Por Gloria Serrano

20150912_110453Ella presentó a su amigo, compañero de correrías e invitado especial. Dijo que estudió diseño gráfico en la Universidad Autónoma Metropolitana Unidad Xochimilco y posteriormente cursó el programa completo de Fotografía Digital impartido por Kodak Professional México, que es integrante del equipo estable de fotógrafos de OCESA división Conciertos, por igual del Auditorio Nacional y que tiene más de 30 años de experiencia como fotógrafo de artes escénicas; es decir, que captura con su lente aquello que sucede en espectáculos de teatro, danza y música como “Sueño de una noche de verano” de Shakespeare o “El Cascanueces” de Ivan Vsevolozhsky o un concierto de Paul McCartney. Un arte efímero como la vida que -no todas las veces- pero por lo regular se representa en escenarios y espacios como el Centro Cultural del Bosque (CCB) en la Ciudad de México; un lugar que este fotógrafo conoce tan bien, que en 2011 con motivo de su 49 aniversario expuso a lado de otro destacado profesional, Fernando Moguel, “Dos miradas del CCB”, un compendio de 32 fotografías de gran formato con las técnicas de plata sobre gelatina y digital, que hacen un extraordinario recorrido histórico por ese abanico de vivencias y emociones que ofrece el acto creador.

Él es un artista que primero reconoce y después asienta, con maestría y originalidad, lo que ocurre en montajes como “Esperando a Godot”, “Las horas” y “Sonata de Invierno”. Y hace unas semanas estuvo en Mérida, Yucatán para formar parte del “Sexto Festival de Teatro de La Rendija, Iberoamérica en Escena, De la convención a la instalación”. Fue el sábado 12 de septiembre, en el Salón Nicté Ha del Hotel Los Aluxes, cuando dijo que prefería iniciar una charla más que dictar una conferencia. Así habló de su trabajo como “un registro fotográfico de las artes de la escenificación que es, al mismo tiempo, técnica, arte y documento”. Recordó que en sus inicios prácticamente nadie se interesaba en este tipo de fotografía, pero él sí. Y comentó que para algunos, “fotografiar teatro es como fotografiar bodas”, un asunto destinado a las páginas de sociales en los periódicos, pero para él no. “Voy, me meto y registro. Antes que fotógrafo, debo decir que soy gente de teatro”, declaró orgulloso. También se refirió a la importancia que tiene dominar la técnica y sobre todo, tratar con respeto y cariño el objeto a fotografiar. Respeto y cariño fueron dos palabras en las que acentuó.

Luego intervino de nuevo ella para expresar con esa, su entonación ecuánime, entusiasta y potente, que “el teatro es una actividad que absorbe y pide un amor muy especial por el hecho escénico”. Dijo que el trabajo de un fotógrafo inmerso en este mundo es un diálogo. “Yo confío en tu mirada para devolverme, en una imagen, el gesto de lo que hago e incluso aquello que desconozco de mi propio trabajo”, con afecto le manifestó. Y él continuó conversando, contando anécdotas y repartiendo joyas tan brillantes como esta: “fotografiar las artes escénicas es como bailar; no es cuestión de que uno siga al otro porque siempre quedará alguien atrás, sino de formar un ensamble, una unión”. O como esta: “Para fotografiar hay que comprender que no todos los besos tienen la misma carga emotiva. Se requiere mucha intuición, pero si conoces bien cada disciplina puedes intuir lo que viene, ya sabes qué sigue detrás del giro de la bailarina”. O como esta: “La fotografía es luz que escribe y en artes escénicas la iluminación artificial es un elemento importantísimo”.

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Asimismo mostró su fabuloso catálogo fotográfico, que por sí mismo explica cómo es que ha llegado a ocupar el sitio que hoy tiene dentro de las artes y concluyó como lo hacen quienes además honran aquello que están argumentando. En suma, dijo que para lograr una estética al retratar la escena se requiere de consideración y conocimiento, aunque también de adaptarse a las circunstancias y entender que en teatro hay cosas que se pueden fotografiar y otras que no: “El día que el teatro se haga para la cámara, entonces se habrá convertido en cine. El teatro es un arte vivo y respira”. La gente ahí reunida interactuó, formularon diversas preguntas y al terminar, el aplauso que recibió fue tan elocuente, como su sencillez y apertura.

Es José Jorge Carreón, un agudo fotógrafo de artes escénicas que las mira con querencia y las encuadra con pericia, porque se ha tomado las horas necesarias para aprender, por ejemplo, qué posición es el Arabesque en la danza y cuya rúbrica más personal es congelar, en toda su dimensión y en cada toma, la expresión y el movimiento de esos seres catalizadores que con la voz y el cuerpo proponen un discurso e interpretan la existencia humana. Ella, la anfitriona, es Raquel Araujo Madera, creadora escénica con más de 20 años de trayectoria como directora profesional. Y esta, esta es solo una escuálida muestra del sentir, de la vehemencia y la garra con que se viven las artes en un México violento pero también habitado por voluntades, como las que organizaron el Festival de Teatro de La Rendija, que a base de empeño y con la lentitud que requiere la premura, en distintas esquinas del país nos advierten en qué consiste pasar con dignidad por esta vida.

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