Emiliano ZapataPor Miguel Alejandro Rivera

Cuentan por ahí que cuando Emiliano Zapata y Francisco Villa llegaron a Palacio Nacional, en diciembre de 1914, ninguno quiso ocupar la Silla Presidencial, pues, palabras más, palabras menos, el moreliano pensaba que sólo por sentarse en ella, las personas se volvían locas.

Quizás este par de personajes son los más recordados y queridos de la Revolución porque ambos rehuyeron a los cargos públicos, siempre buscando la justicia para el pueblo. Zapata era un impulsor del reparto agrario; se dice que de haber sido presidente, Villa hubiese promovido reformas educativas, no obstante, ninguno de ellos anhelaba el poder sólo por el hecho de tenerlo en sus manos.

Hoy, miles de políticos en todo el país, compiten por un cargo público, desesperados, hambrientos, saludando, abrazando gente, besando bebés y ensuciándose los zapatos, en su mayoría, muy a su pesar. Se gastan millones y millones del erario para mostrarnos los rostros de los limosneros más ricos de todo México, de aquellos que un par de meses extienden su mano, a ver si les regalas un voto el 7 de junio.

Prácticamente todos, proponen una agenda social que incluye seguridad, salud, atención a grupos vulnerables, calles limpias, garantía de trabajo, y muchas otras cosas que en realidad, cualquier persona que ocupa un puesto público no debería prometer, sino garantizar. Algunos partidos como el PRI, hacen campaña con sus logros a lo largo de sus 71 años al frente del país: dicen por ejemplo que les debemos el IMSS y el ISSSTE, cómo si después de haber dañado tanto a la Nación, nos hicieran un favor con lo que era su obligación.

Si esos limosneros que andan en campaña anhelan tanto los votos que los lleven a los puestos públicos es por el enorme botín que se encontrarán cuando lleguen a la curul, a la silla de delegado, presidente municipal, regidor, entre otros muchos puestos que están en juego. Millones y millones de pesos al año son los que roban la dignidad a lo que debiera ser un honor: la función pública. Se ve mucha hambre en las calles, pero sólo hay hambreados durante las campañas electorales.

En un país donde reina la inseguridad, la pobreza y la desigualdad, es prácticamente obsceno el derroche que se hace en la farsa política, tanto en las campañas, como en mantener un sistema putrefacto del cual los mexicanos están más que hartos. Millones de personas han salido a las calles los últimos años en búsqueda de justicia, de un cambio, de una revolución que urge de otro Villa, de otro Zapata, que requiere el desinterés económico y el interés humano.

Cuando muchos salen a manifestarse, hacen referencias a este par de personajes, Emiliano Zapata, líder del Ejército del Sur, Pancho Villa, General de la implacable División del Norte; pero, si un día estos hombres salieran de los carteles y las camisetas, ¿no sentiríamos vergüenza, no estarían decepcionados por el poco impacto de su lucha?

Verían las caritas de los candidatos, tan esperanzados ellos de comenzar, o seguir ganando millones a costa de un trabajo superfluo, simulado y dictado por los empresarios y la política exterior.

El mexicano está abandonado ante la poca efectividad de las autoridades nacionales e internacionales, pero no sólo se encuentra solo, sino también asediado por esos mexicanos llamados “la clase política”, y en nuestro país habrá una diferencia, sólo el día que se extinga esa nociva fauna de dinosaurios, tucanes y chapulines.