Por Sergio Ávalos

cdn01.am.infobae.com

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Si el atentado contra el periódico satírico Charlie Hebdo había ya sacudido a la población francesa a un grado que en ese momento parecía inimaginable, lo que hemos vivido en París durante la noche de este fatídico 13 de noviembre ha dejado a todo un país sin aliento. Al momento de escribir estas líneas el balance mortal de seis ataques simultáneos a diferentes puntos de la capital es de más de cien muertos, casi un número igual de heridos de gravedad y decenas de personas que continúan desaparecidas.

Esta mañana la ciudad luz se ha despertado en medio de una pesadilla. Nuestro primer pensamiento es por supuesto para las víctimas, para quienes con angustia siguen buscando a sus familiares o lloran a sus muertos. Yo viví también el atentado en la estación Saint Michel del tren de cercanías (RER “B”) en pleno Barrio Latino en 1995, pero las acciones terroristas de anoche no tienen equivalente.

Para Francia, más de 60 años de paz en su territorio se han acabado de manera brutal por la acción de 8 terroristas kamikaze. La ciudad parece desierta muchas personas se enteraron apenas esta mañana y si el día estará dedicado al duelo, al recogimiento, a la solidaridad, a salir del estupor, hay quienes ya se están frotando las manos viendo la manera de sacar raja política y financiera de una situación trágica y compleja.

Muy pronto habrá que pasar a los cuestionamientos y, ante la pereza mental estimulada por los medios de desinformación masiva, la vía más rápida es la de detenerse en el lugar común, en la explicación más fácil.

Una parte de la derecha y de la ultra derecha no tardará en decir que tenía razón y que el problema está en la población francesa de confesión musulmana, en esos jóvenes de ciertos barrios y de las afueras de París que “no se sienten franceses” y que son “capaces de todo” o, no faltaba más, en las olas de inmigrantes que llegan a Europa y en las que “seguramente se infiltran” peligrosos terroristas.

Otra parte verá cumplidos sus sueños ultrasecuritarios que les permitirán vigilar nuestras conversaciones y catearnos con toda legalidad puesto que es “por nuestra propia seguridad” y por supuesto quienes nos aventarán en la cara que toda crítica al armamentismo no es sino utopía izquierdo-pacifista que no entiende el mundo.

¿Acaso podemos dejar de constatar que estigmatizar a los jóvenes musulmanes sólo ha servido para aventarlos a los brazos del fanatismo? A ISIS/DAESH, como antes a Alquaeda, le conviene que los países occidentales acentúen la estigmatización y exclusión de los jóvenes de confesión musulmana porque es lo que los provee de soldados. A la ultraderecha le conviene señalar a sus chivos expiatorios para justificar la “necesidad” de que llegue al poder un partido xenófobo y racista, mientras que al partido en el poder le conviene mostrarse como la única opción “de izquierda” capaz de impedir la llegada al poder de la extrema derecha.

Y, por supuesto, tampoco podemos dejar de preguntarnos quiénes salen beneficiados con la desestabilización, la venta de armas y el financiamiento a grupos terroristas. Al final, la población se encuentra impotente siguiendo y sufriendo las consecuencias de decisiones que son todo menos democráticas y que benefician a oscuras entidades antes que a la ciudadanía.

En julio pasado Alain Chouet, escritor ex-miembro de los servicios de inteligencia franceses declaraba en una entrevista “llevamos 30 años asociados con quienes financian al terrorismo internacional” es decir que en México como en Francia: ¡Ellos ponen la guerra y nosotros ponemos los muertos! De la misma manera, hace poco, en una reunión con el capítulo francés de la ONG Amnistía Internacional alguien decía que el terrorismo es para las sociedades europeas lo que el narcotráfico es para México: el mejor modo de instilar miedo a la población para controlarla mejor y para imponerle políticas contrarias al interés común.

La ultraderecha en Francia quiere lo mismo que los terroristas un país cerrado, homogéneo, sumiso. Y la verdad, no es cierto que no tengamos miedo, al menos yo sí lo tengo, pero voy a seguir tratando de llevar una vida más o menos normal (con precauciones) y diciendo alto y fuerte lo que pienso porque es mayor mi miedo a que cualquiera de esos grupos triunfe.

Si grupos de fanáticos, de cualquier religión o ideología, buscan destruir los valores de libertad, igualdad y sobre todo de fraternidad heredados de la Revolución Francesa, los ciudadanos que vivimos en estas tierras (seamos o no franceses, cristianos, musulmanes, ateos) debemos oponerles precisamente los valores de la Ilustración como la razón crítica, la cultura, la laicidad y particularmente la democracia (participativa) que, dicho sea de paso, habría también que oponer e imponer a nuestros propios Estados.

Las mega-manifestaciones del Je suis Charlie después de los atentados de enero fueron recuperadas de inmediato por Hollande, Merkel, Netanhyau y hasta por un representante de Peña Nieto, una muestra más de su poca vergüenza, y el Je suis Charlie a punto estuvo de convertirse en cacería de brujas. Hoy el dolor y el miedo del miedo debe empujarnos a la reflexión crítica y a la participación política.

En semejantes momentos de crisis y de profunda angustia, los ciudadanos debemos redescubrir la fraternidad, la convivialidad y el bien común como valores esenciales al funcionamiento de nuestras sociedades y oponibles a terroristas, a narcotraficantes y a nuestros Estados y sus élites gobernantes, para ello es importante tener siempre en mente una frase difundida por la famosa graffittera parisina Misstic: “el poder no protege, se protege».