Por Joaquín Hurtado

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Escuchen cómo suspira el acordeón de la cumbia, parece una fiera herida de muerte, parece un ave buscando pareja, podría ser Satanás escalando el infierno. Rememora su dote boreal, habla de una mítica Viena; la de los valses, los danubios azules y los blasones del imperio austrohúngaro.

El acordeón es un niño que ha sufrido hambre, frío, explotación y hacinamiento en la vieja Europa. También conoció los palacios del monarca, los banquetes del clérigo y las borracheras del burgués industrial . Se acuerda que bailó la mazurka, la polka, el schotiz, la redova. Zapateó con laúdes en los ruedos gitanos, se emborrachó en las vendimias alemanas.

En las manos del proletario mexica el acordeón se estremece y transforma en acordeona. La pasión la agita y la relanza en forma de cumbia plebeya. Cumbia zamba del norte. Túndele moreno a la guacharaca y rasca que rasca tocando en el bus por unas monedas para un taco, señito, con mucho chile serrano. El hombre de las orillas urbanas bendice la caja santa. Eso que se escucha como tambor es un lamento tatuado en el pecho. ¿Qué dice el lamento? Es el eco de los abuelos en la aldea arrasada por el incendio del conquistador.

El acordeón cholombiano pide clemencia por boca del grosero aborigen que lo aporrea y le saca hasta el último aliento. El aerófono de Europa afincó en el barrio, enredado en los dedos grasos del mestizo. Ahora es como ráfaga bastarda y pendenciera. Es la cumbiamba sensual y parrandera. Empieza el jolgorio nocturno de los vasallos alrededor del fuego. No necesitan más que un cielo tachonado de perlas, cerveza, tabaco y buenas piernas para bailar.

La cumbia se vino de Colombia a México y quiso vivir en Monterrey. Conquistó Chile, Argentina, California, Australia, Göttingen y Sidney. Así empiezan a cuadrarse las cuentas y a curarse las tristezas. El dolor de la vida es menos con el sonido subterráneo, sucio, sabanero de la cumbia chida.

Su voz se hizo romance deleitoso para cantarle a la luna, a la madre mulata y al padre traído niño desde Guinea en los buques traficantes de esclavos. Junto con el acordeón, la poética española fue la distintiva y más importante aportación del viejo mundo a la expresión ritual de las criaturas profanadas.

La cumbia honra siempre a sus tres diosas-madres: la negra, la indígena y la europea. Pero hasta la fecha nada la exime de su falta monumental. Y sufre a causa de su promiscuidad pecaminosa. Nació ilegal, patarrajada, mostrenca, descastada. Sus tres raíces producen una savia dulce que canta, danza, duele y se enamora pero no halla su reposo.

Retumban en ella los tambores aéreos de Africa; las percusiones marinas de los pueblos originarios; y el teclado que pinta al viento de colores. La cumbia afincó en las llanuras y socavones, en las colinas y las zonas costeras mordidas por los huracanes, trepó las cordilleras y llegó hasta los barrios mexicanos en domingo de mercado y barbacoa sabrosa, con rumores de espadas cristianas, expolios imperiales y epidemias fulminantes.

La madre cumbia sobrevivió a la fusión violenta de esas tres matrices, se asentó y echó raíces con la colonización de la utopía. Fue testigo del nacimiento y pasión del Nuevo Mundo. Un sueño bravío que sigue nublado de pesadillas. La cumbia es llaga histórica, fisura ecuatorial de un planeta encandilado.

La cumbia es el clamor de lo Otro, lo irresoluble, lo que no tiene linaje. Lo obligado a errar sin rumbo ni destino. Nada la puede callar, no conoce la quietud ni la resignación. No se acepta idéntica a nada pero sí se reconoce en los pigmentos clandestinos.Tres madres tiene la cumbia, muchas manos y gargantas que la honran.

En el noreste de México la cortejaron pandillas, obreros y clases medias, se casaron con ella con la anuencia del acordeón puritano del centro de Europa, llegado quizás con Maximiliano y Carlota, o con los confederados gringos, o tropical y grupero con la industria del cine, la radio y el disco, qué importa. Lo que sí es seguro es que esa unión se dio bajo los auspicios de un sol soberano, el sol ardiente de los trópicos geográficos, de un sol que ya quisieran un ratito en Londres o Bruselas.

Vallenato norestense, cumbia regional, norteñita tropical, las categorías no son saludables, encapsulan y empobrecen la materia viva. La cumbia de las gaitas, tumbas y chirimías es ayuntamiento de estilos, empujes y choques culturales, lujo de instrumentos, cópula de timbres, orgía de arpegios, caderas y cadencias pluriétnicas, ansia de cortar cartucho y prenderse con la banda el porrito en el porche del cotorreo y escarbar en el alma los tonos más azules, más negros, más impuros de la cumbia rebajada.

Sonidero de la Indepencencia, colonia populosa y humilde de Monterrey, no dejes de alumbrar para nosotros la noche de las mescolanzas cholas, la combinación del presente electrónico con el destino chúntaro del aullido continental.

El fenómeno ante el que estamos es aún territorio virgen. La cumbia actual tiene la carne chamuscada, escarmentada, exhibe las cicatrices del látigo y arrastra las cadenas del horror. Su compás ya febril, ya arrastradito, ya arrogante, exorciza el estigma original de su innoble pesebre.

Pena que no se va y nos envenena el alma se aplaca con un vallenato dedicado para los compas allá en el bote a través del cuadrante en la radio del albañil. La cumbia es sagrada por su amor limpio, es mina de diamantes en bruto. Es práctica libertaria, más allá del pesar, la fiesta, la deuda la barbarie y la secreta melancolía. Cuuuumbia!

Monterrey-Göttingen 2015

Versión en alemán