte de esta conspiración.

Y es que, siguiendo esa misma lógica uno podría decir, con el mismo grado de rigor científico, que la “ideología de género” ha sido “sembrada” por extraterrestres en nuestras mentes como parte de sus experimentos para dominar el mundo. Claro que las intenciones de los malvados científicos ambientalistas o los siempre sospechosos alienígenas están claramente expuestas desde del inicio, mientras que el objetivo de los conspiradores detrás de la “ideología de género” nunca es explicado con suficiencia.

Como magos conocedores de su engaño, los creadores de la ideología de género y sus apóstoles rápidamente desvían la atención de su truco. Y lo hacen entintando su discurso con los colores del miedo. La idea es que “si triunfa la ideología de género” la sociedad entrará en un estado de crisis en el que nadie estaría seguro. Los peligros en este mundo distópico anunciados por los sembradores de miedo pueden surgir de dónde menos los esperamos; incluso dentro de nuestras propias casas.

Las mentiras viles han sido un recurso bajo fundamental en la estrategia de los sembradores de miedo. Así, se difundió durante semanas el rumor de un supuesto contenido en los libros de texto de la SEP que posteriormente fue revelado como falso. Hace unos días circuló una supuesta noticia en la que se afirmaba que 47 jueces del “tribunal más importante del mundo” habían aprobado la sentencia que establece que “no existe el derecho al matrimonio homosexual”. ¿Cuál es la necesidad de mentir si se tiene la razón?

A estas alturas probablemente el lector se pregunte, junto con quienes ponemos la razón por encima de los mitos, cómo es posible que en 2016 y en la era del internet una charada de esta naturaleza pueda encontrar promotores. ¿Genuina irracionalidad? ¿Un medio desesperado para obtener protagonismo? En este punto nos tendremos que conformar con hipótesis.

A pesar de toda su irracionalidad me ha parecido necesario dedicar un breve fragmento de nuestra atención al discurso de apóstoles de la ideología de género antes de regresar, la próxima semana, a la cuarta entrega de esta serie a los matrimonios igualitarios. Más allá de los sofismas de los conspiracionistas se ocultan ideas que revelan lo que, consciente o inconscientemente, estos defienden: a saber, que el reconocimiento de los iguales como iguales es tan “malo” que un individuo racional no podría llegar a aceptarlos sin la intervención del manipulador grupo secreto, o que simplemente no todos los seres humanos deben ser considerados iguales.

Es justamente a estas diferencias, que ellos venden como monstruosas, a lo que supuestamente debemos temer. Y es que los inventores del terror mítico y de los peligros irracionales suelen ser los primeros beneficiados de mantenernos encerrados en una aldea petrificada en el tiempo.

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