pina-cartelPor Gloria Serrano

Ayer te miré por primera vez. No, no pienses que me refiero a la música que hipnotiza ni a los movimientos que seducen ni a esos seres mágicos que al contornearse asemejan una hoja deslizándose en el viento y hacen que uno contenga el aliento y se asombre de la brutal belleza que reside en un cuerpo humano. Ayer realmente te miré como pocas veces mira uno algo, con detenimiento, haciendo silencio interior, con el abandono del que confía. Solo entonces comprendí por qué ellos afirman que conocerte fue como encontrar un tremendo idioma y un nuevo lenguaje para expresarse.

Después de pasar tantos días sumergida en el nauseabundo hartazgo que provoca resistirse a la violencia, a la censura y a la corrupción que habitan este país, al verlos a ellos vino la revelación y comencé a pensar en México como un gran lienzo al que puedo colorear con otro tipo de imágenes que no sean tan apocalípticas. Y fue que quise ser una pintora precisa como tú y tener esos ojos penetrantes como los tuyos, para poder leer a las personas y entenderlas un poco más, un poco mejor. Ayer, también a mí me hiciste sentir más que humana y recordar lo maravilloso que es bailar y reír y estar con otros para crear momentos juntos. Y pude imaginarme con otros mexicanos trabajando hasta la madrugada, ideando cómo extirpar la impunidad de nuestro territorio. Trabajando y disfrutando al mismo tiempo, como ustedes en la Tanztheater Wuppertal.

Y quise ser vieja y niña a la vez para que el mundo descubriera ante mí todo lo que tiene por ofrecer. Tú lo lograste, en tu universo todo era luminoso; por eso tu hermosa mirada diaria surtió efecto, el milagro ocurrió una y otra vez, sacaste de lo más recóndito de sus entrañas lo más deseable de cada uno de tus bailarines, lo que cada uno merece ser. Ayer ansié tener esa hermosa mirada y salir a la calle apresurada como quien ha perdido la cordura, para tocar a la puerta de mi vecino, para acercarme a cuanta persona me topara en el camino, para entrar a cualquier escuela o pararme en medio de alguna plaza y gritar, gritarle a la gente con esa misma contundencia: tú mereces ser. Tú normalista de Ayotzinapa, tú jornalero de San Quintín, tú periodista que informas lo que sucede en Guerrero, Veracruz o Tamaulipas, tú migrante que estás a punto de enfrentarte a esa medusa que es la frontera. Ustedes, las millones de historias entrecruzadas, los latidos que le dan sentido y mantienen viva a una nación, merecen ser.

Ayer, como a ti, todos los sentimientos me embargaron: la aguda tristeza del poeta y la alegría sublime del artista; la soledad abismal del que no se encuentra y la angustia casi febril del que se atreve a mirar su propia existencia. Viéndote, me obligaste a ver que en ese torrente de emociones radica nuestra mayor fragilidad pero también toda nuestra fuerza. Y la cabeza me dio vueltas con tus mensajes encriptados «tienes que seguir buscando», y como aquella otra bailarina, impulsivamente rogué que vinieras en un sueño para indicarme por dónde o al menos para confirmar si voy por la dirección correcta. Pero no fue necesario, seguí mirándote y la respuesta llegó como el río que a fuerza de seguir corriendo y de seguir buscando su cauce, alcanza el mar. Así, cuando más liada estaba, el regalo de tu suave y pausada voz irrumpió el espacio para lanzar una verdad sencilla y poderosa: “Solo baila por amor”.

Hacer lo que hacemos por amor, sin pretender ser Santa Teresa, sin que suene a frase hecha y raída que de tanto repetirse termina por dejar de significar. Sin hacer aspavientos, sin necesidad de dogmas de ningún tipo. Bailar por amor, como tú. Con esa clase de pasión que solo se contiene en los puños, con el ímpetu del que quiere extasiar a otros a través de mostrar sus talentos, con el goce del que ha experimentado la ingravidez, la ligereza y la absoluta libertad que provoca el acto de bailar. Y entonces pensé en la República Mexicana como una linda chica a quien le urge que alguien se compadezca y la tome sutilmente de la mano para llevarla hasta la pista de baile y quitarle esa sensación de pesadez, de inmovilidad y de reposo funerario que le han causado décadas de pésimos gobiernos, desidia ciudadana y democracia simulada.

Como aquél excepcional bailarín, los mexicanos necesitamos pensar en un movimiento relacionado con alegría, con ánimo en movimiento. Sacar inspiración –como lo hiciste- de todos los elementos que nos rodean; ir contra, a través o trepar por encima de los obstáculos y dejar expuesto, con acciones, lo que las palabras ya se cansaron de decir y de explicar. Exploradora radical, observadora profunda de las almas, tus inquietantes preguntas son conversación de varios días: ¿Qué es la honestidad?, ¿cuál es nuestra responsabilidad?, ¿qué deseamos?, ¿de dónde viene este anhelo? Hay que mirarte para darse cuenta que quien intente responderlas quedará plenamente satisfecho y será capaz de realizar obras únicas; hay que pasar contigo esos ciento tres intensos y conmovedores minutos para capitalizar tu demoledora energía y sentir que nuestros pulmones se llenan nuevamente de aire limpio y nuestros ojos poco a poco vuelcan todo ese llanto que por absurda prudencia han reprimido. Hay que sufrir el temblor y escuchar su estruendo. Hay que ver la hazaña antes de pretender reproducirla.

Ayer lo hice. Ayer te miré por primera vez, a ti irremplazable pionera de la danza contemporánea y de tanta genialidad, a ti mujer vanguardista de sonrisa que acaricia, a ti alta y delgada apertura de infinitos, a ti perfecta combinación de sensibilidad, polifonía, dramaturgia, ballet, flexibilidad física y agitación mental. Ayer el cineasta Wim Wenders me presentó a Pina, la que está detrás de la directora, de la coreógrafa y de la bailarina alemana. Ayer te miré por primera vez, a ti Pina Bausch. Y el Café Müller, ese minimalista salón con sus sillas y sus mesas negras, tuvo sentido. Y cerrar los ojos para advertir el desgarro, la desprotección, el temor y la terrible ausencia que ahora sentimos en México, tuvo sentido. Y ser generoso en despojarse de lo propio para dárselo a otro, tuvo sentido. Y el arte y la cultura, más allá de su estética, también tuvieron sentido.

Esto es solo una mínima fracción de lo que podemos aprehender cuando nos acercamos a las humanidades. Aproximaciones como esta son las que marcan la diferencia, como explica Javier Marías en El País, entre ser percebe o lechuga o taburete o humano. Y precisamente por apartarnos de este ámbito, es que el editor Gonzalo Pontón afirma que »no estamos comprendiendo ni nuestra historia ni nuestro presente«. Quizás por eso es que hoy, como antes lo hicieron tus increíbles discípulos, quiero defender lo que hago y las cosas en las que creo, defenderlos en cada gesto, en cada paso y en cada letra. Por eso es que hoy quiero escribir como tú bailaste, como si estuviera completamente perdida. Pero más que todo, por eso quiero vivir el pedazo de tiempo que me corresponda, con la convicción y la entrega que se requieren para no olvidar que cada día he de hacerlo pensando en una sola cosa: Pina, tengo que asustarte.

Película: Pina (título original)
Año: 2011
Género: Musical
Dirección y guion: Wim Wenders
Países: Alemania, Francia y Reino Unido
Duración: 103 minutos
Producción: Wolfgang Bergmann, Gabriele Heuser y Dieter Schneider
Música: Thom Hanreich
Fotografía: Helène Louvart y Jörg Widmer.
Sinopsis: Homenaje de Wim Wenders en 3D a la bailarina y coreógrafa alemana Pina Bausch, maestra de la danza, que recoge principalmente los testimonios de sus colaboradores.
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