Por: Gloria Serrano / vía La Jornada Maya

FB_IMG_1438063611897¿Infancia es destino? Su madre, Marilú (1949), campesina chiapaneca. Su padre, José Sebastián (San Luis Potosí, 1943), telefonista. Él, Sebastián Liera, actor de teatro que creció entre el anecdotario construido por un campo en abandono y el sindicalismo aprisionado por su propio mecanismo, lo que detonó su disposición hacia las causas sociales y se afianzó luego con el sismo de 1985, el fraude electoral de 1988 y la insurrección zapatista de 1994. Su tío, el también actor Eduardo López Martínez (San Luis Potosí, 1952), pronto se convirtió en un referente con su trabajo en Mascarones (UNAM, 1961), grupo de teatro y poesía coral fundado por Mariano Leyva, que fraternizó culturalmente con las luchas de independencia en Latinoamérica y el movimiento chicano, en los Estados Unidos.

“Mascarones da pie a la formación del Grupo Cultural Zero que, emulando a pensadores como Bolívar Vinicio Echeverría, hace una severa crítica a la modernidad capitalista. Este es el teatro con el que crezco, de pocos recursos donde lo que entra por función es lo que permite sobrevivir. Para 1976, Mascarones se muda a Cuernavaca y en 1994 comienzo a trabajar con ellos pensando que, si después de pasar hambre insisto en hacer esto, significa que en verdad es mi vocación”, comenta Sebastián al inicio de esta charla que tiene lugar en el teatro Daniel Ayala Pérez, donde ensayan sus alumnos de la Escuela Superior de Artes de Yucatán (ESAY). Entre las pruebas de sonido y el barullo que provocan las voces de los jóvenes actores, este insurrecto artista y docente habla de la próxima gira que iniciará por cuatro estados de la República Mexicana a fin de impartir una serie de talleres a mujeres indígenas del Estado de México, Puebla, Michoacán y Querétaro.

“El primero es en la sierra norte de Puebla con mujeres de origen mazahua y náhuatl; el segundo será en Tolimán, Querétaro para mujeres ñañus y purépechas. Convoca Yaaxil Tu Ser, Desarrollo e Integridad, A.C. con el fin de secundar el trabajo de las casas de apoyo de la mujer indígena, una organización con sede en Ecatepec que tiene más de 20 años. Además de actuarla, dirigirla y presentarla, las participantes escribirán la obra de teatro. Los montajes se compartirán en las cuatro comunidades”. Sebastián entró en contacto con miembros de esta institución hace dos años, cuando deciden realizar un proyecto sobre derechos sexuales y reproductivos para jóvenes en el sur de Yucatán. “De Querétaro viajo a la capital poblana para impartir otro taller, reflejo del seminario realizado en 2014 en el Centro Cultural Tapanco, A.C., en Mérida, que usa el neologismo Actu-acción; es decir, la actuación en la escena teatral y la acción en la escena social. En aquél seminario participaron compañías de teatro de 9 entidades federativas, promotores culturales y 12 organizaciones de Yucatán”. Esta gira, es parte de los festejos por sus primeros 25 años como actor.

En mayo llegó hasta esta península la Caravana por Ayotzinapa y con ella, arribó también una manta que lleva impreso el estridente número 43 en memoria de los estudiantes desaparecidos en Guerrero desde el 26 de septiembre de 2014. Sebastián resguarda este emblema que llevará a su gira para que sea intervenido solidariamente por las manos de otros ciudadanos, como sucedió antes en Sinaloa, Monterrey o Tamaulipas: “Es una suerte de botella echada al mar con un mensaje de apoyo para quienes están en lucha o como el sudario que Penélope desteje cada noche en espera del regreso de su amado Odiseo”, comenta.

La gira finalizará en Torreón, donde impartirá un taller a los grupos teatrales Compañeros y Héroes en escena, este último integrado por jóvenes con alguna discapacidad física o mental. De regreso a Yucatán, Sebastián retomará su trabajo en Muchucuxcah donde se monta una puesta en escena que ahora está siendo traducida al maya y esperan presentar a finales de agosto en poblados de la zona oriente del estado. En este sitio, me dice, también se ubica Tak Bi ha, la cooperativa ecoturística que ofrece hospedaje y alimentos a los paseantes, “otra forma de resistencia civil, ya que nada está atravesado por organismos genéticamente modificados; los 56 pobladores que la sostienen, solo utilizan semillas criollas, libres de contaminación”, indica el tlatulteketke o trabajador de la palabra, que en el año 2000 ingresó al Centro Universitario de Teatro de la UNAM (CUT).

“El teatro que hago no es necesariamente panfletario, a lo que tampoco tengo miedo. Si lo ves, los discursos ideológicos de quienes detentan el poder también son panfletos para convencernos de las bondades del mundo que imaginan”. En este punto, sus palabras provocan que, casi en automático, esta periodista quiera conocer su postura con relación a otros temas:

¿Qué reflexiones te vienen a la mente al hablar del teatro en México?

El común denominador es que cada grupo teatral busca su propio beneficio y está en la sobrevivencia. Es un teatro profesional donde el concepto de gremio es muy poroso, cada quien le reza a su propio santo. Son pocos los que se vinculan a sus colonias o pueblos; me refiero a los teatreros que trabajan con recursos públicos. Por otro lado, hay quienes afirman tener un discurso contestatario, pero mantienen una relación simbiótica con los gobiernos en sus distintos niveles y eso los despoja de la crítica. Es el ogro filantrópico del que habló Octavio Paz.

También están quienes hacen teatro comunitario, como Socorro Loeza, mayahablante egresada de la ESAY, que dirige un grupo con una antigüedad de más de 50 años en Tecoh, Yucatán. Y en Sonora está la compañía teatral El Norte, dirigida por Sergio Galindo, quien pertenece al Sistema Nacional de Creadores y cuyo trabajo social es muy intenso. Cada año, en las fiestas del Pitic, en Hermosillo, realizan una muestra nacional de teatro titulada De Península a Península y es tal su público, que los teatros siempre se llenan.

¿Hay público para la cultura?

Son varios los eslabones faltantes. La apuesta política y económica es que la gente pierda los espacios públicos y su consumo cultural se enfoque en la televisión. La intención del gobierno es hacer de la cultura un consumo individual y no colectivo, lo que divide a la persona del hecho social y desbarata el sentido de comunidad. Las artes escénicas que apuestan por lo contrario, cada día tienen menos público; en cambio, los proyectos que cuestionan poco son los más aceptados.

¿Cuál es tu opinión del teatro regional que se hace en Yucatán?

Quisiera tener la soltura de quienes hacen teatro regional. Lamentablemente, el actual es un teatro lleno de concesiones. Los actores, a pesar de ser unos tremendos animales en la escena, apuestan por la burla barata hacia el indígena, la mujer o el homosexual y con eso denigran su trabajo. Tuve la suerte de trabajar con el maestro Wilbert Herrera en el montaje Somos así y recuerdo que le enojaba ver ese teatro regional que pinta al yucateco como tonto y homófobo. Pero también existen profesionales como la maestra Conchi León que está haciendo un teatro diferente cuya riqueza no encontramos en otras zonas del territorio nacional. El teatro regional que habla de la identidad yucateca, es un patrimonio que deberíamos cuidar y no despreciar. Disculpa la palabra, pero somos unos mamones al referirnos a este.

¿Cómo percibes la situación del país en este momento?

Es triste ver que México se cae a pedazos; sin embargo, también hay luchas que, aunque desvinculadas o ajenas a los medios de comunicación, significan un montón de mexicanas y mexicanos que no están dispuestos a quedarse de brazos cruzados. Eso es muy esperanzador. No hablo del gastado discurso de que “los buenos somos más”, sino de la gente con quien me topo a diario, que está haciendo lo que se debe hacer. Si el país no ha terminado por derrumbarse, es por las y los mexicanos.

Desde tu perspectiva, ¿cuál es la raíz de esta problemática?

Mi análisis se basa en la lucha de clases sociales, vinculada a un modo de producción criminal que destruye el planeta. Un modelo económico suicida que no es privativo de México. Ahí está Grecia o la Ley Mordaza en España; esto sucede cuando se anteponen los intereses económicos frente a las necesidades reales de los pueblos porque los gobernantes no tienen un vínculo con la gente sino con el dinero y el poder, que son su única patria.

¿Se está gestando algún tipo de transformación social?

Están un montón de rebeldías y resistencias sustentadas en el amor a la tierra y a los demás, algunas se articulan y otras no. Es un nacionalismo no fascista que surge de la identidad, aunque no comprendamos del todo qué significa ser mexicano y que tampoco es eso que un gobierno ha instaurado a lo largo de 70 años. México son tantos Méxicos, que las respuestas no van a ser iguales. Algunos pueblos lo hacen como las autodefensas en Michoacán; otros a través de la política, como el candidato Jaime Rodríguez Calderón, El Bronco y, otros más, desde la sociedad civil o como el EZLN, rompiendo con todo y, por lo tanto, cercados política y militarmente pero generando cosas maravillosas.

Para Sebastián esto no ha terminado, aunque su balance no es optimista a sabiendas que “el capitalismo juega a romper las lógicas estatales para dictar leyes por encima de los gobiernos locales que necesitan de pequeños caciquismos; es decir, de elementos del siglo XIX para construir su propia idea de siglo XXI”.

“De nuevo pienso en Bolívar Echeverría y su Ethos Barroco. Vivimos tiempos no de posmodernidad sino de pre modernidad. El esclavismo se percibe a diario en colonias como Santa Fe, en la Ciudad de México y frente a eso los teatreros tenemos pocas respuestas. Está Humberto Robles, quien se solidariza con movimientos como Nuestras Hijas de Regreso a Casa o con los papás que perdieron a sus hijos en el incendio de la Guardería ABC; están Jesusa Rodríguez y Liliana Felipe, que son hartistas con H, porque están hartas. Sin embargo, seguimos muy cómodos coqueteando con el poder, besando la mano o lamiendo los pies”.

Así habla Sebastián, un saltimbanqui cuya labor vital lo tiene celebrando sus bodas de plata profesionales. Un actor que enfatiza en las ideas, las mismas que lo llevan, ahora, a realizar un recorrido vivencial e itinerante por el que no obtendrá un solo ingreso. Sebastián, un coctel Molotov lleno de “digna rabia” que si no la saca, lo quema. Además de su hijo, la sed de actuación y el apetito de justicia, son los dos propulsores que lo mueven y hacen perdurable el deseo de salir a escena. No tiene alternativa, es uno de esos que no necesita escuchar la tercera llamada para decir lo que piensa.