Por Gloria Serrano

Leído en la red: Ciudad sin cultura es simple urbanización,
el producto de las empresas y no el de los ciudadanos.
#ciudad

20151114_1719211Trazar mapas, delinear geografías, señalar territorios, puede parecer -a simple vista- un asunto tan tedioso y solitario como cruzar por esos desiertos en los que el viento se lleva nada porque lo que encuentra a su paso es eso: nada. Los relatos de mis abuelas, en cambio, solían ser como los de toda gran matriarca: misteriosos, imprecisos, exagerados y fascinantes. Ambas rememoraban su niñez en sus respectivos barrios, con la misma elocuencia del Gabo para referirse a la fiebre del banano en Aracataca, o a las noches sofocantes de los trópicos, o al circo que levantaba su carpa en el pueblo, ese al que su abuelo, el Coronel Márquez, lo llevaba tomado de la mano para mostrarle a los gitanos y a los trapecistas y, claro, los secretos que encierra el hielo.

Podría pensarse que representar superficies, contornos, ángulos y la información que debe aparecer sobre un mapa, tienen escasa relación con el polvo que los niños levantan jugando una cascarita en cierta calle sin pavimentar, o con las historias que guardan las casas abandonadas que el olvido, la maleza y los grafitis van devorando, o con el tendero de la esquina de apariencia tan cansada y nostálgica como la del farol que nunca enciende, pero que siempre ha estado allí, en aquella esquina, y que si hablara… Dicen que los primeros mapas se representaron como pinturas murales y que luego -como ha sucedido prácticamente con todo- fueron los griegos, los romanos y los chinos quienes comenzaron a “mapear la vida” en el planeta.

Las abuelas, nuestros padres, los amigos, ustedes y yo, hacemos nuestras propias cartografías temáticas con sentimientos predominantes y lazos invisibles que nos unen a las personas o a las cosas. Sabemos el lugar exacto donde perdimos la virginidad y ganamos insólitas anécdotas, y también con puntualidad podemos ubicar el sitio en que nos reuníamos a fantasear con otros sobre el amor, el porvenir, la muerte o aquella terrorífica anciana que nuestra infancia convirtió en pesadilla recurrente. En la actualidad tenemos Google Maps para buscar cualquier clase de negocio y el Sistema de Posicionamiento Global (GPS) para saber la situación de una persona o de un vehículo en tiempo real, pero esto de poco sirve para detectar problemáticas y necesidades comunes.

Por eso hay quienes, como en la antigüedad los griegos, los romanos y los chinos, actualmente están bosquejando diversas formas de estudiar y elaborar mapas sociales. La historiadora del arte con Grado en Conservación y Restauración de Bienes Culturales, Adela Vázquez Veiga, es una de ellas y estuvo presente en el Encuentro Nacional de Colectivos Sociales, ECOS 2015, realizado en Mérida, Yucatán, para impartir el taller BIComúnMap, una novedosa estrategia para hacernos de valiosos conocimientos y encontrar nuevas formas de intervención social que mejoren los espacios públicos. Otear los laberínticos entramados que conforman los núcleos urbanos, indagar cuáles son y dónde están las narraciones aún no contadas, recuperar para transformar y dotar de significación, de eso de trata.

Guillermo Salazar, de Puebla; Gerardo Reyna, de Tabasco; Sael Blanco, de Veracruz; Benjamín Esqueda, del Distrito Federal y Efraín Tzuc y Luis A. Dzib, de Yucatán, participaron en este taller que se basa en diferentes prácticas, todas aportaciones colectivas surgidas a partir de un ensayo realizado en 2007 en la Universidad Nacional de La Plata, en Argentina, que se ha ido replicando en distintos rincones de Latinoamérica. ¿De qué hablamos? De hacer recorridos grupales por las calles para después congregarse en un parque, extender sobre el piso un mapa de la zona y comenzar a reconocer y a señalar cada uno los escenarios que nos son familiares: la prehistórica miscelánea, el antro en el que todos charlan, las escuelas cercanas, el mercado que se mira con afecto, la vieja biblioteca derrotada por Wikipedia, el taller mecánico que dejó de ser eso para convertirse en estacionamiento.

Sigue hacerse preguntas e intentar responderlas: ¿Se viven procesos de gentrificación en el área? ¿Han surgido nuevos centros culturales? ¿Por dónde pasa el transporte público? ¿Existen muestras de solidaridad entre vecinos? Iconoclasistas, en Buenos Aires, es un equipo de diseñadores gráficos dedicado al mapeo que, además de impartir talleres, ofrece pictogramas o plantillas de imágenes de libre circulación que sirven para señalizar y que al visualizarlas sobre un plano, generan una potente unidad conceptual. Este es el material que movimientos sociales, grupos barriales o colectivos de trabajo emplean para identificar epicentros emocionales, reconstruir paisajes y conformar un atlas de atmósferas y miradas críticas que después les facilitan poner en común, a clarificar todas sus reflexiones.

Adela también emplea “Galerías fotográficas”, sencillos carteles que tiende como ropa sobre una cuerda y que llevan impresa alguna imagen emblemática del barrio, alrededor de la cual los participantes anotan sus percepciones y lo que les hace, o no, sentido; es decir, aquello que es motivo de conversaciones informales, lo que se dice, se calla, se piensa y se sueña, pero que en contadas ocasiones se considera como elemento de aprendizaje. Mapear, en suma, más que un fin es el medio para reseñar el palpitar de las ciudades que se organizan en colonias como si fueran racimos. Es darse un tiempo para mirar, todos juntos, las alegrías, heridas y cicatrices que nos ha dejado vivir en sociedad y que nosotros hemos ido diseminando –lentamente- por los caminos y en determinados domicilios. Y también es pensar en voz alta para compartir y gestionar los datos obtenidos, trabajando de manera transversal, libre y colaborativa.

Intransitables callejones con pisadas alcohólicas, plazas de agitados sábados y de domingos que bostezan, parques que provocan interacciones entre desconocidos, banquetas por las que pasan personajes esenciales y los propios personajes esenciales; todo está en el mapa, formando una gran enciclopedia, un enorme muestrario que se agita, combina y reordena tantas veces como personas llegan y se van. Es el andamio que sostiene las grandes metrópolis, las vivencias comunitarias y las más íntimas: lo que llamamos nuestro. ¿A quién le importa? A las abuelas, por supuesto, pero también a cronistas, fotógrafos, urbanistas, escritores, sociólogos, arquitectos, grafiteros y periodistas. Y sobre todo a ellos, a quienes ahí habitan: los ciudadanos que a veces se perciben como pájaros y a las urbes como insoportables jaulas; los que a menudo padecen, otros días toleran, con frecuencia juzgan y ahora, como en este taller, sitúan su particular experiencia en las ciudades.

Mapean su vecindario como Francisco Goldman el Circuito Interior. Quizás lo hacen, no lo sé, porque al igual que Sylvia Molloy saben que “la memoria, con todas sus fallas, con todas sus deficiencias, con todos sus agujeros, es el territorio más sólido para escribir”, pero además para poner los cimientos de una edificación mayor, algo que todavía no vemos y, sin embargo, ladrillo a ladrillo, hoy ya estamos construyendo: futuro.