El 22 y el 23 de abril de 1616, días de la muerte de Miguel de Cervantes Saavedra, son fechas que redimen y elevan a los hombres de habla hispana porque todos nos creemos herederos de El Quijote y montados en nuestra buena fe, capaces de ir por el mundo haciendo el bien a quienes hallamos en el camino.

Somos 560 millones los que hablamos español. Cervantes, hoy llamado El Quijote, recorrió La Mancha en su Rocinante y repartió su sueño hasta los 68 años. Fue de posada en posada transformando al mundo y ahí donde nosotros sólo vemos maldad y estulticia, él vio belleza y bondad.

Hasta los galeotes que lo apalearon le parecieron buenos y convirtió a una humilde tendera en su Dulcinea.

Para mí es la figura más alta de la literatura universal. ¿Por qué? Shakespeare escribió teatro que se lee menos que la novela y aunque ser o no ser es la más socorrida de las frases célebres, El Quijote es quien nos acompapaña, entrañable, hasta la hora de la muerte.

Hoy, los nuevos Quijotes, al menos en México, son los que aspiran a ser maestros para cambiar su comunidad, como los 43 de la normal rural de Ayotzinapa y sus padres que no se rinden, Las Patronas, que al paso del tren llamado La Bestia tienden a los que viajan en el techo una bolsa de plástico con arroz y frijoles, los que levantan albergues como el padre Alejandro Solalinde, los que se la juegan por decir la verdad de México, como los periodistas perseguidos de los que 120 han sido asesinados, los que atraviesan el río Bravo con tal de conseguir un mejor futuro, las obreras en las fábricas de la frontera que siguen adelante a pesar de la desaparición de sus compañeras.

Pésele a quien le pese, Marcos, el subcomandante es un Quijote que preguntó. ¿A quién le vamos a pedir perdón?, como lo fueron el Che Guevara y el obispo Óscar Arnulfo Romero en El Salvador, aunque el Che y Marcos tomaran el camino de las armas porque era el único que les quedaba.

Aldonzas y Dulcineas han inspirado a sus caballeros y seguimos sobre nuestras monturas enfrentando molinos de viento, todavía nos apalean pero algún día, así como El Quijote, comprenderemos el sentido moral de dar la vida por nuestros ideales.

Vía Literatura.com.