Por Elena Poniatowska Amor

telepresidenteEl yucateco Jenaro Villamil, nacido al año de la masacre del 2 de octubre de 1968, puntal de la revista “Proceso”, analiza en “La caída del telepresidente” no sólo la personalidad de Enrique Peña Nieto, también examina su proyecto de nación, -que a los ojos de sus opositores es inexistente-, critica las reformas estructurales con las que Peña Nieto intentó transformar al país y muestra cómo a poco más de dos años, el gobierno peñanietista está en franca decadencia causada por la ineptitud para solucionar los conflictos económicos, sociales y de seguridad de nuestro país. Los pobres son más pobres, los niveles de violencia e inseguridad se dispararon y el presidente encopetado se quedó impávido y corto ante la crisis nacional. A EPN el cargo le ha quedado grande.

Este sexenio se caracteriza por la respuesta tardía y los “oídos sordos” – según el impulsor de la nueva ley de transparencia y el jurado del premio “Nuevo Periodismo Independiente Gabriel García Márquez”.

Villamil es contundente: “La desaparición de los estudiantes (normalistas) fue el punto de quiebre de un proceso de restauración presidencialista…” La desaparición de 43 normalistas fue la gota que derramó el vaso. El gobierno peñanietista “constituye sólo un proyecto de concentración de poder, pero no un proyecto de restauración del Estado”. El autor resume en tres puntos las fallas gubernamentales ante Ayotzinapa: minimizar el impacto que tendría esta masacre, el gobierno federal tuvo una respuesta tardía ante los reclamos de justicia y, finalmente, intentó acelerar el cierre del caso, dándole el clásico “carpetazo” que la sociedad mexicana, sobre todo miles de estudiantes, no permitieron ya que gracias a ellos y a los padres de familia, la memoria de los 43 se mantiene viva.

Desde su periodo como gobernador del Estado de México, una de las entidades con más feminicidios en el país, Enrique Peña Nieto se mostró prepotente, autoritario y déspota. Su mandato estuvo marcado por la violencia policiaca contra los habitantes de San Salvador Atenco que manifestaron su rechazo a la construcción de un nuevo aeropuerto en tierras ejidales. Hubo detenciones arbitrarias, uso excesivo de la fuerza pública, 26 mujeres violadas, todo bajo el amparo de la impunidad que rige en aquella demarcación. Recuerdo a dos muchachas españolas absolutamente indignadas a quienes encontré en una placita de Santiago de Compostela manifestando su repudio al sistema mexicano, a una policía cruel y cobarde y a una justicia inexistente.

Peña Nieto dejó claro su mensaje: estaba dispuesto a pasar encima de quien fuera para conseguir sus objetivos. El joven priista es un talentoso vendedor, hizo de sí mismo el mejor producto posible, contó con el respaldo de su antecesor y padrino Arturo Montiel quien se quedó en la línea de salida de la contienda presidencial de 2006 en vista de las múltiples acusaciones de enriquecimiento ilícito. Con frases hechas, movimientos estudiados y escenarios bien montados por el consorcio Televisa, Enrique Peña Nieto creó la imagen de un gobernador ejemplar. Así lo asevera Jenaro Villamil: “El montaje escenográfico comenzó a ser lo más cuidado de cada uno de sus actos públicos”. La silla presidencial la ocupa un hombre que sólo es, en apariencia, el regente ideal pero en realidad sólo lee lo que ve en el “promter”.

Según Jenaro Villamil, profesor de la Escuela de Periodismo Carlos Septién García, el periodo de Peña Nieto como presidente de México comenzó con prepotencia pues el 1 de diciembre de 2012 la Policía Federal tuvo que custodiar la Cámara de Diputados y Palacio Nacional. “Peña Nieto ingresó a San Lázaro por la puerta principal y no por las laterales, como lo hicieron sus antecesores, los panistas Vicente Fox y Felipe Calderón”. Orgulloso y sonriente, el mexiquense dejó claro que él era superior a los anteriores mandatarios, él sí entró por la puerta grande.

En poco tiempo fraguó lo que para sus antecesores –Carlos Salinas de Gortari, Ernesto Zedillo, Vicente Fox y Felipe Calderón- había sido imposible: convertir a PEMEX en una empresa con la que cualquier capital privado –nacional y extranjero- puede negociar. Acabó de golpe con lo que Lázaro Cárdenas decretó el 18 de marzo de 1938, el petróleo y lo que de él se obtiene dejó de pertenecer a los mexicanos. La reforma energética, “la madre de las reformas” de la que tanto alardea su secretario de hacienda, Luis Videgaray otro investigado por su propiedad en el Club de Golf de Malinalco, sólo oficializó la presencia y participación de compañías extranjeras que desde hace años (como lo denunció el ingeniero Heberto Castillo) ya lucraban con los recursos mexicanos.

Con esta apertura, el saqueo será aún más grande. No sólo se trata del petróleo, está en juego la energía eléctrica (generada a través de plantas hidroeléctricas y fuentes eólicas como en el Parque Eólico de La Venta, en Oaxaca), el gas shale. También estamos a punto de perder el agua, el recurso natural no renovable más valioso de la humanidad. Los últimos días de febrero de 2015 circuló la noticia de una posible privatización del agua. Se trata de una modificación a la Ley de aguas que favorece la participación de la industria privada, con la “supervisión” de la Comisión Nacional del Agua, para hacer cobros, decidir cuáles serán las redes de distribución y la explotación así como la licitación de obras de infraestructura requeridas en el futuro.

Para Jenaro Villamil, coautor de la columna monsivaisiana “Por mi madre bohemios”, la reforma energética avala el despojo de tierras comunales y ejidales para que las empresas que invierten en la exploración y explotación del petróleo puedan hacer uso de los terrenos sin remunerar a los propietarios. A cambio, les proponen trabajar sus propias tierras, (botellita de jerez, todo lo que diga será al revés) los dueños se convierten en empleados, la tierra deja de pertenecerle a sus legítimos propietarios. Mientras el petróleo y otros hidrocarburos se encuentren en el subsuelo serán de México, en el instante en que salen a la superficie, a través de cualquier medio de extracción, dejan de pertenecer al país y todo lo que generen beneficia a las compañías transnacionales.

La cereza del pastel es el agua porque se utiliza en todos los procesos productivos de energía, desde la limpieza hasta la refrigeración de centrales térmicas, entre otras grandes necesidades.

En cuanto a la energía eléctrica, Villamil advierte que “el 45 por ciento de la generación de energía eléctrica en el país ya está en manos de grandes corporaciones privadas”. Resulta indignante que en la discusión de esta reforma, la protección y conservación del medio ambiente no sea un tema importante ya que el “fracking” para extraer gas es altamente contaminante, requiere miles de litros de agua que no podrán reutilizarse, las áreas en las que se aplique este método no volverán a ser tierras de cultivo ni para el ganado, infinidad de especies –vegetales y animales- quedarían afectadas.

El territorio mexicano corre el riesgo de convertirse en un gran desierto. La verdadera riqueza del país se encuentra amenazada por la ambición y la avaricia de una clase política de apátridas y de funcionarios de quinta.

Las reformas estructurales, respaldadas por el Pacto por México –una supuesta unión entre los tres principales partidos políticos-, fueron la carta fuerte de Peña Nieto, una estrategia fallida para que México se “moviera”, las reformas sólo anunciaron el ambicioso regreso del PRI: “Es el retorno de un modelo autoritario, amortiguado por fuertes dosis de propaganda y dinero”.

Aunque el equipo de trabajo del gobierno actual se empeña en dar una imagen de prosperidad y buenos resultados, la realidad del país es otra. El empleo informal es la principal fuente de ingresos de miles de mexicanos. El ambulantaje ha tomado la calle, los pobres venden ropa, comida, productos de belleza, los más pobres piden limosna, los franeleros y los “viene-viene, quebrándose-quebrándose” abundan. La gente vive al día.

A lo largo de su extraordinario ensayo, Villamil quién ya ha publicado varios libros sobre política mexicana, resalta que lo más importante para la administración de Peña Nieto es la imagen que proyecta al exterior. De ahí su adhesión a las revistas “Hola”, “Quien”, “Gente”, “Caras”. Las palabras de Jenaro Villamil son producto de una reflexión profunda, de una crítica severa y un análisis a fondo de las acciones gubernamentales a dos años del regreso del PRI al Palacio Nacional. A diferencia del gobierno, nada le deja al azar.

Desde su gestión como gobernador del Estado de México, Peña Nieto hizo un acuerdo con las dos televisoras del país para transmitir mensajes publicitarios que alabaran y avalaran sus buenos resultados. El lema “Te lo firmo y te lo cumplo” era la carta de presentación del “Golden Boy” apadrinado por Arturo Montiel y seis años de buena propaganda que Televisa se cobra con la nueva ley de telecomunicaciones, mejor conocida como la ley Peña-Televisa. El objetivo es “tener el privilegio del control sobre los contenidos audiovisuales en los próximos veinte años, incluyendo la posibilidad de comercializar al máximo las pantallas de la televisión abierta y las plataformas de televisión restringida.”

En la actualidad, tener acceso a Internet es, en apariencia, lo más fácil entre los usuarios, sobre todo entre los jóvenes. Internet es la puerta a fuentes de información del mundo entero, un universo de dimensiones y alcances inimaginables que los poderosos intentan controlar para que no afecten sus intereses. Basta recordar las revelaciones que hicieron Julian Assange y Edward Snowden que tanto enfadaron a Estados Unidos.

Dentro de sus ambiciones presidenciales, Peña Nieto planteó una reforma en telecomunicaciones que inicialmente beneficiaría a gran parte de la población con una televisión más abierta y democrática. Esta reforma facilitaba la creación de una televisora capaz de competir con Televisa y TV Azteca, de modo que la gama de productos aumentaría, los televidentes no se someterían a la rigurosa programación del denominado duopolio televisivo cuya exclusividad afecta la libertad de expresión. Asimismo se proponía que la Secretaría de Gobernación vigilara y regulara los contenidos de radio, televisión e Internet. La posibilidad de una tercera cadena televisiva afectaba los intereses de las dos televisoras del país a quienes Peña Nieto les debe su campaña desde su periodo como gobernador del Estado de México. Por lo tanto, todo cayó en el más hondo de los vacíos.

Televisa y Tv Azteca “demostraron que pueden maniobrar a su antojo a los presidentes adictos a la endeble legitimidad que da la pantalla televisiva” al conseguir que la reforma fuera modificada para que una tercera cadena de televisión fracasara y mucho menos se regularan los contenidos de las televisoras. Televisa es hoy el soporte y el co-autor de las estrategias fallidas del gobierno.

Jenaro Villamil, autor de “La guerra sucia de 2006” con Julio Scherer García, expone a Enrique Peña Nieto como un admirador de Napoleón Bonaparte y -toute proportion gardée- Porfirio Díaz y Álvaro Obregón, cada uno estratega, en su momento, que supo administrar el poder y crear relaciones políticas benéficas para su gestión. Peña Nieto ha intentado, no con el mismo éxito, seguir y adoptar las estrategias de estos tres personajes para lograr sus ambiciones, además de pagar los favores recibidos durante su campaña presidencial.

Ningún título más acertado para su libro: “La caída del telepresidente”, que el elegido por Jenaro Villamil. Después de dos años de administración priista, las reformas y proyectos más ambiciosos han caído por su propio peso, al igual que la imagen de Peña Nieto afectada por sus errores.

“La caída del telepresidente” es una investigación minuciosa, un análisis serio, una crítica lúcida que resalta las grandes fallas del gobierno que padecemos todos los mexicanos y que son la antesala de un futuro en el que los jóvenes -la esperanza del país– no tendrán oportunidad alguna de salir adelante. ¿Qué sentirá el gabinete entero cuando ya viejo pueda recordar su gestión y darse cuenta que dejaron sin futuro a miles de chavos y chavas que soñaban con un país más justo?