‘Rat’ and Mike with a Gun, Seattle, Washington 1983 ‘Rat’ and Mike with a Gun, Seattle, Washington 1983 Streetwise.  300E-027-18A Rat and Mike.  Seattle, Washington, USA  1983 ÔRatÕ and Mike with a Gun, Seattle, Washington, 1983

‘Rat’ and Mike with a Gun, Seattle, Washington 1983 ‘Rat’ and Mike with a Gun, Seattle, Washington 1983 Streetwise. 300E-027-18A
Rat and Mike. Seattle, Washington, USA 1983
ÔRatÕ and Mike with a Gun, Seattle, Washington, 1983

Por Gloria Serrano

Dicen que hay quienes en el pecado llevan la penitencia. Cada vez que pienso en México y en nosotros, los mexicanos, recuerdo esta frase y, si acaso se pudiera pedir tal disparate, pido que seamos lo suficientemente humildes e inquietos para abrir nuestra visión a nuevas lecturas más allá de aquellas que nos son tan familiares como las cercanas plumas de Elena Poniatowska, Carlos Fuentes o José Emilio Pacheco. Y es que no somos el ombligo del mundo, también están las palabras, los poblados y profundos pensamientos de escritores como el portugués Fernando Pessoa, el argentino Adolfo Bioy Cásares o el colombiano Álvaro Mutis.

Lo mismo sucede en el cine. Además del apasionado, loco y siempre renovado cine de Alejandro González Iñárritu, el de Alfonso Cuarón o el de Carlos Bolado, también están las cuidadas y estudiadas cintas del italiano Sergio Leone, las del danés Lars Von Trier o las del chino Zhang Yimou. Bocanadas de lucidez, tajadas de coherencia que para apreciarlas, nos exigen, nos demandan liberarnos de creer que somos el ombligo del mundo. Ojalá los mexicanos nos animáramos con más frecuencia a disfrutar de tal diversidad creativa. Habría que apresurar el paso, pues la vida ya nos ha esperado demasiado.

Igual aplica en el ámbito de la fotografía. La mirada humanista de la norteamericana Mary Ellen Mark, el compromiso y la audacia de la española Queca Campillo o el erotismo y la actitud del alemán Jo Schwab, están ahí, esperando que nos atrevamos a abrir la puerta para sentir esa sensación como de un despertar en la primera mañana de primavera después de un largo invierno. Claro que eso supone comprender que la riqueza cultural está en toda raza, en cualquier nación y sobre todo, un darse cuenta que no somos el ombligo del mundo. Pero los mexicanos siempre preferimos dejar estos asuntos para mañana. Quizás esta sea la razón de muchas de nuestras heridas.

Antes que echar un vistazo para observar el enorme provecho que Colombia supo sacar a la cultura para revertir la violencia en ciudades como Medellín, nosotros preferimos quejarnos del caos que generan los maestros disidentes o los narcobloqueos. Antes que conocer el entramado colaborativo que llevan a cabo los ciudadanos en diversas regiones de España, nosotros optamos por lanzar vituperios en contra de aquellos que no comparten nuestro particular punto de vista sobre los resultados del proceso electoral. Mucho ruido y poco efecto. Lo sé, es más fácil hacer un meme de Cuahtémoc Blanco o del payaso »Lagrimita« que sentarse un rato a revisar las notas que presenta la prensa extranjera y que ofrecen una perspectiva, desde fuera, de la situación que se vive actualmente en el país. Me dirán, tal vez, que el buen juez por su casa empieza, que son muchos los problemas por los que atravesamos, que es nuestra responsabilidad ocuparnos de cada uno de ellos. Pero, ¿realmente nos ocupamos?

Es Juan Arias en El País (España): He querido traer esta obviedad a mi columna para subrayar la importancia simbólica del otro, indispensable para saber lo que somos, en una sociedad en la que ese otro es visto cada vez más como un enemigo, sobre todo si no piensa, vive, come y cree como nosotros. O si su piel no es del color de la mía. (…) El prójimo es tan indispensable entre los humanos que sin él ni si quiera conseguiríamos vivir unas semanas ¿Y si lo es cuando nace, no lo será también, de adulto, a lo largo de la vida? Es una verdad que quiebra nuestra omnipotencia y que nos revela mejor que ninguna filosofía que sin los otros estamos abocados al vacío.

Es Eduardo Febbro en Página 12 (Argentina): Mataron una generación, un estilo, una herencia, una postura irrevocable. Vestidos completamente de negro, con capuchas y gestos de una precisión militar, los autores del atentado entraron a la redacción de Charlie Hebdo gritando “Alahu al akbar” (Dios es grande) y huyeron en un auto negro, gritando: “Vengamos al profeta Mahoma. Matamos a Charlie Hebdo”.

Es Alberto Salcedo Ramos en El Tiempo (Colombia): Pertenezco a la cofradía de quienes aman las cartas escritas a mano. Me han servido para enamorar, para agradecer, para abrazar, para increpar, para conciliar, para acercarme más a mis amigos, para aclarar lo que dije mal cuando me expresé oralmente. Mi vida podría resumirse en las cartas que he escrito. A los siete años le envié una a mi abuela para decirle que me gustaba su peinado nuevo. Yo vivía con ella, la veía a toda hora, por lo cual hubiera podido lanzarle el piropo en persona. Pero supongo que intuitivamente le confería más valor a la palabra escrita que a la hablada.

Relámpagos que alumbran nuestra oscuridad. Leer a los otros, leer esas letras que nos son ajenas, constituye una aproximación a nuevos universos y a nuevos planteamientos que, casi en automático, amplían los nuestros y nos brindan herramientas para olfatear el engaño o la manipulación. Por el contrario, no hacerlo, es como ver el paisaje con un solo ojo, como no embarcarnos en la realidad, como no salir en busca de lo desconocido. Estar pendientes de nosotros mismos, vivir preocupados por lo que nos ocurre, ser nuestro tema preferido de conversación, creer que nuestro anecdotario nacional concentra todo lo que importa, traer a colación en cada charla de café solo los asuntos que informan los medios mexicanos, pensar que nadie sufre tanto como nosotros, perder la curiosidad por todo aquello que no esté relacionado directamente con México; en fin, no querer tomar el riesgo, significa condenarnos a la ignorancia, aniquilarnos lentamente.

Tomarlo, en cambio, conlleva eliminar poco a poco los prejuicios, establecer relaciones horizontales con otras personas y con otros pueblos, aliviar los dolores cercanos a partir de saber que son semejantes a esos que se miran tan distantes. Es querer alzar el vuelo, revertir la tragedia mexicana y no solo consolarla, buscar, desnudar verdades, perforar mentiras, revisar el pasado, analizar el presente y encontrar el hilo que los une. Es develar un conocimiento que ya habita en nuestra mente y, en especial, comprender que aunque no los nombremos, existen otros lugares, otros individuos, otras historias que completan el enorme rompecabezas que es la humanidad. No nos equivoquemos, México y los mexicanos no somos el ombligo del mundo.