Por Livia Díaz

jlrSalió de su tierra a los 19 como muchos huastecos, para seguir sus estudios en el nivel superior. Se fue de Tuxpan y le sigue escribiendo, así como encontró a la poesía haciendo cartas.

El poeta cree que quería comunicar algo a alguien. En unas cartas que, reflexiona y dice “no llegaron a su destino quizá».

Recordar esto a José Luis Rivas le hizo decir “quizá se hayan equivocado. Quizá me había equivocado… quizá todo en la vida sea un equívoco”.

Luego se quedó pensando y nos separamos. Él pasó a la mesa del presídium de la presentación de su libro (libro de libros) de su poesía reunida. Antes pasó a nuestro lado el director del IVEC, Rodolfo Mendoza. Se nos quedó viendo unos segundos, nos repasó con los ojos de lado a lado, luego, sacó su mano y saludó al escritor.

Nos colocamos en fila india de espaldas a los libros de la Biblioteca del Colegio Preparatorio de Xalapa. Que, por cierto, no se llama “Juárez” pero todo el mundo lo conoce con ese nombre. Faltaban unos minutos para la presentación del poemario del que citaron Antología de El Paraíso.

Rivas dijo que “es para todos. Es poética general”.

Los presentadores se esfuerzan en destacar la capacidad del artista para traducir poemas de otros autores que escribieron en otros idiomas.

Él dice de sí mismo que, contra todo pronóstico logró sobrevivir de sus poemas. “Con premios y becas y así…”.

Recordó su inicio en la lectoescritura con su madre, dijo que ella, que estudió sólo hasta cuarto año de primaria, se sabía muchas fábulas de memoria. Fábulas con un ritmo y una cadencia que sabía transmitir en forma oral en un tono que lo ha enriquecido y marcado de por vida.

El autor de El Paraíso piensa que la calidad sonora de la expresión de su madre le ha abierto las puertas a la lírica. “La eufonía, creo, está en la base de interés… de ahí la capacidad de hacer, de las palabras, todos los días algo especial”.

El niño creció y su hermana, quizá por ser el varoncito se tomó muy seriamente su afán de educarlo. Así que para él todos los días tenían en su maestra alumbramientos al conocimiento en botánica, zoología y lecturas.

“Aprendí a leer a los 4 años” afirma y comenta que le gustaban los cómics y siempre le pedía a otros que se los lean pero casi nunca querían hacerlo porque su curiosidad era grande y hacía muchas preguntas.

“Los acosaba buscando que me leyeran una y otra vez”.

Así que con ayuda de una tía, que por cierto estuvo en el manicomio, aprendió. “Yo creo que más bien el círculo familiar estaba loco y en casa necesitaban un chivo expiatorio”.

El autor hace una pausa, con este propósito repara en Tuxpan, en la infancia, en la tía y en su hermana, a quien le escribió un poema “después de la lluvia”.