Por Hugo Rangel Vargas

Peña Nieto durante el evento "Unidad para Continuar con la Transformación de México". Foto: pri.org.mx

Peña Nieto durante el evento “Unidad para Continuar con la Transformación de México”. Foto: pri.org.mx

La inmensa aventura de la vida trae desde la niñez épicas travesías que comienzan con el primer paso. Desde el aprendizaje del andar, los pequeños seres humanos asimilamos que los tropiezos son parte de la pedagogía de éste mundo. Ahí sin embargo, en las caídas y durante los yerros de la infancia; el primer clamor invoca el auxilio de la madre. Este impulso elemental, que queda grabado en nuestras mentes, se reproduce durante otros momentos difíciles, que ya en la etapa adulta nos llevan a hacer expresiones como el dormir en posición fetal o correr a la casa paterna durante algún momento de crisis.

Colocado en un vendaval de contrariedades y estragos, extraviado por un futuro prometedor devenido en pesadilla; el presidente Enrique Peña Nieto dio muestras el pasado 25 de julio de la vivida reacción de quien se encuentra en medio del vapuleo y debe regresar a casa a acicalarse las heridas y a llorar el trago amargo del tropiezo.

Anunciada como una reunión de evaluación al interior del PRI de lo que va de la administración peñanietista, el evento del tricolor denominado “Unidad para Continuar con la Transformación de México” fue más bien el asilo de un presidente que no ha dado pie con bola en los grandes temas nacionales y que pese a ello sostuvo a su partido como la primera fuerza política en el pasado proceso electoral.

Fieles al estilo de antaño, los priistas se aprestaron a recibir al que ellos mismos denominan “el primer militante” de su partido. En un evento faraónico en la sede nacional del tricolor sólo hubo espacio para dos oradores: Cesar Camacho Quiroz y Enrique Peña Nieto. El protocolo palaciego así lo exigía y frente a él, Peña Nieto respondió con un discurso de más de media hora.

La preocupación de la disertación presidencial delineaba con precisión los dos temores que le obligaban a regresar a la casa paterna. En su lista de demonios a exorcizar no se encontraba el fracaso de las reformas estructurales, la crisis de inseguridad que sigue asolando a franjas enteras del territorio nacional, el crecimiento de la pobreza que han arrojado las cifras oficiales pese al esfuerzo de la Cruzada contra el Hambre, la sombra de los 43 desaparecidos en Ayotzinapa o las violaciones a los derechos humanos por los cuerpos de seguridad nacional, la devaluación rampante de la moneda nacional, vaya ni siquiera la fuga del “Chapo” Guzmán. No, para Peña Nieto había dos grandes fantasmas que acicatean sus temores: el descontrol de la sucesión presidencial y la posibilidad del ascenso de lo que él llamó “populismo”.

Contra la adelantadísima sucesión presidencial lanzó el exorcismo retórico del llamado a cerrar filas en torno al “proyecto de nación”. Pero ahí, en la catedral del simbolismo político, en donde adquirió valor la frase de que “en la política la forma es fondo”; estaban en primera fila quienes ya han comenzado a trazar sus rutas para el 2018. Y es que lo que quizá pudo haber sido pensado como un llamado a la fortaleza y la unidad al interior del tricolor, podría ser más bien una evidencia del permanente y continuo debilitamiento del control del presidente sobre su gabinete, que ahora parece el campo de batalla de su propio relevo.

Al segundo demonio, al del “populismo y la demagogia que amenazan el planeta” y frente a cuyo “riesgo”, “México debe estar consciente”; el presidente Peña Nieto convocó a la renovación de la “misión ética y social” del PRI, en la que “la rendición de cuentas y el combate a la corrupción” deben ser el ejemplo que den las autoridades. Esto que bien pudo ser tomado como un ardid presidencial por construir un enemigo común que una al PRI, es la proyección de una derrota adelantada que podría cobrar las facturas de una desastrosa administración peñanietista que permita conquistar la mayoría electoral a una opción política que Peña Nieto ya comienza a calificar con el mote de “populista”.

La agenda presidencial parece tomar un nuevo giro después del proceso electoral intermedio. En la nueva lista de prioridades ya ha quedado claro que la sucesión presidencial y la derrota del “populismo” son los ejes en los que, con camisa roja puesta, Enrique Peña Nieto definirá el derrotero de los siguientes tres años de su administración. Entre tanto el presidente ha llorado los tropiezos en los brazos paternos y se alista a emprender un nuevo andar del que ya ha develado sus temores.