le-figaroLa ola de atentados y ataques escalonados en la capital francesa, “la Ciudad Luz”, fueron realizados para buscar el mayor impacto global: un viernes 13, en medio de un partido de futbol entre Francia y Alemania (las dos potencias europeas emblemáticas), en vísperas de la Cumbre del Cambio Climático de diciembre, en sitios emblemáticos de la vida nocturna y la convivencia social parisina, en medio de la crisis de los refugiados provenientes de Siria y el desastre ocurrido en esta nación árabe.

Podrán ser más de 150 o más de 200 los ciudadanos muertos y cientos de heridos por esta orgía de odio. ¿Estado Islámico, Al Qaeda, yihadista, terrorista, fundamentalistas? El nombre del enemigo es lo de menos, aunque no es indiferente. Lo importante es que en esta nueva era del miedo espectacularizado y de alto impacto global no triunfen los que lo alientan y lo capitalizan.

El miedo es el más profundo de los sentimientos que ni avances tecnológicos, económicos o geopolíticos pueden contener. Al contrario, se impone, se globaliza, se resignifica y se expande a través de las redes sociales, de la televisión y su instantánea masividad, del reclamo de mano dura y de venganza.

La marcha de más de 5 millones de parisinos tras los ataques a la revista Charlie Hebdo fue un testimonio contra el miedo. Eso ahora se repetirá, siempre y cuando la otra cara de la moneda del miedo, el odio y la xenofobia, no se impongan y paralicen a los franceses.

La nueva era del miedo, con sus características reproducidas en tres lustros, inició el 11 de septiembre de 2001 con el ataque a las Torres Gemelas en Nueva York.

El miedo se globalizó a partir de esas imágenes en el corazón emblemático del imperio triunfador de la guerra fría. Se estrenaron para el gran público los “nuevos bárbaros”, Al Qaeda y Osama Bin Laden, surgidos en el laboratorio de rebeldes conversos de la geopolítica de la CIA.

Después vinieron los atentados del 11 de marzo de 2004 en Madrid. Y su impacto innegable en las elecciones de ese año en España, donde José María Aznar y los españoles pagaron alto costo por su apoyo a la intervención en Irak.

Otros atentados ocurrieron en las estaciones del metro Londres, el aliado más importante de Washington en la aventura bélica de Irak y Afganistán.

Francia se convierte ahora en el epicentro sanguinario, condenable, tremendo. El “avionazo” con más de 232 pasajeros rusos que se disolvió en el desierto del Sinaí, bien puede ser el otro elemento de esta guerra del miedo posmoderno y de posguerra fría.

El miedo viene acompañado del shock. Se pierde la memoria y la confianza colectivas. Se borran las fronteras entre la defensa de la seguridad y las medidas de “Estado de excepción” que recuerdan la pesadilla orwelliana.

Lo sucedido en Francia puede y debe ser un punto de quiebre, no para sembrar el miedo sino para enfrentarlo con las reservas civilizatorias que tenemos. Las primeras reacciones de millones de personas en Twitter, Facebook, en las agencias informativas y las redes de información así lo indican. Si se pierde este llamado contra el miedo, los autores de esta orgía de terror habrán triunfado y habrán demostrado que estamos en una pesadilla que supera los peores guiones de Hollywood.