Recientemente el Semanario de la Arquidiócesis Primada de México, Desde la Fe, bajo la responsabilidad del Cardenal Norberto Rivera, acusado de solapar distintos casos de pederastia clerical, arremetió contra la población homosexual. En un intento por aportar argumentos supuestamente científicos, publicó un polémico artículo que incluyó frases como: “La mujer tiene una cavidad especialmente preparada para la relación sexual que se lubrica para facilitar la penetración, resiste la fricción, segrega sustancias que protegen al cuerpo femenino de posibles infecciones presentes en el semen… En cambio, el ano del hombre no está diseñado para recibir, sólo para expeler. Su membrana es delicada, se desgarra con facilidad y carece de protección contra agentes externos que pudieran infectarlo. El miembro que penetra al ano lo lastima severamente pudiendo causar sangrados e infecciones”. De la condena bíblica, la curía nacional recurrió a argumentaciones escatológicas, cuyo punto central es el ano. Seguramente esto habría entretenido mucho a Sigmund Freud. 

Es conocida la obsesión de cierta parte de la jerarquía católica por restringir y regular la vida sexual de su feligresía. Pero una cosa es regular la vida de sus adeptos, que voluntariamente se someten a los preceptos que pregonan y otra muy distinta es querer doblegar al Estado, laico y democrático, a diseñar su sistema de garantía de derechos a los límites que las iglesias consideren. En un Estado laico, los derechos son universales, son para todos y no se pueden restringir, mucho menos apelando a los dogmas de una iglesia.

Los derechos, y su consecuente acceso, deben garantizarse para todas las personas, independientemente de sus creencias religiosas, su ideología, preferencias sexuales o cuestiones de cualquier otra índole. Norberto Rivera y sus secuaces esparcen odio desde sus discursos, cómo indicó el Arzobispo Primado de México, en la homilía del domingo pasado: “San Pablo, uno de los fundadores de la Iglesia, rechazó tajantemente las prácticas homosexuales porque van contra la naturaleza y son una infamia de hombre con hombre”. Para Rivera, como para muchos católicos y no católicos, existen personas infames, y según el Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española, por infame se entienden dos cosas, la primera, “que carece de honra, crédito y estimación”, y la segunda, “muy malo y vil en su especie”. 

Dichas consignas atentan contra el pleno reconocimiento de la dignidad de todas las personas, estipulada en nuestra Constitución y en la Declaración Universal de los Derechos Humanos, pues existen, según este discurso, quienes son malos y viles en su especie que carecen de honra, y valor, a quienes, por ende, se les deben negar derechos. Esto en nada abona a la construcción de paz, al contrario, es una siembra de odio que puede resultar en preocupantes expresiones de violencia por parte de grupos fanáticos y fundamentalistas en contra de la comunidad LGBT.

El Estado laico no se arrodilla ante nadie, no se somete a ninguna visión dogmática. Esto sucede justo porque debe asegurar que los derechos lleguen a todos y todas.