epn libanesesPor Hugo Rangel Vargas

Enrique Peña Nieto se ha ufanado, durante una reunión con libaneses en la ciudad de México, de los logros alcanzados por su partido en el pasado proceso electoral, señalando un hecho irrefutable: el PRI y sus aliados (el Verde y muy probablemente Nueva Alianza) han conquistado la mayoría parlamentaria en una elección intermedia, situación inusitada desde los comicios de la mitad del sexenio salinista.

Según el presidente de la República, el factor fundamental que determinó ésta nueva mayoría en la cámara baja se encuentra en los logros en materia económica que su administración ha obtenido. Sin embargo, las cifras en este rubro son poco concluyentes, o cuando no contrarias, a la hipótesis presidencial sobre la correlación que existe entre el crecimiento de la economía mexicana y la expansión electoral del PRI y sus aliados.

Las albricias presidenciales del llamado “respaldo mayoritario” que obtuvo su gobierno en la cámara baja tienen el mismo tinte de quien celebra pírricos números en materia económica. Y es que dentro de los 300 distritos en los que se eligieron diputados de mayoría, la coalición PRI – Verde alcanzó el triunfo en 185, apenas 8 más que en el 2012; cifra que es motivo de festejo presidencial, tal como lo ha sido el pobre crecimiento de la economía que entre 2013 y 2014 apenas promedió 1.7 por ciento anual, dato muy lejano de la promesa presidencial del 6 por ciento.

Otro aguafiestas presidencial se encuentra en la popularidad de Enrique Peña Nieto que se ubica en niveles de desaprobación elevadísimos y con la percepción de falta de rumbo del país entre la ciudadanía, esto según las más recientes encuestas de diferentes compañías que dan seguimiento a la evaluación presidencia de manera periódica.

Ahí, en esos ejercicios, se refleja que la verdadera preocupación de los ciudadanos se centra mayoritariamente en la crisis económica y en la inseguridad (valga decir, ambas problemáticas íntimamente ligadas); no en los desdeñados procesos electorales que pese al despliegue publicitario y la cascada de dádivas apenas despertaron una participación cercana al 50 por ciento del listado nominal.

La agenda presidencial parece continuar extraviándose en frivolidades, o cuando menos retornar a los tiempos en los que el presidente podía corear los triunfos de su partido. Así, mientras en Los Pinos se festejaron los triunfos tricolores y verdes, la economía del país sigue viendo ajustes a la baja en sus expectativas de crecimiento para el año que corre. Entre tanto las campañas políticas parecían tener una buena conducción, ahora claramente evidenciada desde la oficina presidencial; el sector productivo nacional sigue sin rumbo navegando entre los nubarrones de la inseguridad pública, la incertidumbre en materia petrolera y los vaivenes del mercado externo y la economía internacional.

De confirmarse las expectativas de crecimiento económico, recortadas por los sondeos del Banco de México a apenas el 2.7 por ciento para el presente año; el magro desempeño de la administración peñanietista arrojaría un 2 por ciento de crecimiento anual promedio. Esta cifra no resulta alentadora en medio de un mercado interno que sigue mostrando signos de debilidad, con una economía que sigue teniendo al menos a 28 millones de mexicanos en la informalidad y con una estructura oligopólica en el sector agroalimentario que sigue siendo un foco inflacionario que atenta contra el bienestar de los sectores más desprotegidos del país.

Por ello es que más allá de la alquimia electoral que rindió frutos al PRI y a sus aliados, y por encima de los atropellos legaloides que permitieron al Verde capitalizar un buen número de escaños en el congreso y ofertárselos al presidente dentro de sus cuentas alegres; la agenda presidencial debe abandonar con urgencia el terreno del autoelogio frente al cual ya ha tropezado incluso ante la opinión pública internacional.